VENENO- Microcuento

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He soñado que, como las víboras, mis glándulas salivales lanzaban veneno. Abrí la boca y tan sólo con pensarlo aventé un chisguete transparente que cegó al vecino que me acosa. Hice una lista y fui por todos…

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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LIBERTAD

Mateo se acercó a la jaula y abrió la pequeña puerta; metió su arrugada mano y torpemente fue sacando a los canarios. A algunos los atrapaba entre los dedos y podía sentir su diminuto corazón palpitando aceleradamente; otros salían solos, buscando alejarse de aquella mano extraña. El grito de Tita siempre lo paraba en seco:
—¡Desgraciado viejo! ¿Qué haces? ¡Deja a mis bebés!
Lo siguiente que veía era el cuerpo voluminoso de su mujer abalanzándose sobre él, rasguñándolo y mordiéndolo con la virulencia de un zombie. Él sentía el rostro húmedo de sangre y los jirones de piel colgándole de la cara.
—¡Para, para!—gritaba el pobre viejo lleno de dolor.
Y en ese momento, se despertaba.


—Otra vez estabas con pesadillas —decía ella—, ajena a la historia truculenta escondida tras los movimientos y espasmos que su marido experimentaba al dormir.
—Si carajo, pero no seas mala y despiértame—decía él enfadado.
Tita ya no le contestaba, para ese momento se había levantado y se dirigía a atender a sus aves. Había mucho que hacer: destapar y limpiar jaulas, (tenía varias). Cambiar el agua, poner platitos con alimento: normalmente fruta, semillas y a veces hojas de lechuga. Sacarlos a la terraza a que les diera el sol.
—Los atiendes más que a mí, vieja…
—¡Cállate! en la cocina te dejé algo para que desayunes.


Mientras desayunaba solo, Mateo pensaba que era agradable oírlos cantar, mas resentía el tiempo que Tita les dedicaba, y además estaba mal tener aves enjauladas, ellas pertenecían al cielo. Le hubiera gustado tener otro tipo de mascota pero nunca se había atrevido a proponérselo a su mujer. Una cosa era segura: jamás haría realidad la fantasía de deshacerse de los canarios. No quería verla enfurecida como en sus sueños.

Una tarde de cielo azul y limpio, salieron, según era su costumbre, a dar unos pasos al parque cercano. Les tocó ver una parvada enorme de loros. Planearon escandalosos sobre sus cabezas, dieron dos o tres vueltas: una mofa verde y veloz dirigida hacia los que desde abajo les miraban entre asombrados y divertidos.
—¿Viste Mateo?
—No soy ciego, mujer.
—¡Pero si se han vuelto una plaga! se está tardando el Ayuntamiento en hacer algo, además, qué pajarracos tan feos, prefiero a mis canarios—dijo enfática.
Él no estaba de acuerdo, pero era un hombre prudente (y cobarde), y calló, como callaba siempre.

Otro día en que Tita estaba en la cocina preparando el alimento para los canarios, Mateo oyó de cerca el parloteo de los loros y salió a la terraza justo a tiempo de ver a tres de ellos sobre las jaulas de los canarios, abriéndolas ayudándose con el pico y las garras. Los prisioneros salían volando como raudas flechas amarillas y anaranjadas. De lejos se escuchaban los lamentos de otras vecinas cuyas pajareras también habían sido abiertas por los “loros libertarios”. Al otro día los noticieros hablarían del suceso.

—¿Por qué no lo impediste viejo de mierda? —le increpó Tita, llorando a moco tendido.
—Pero vieja ¡fue todo tan repentino! Nada pude hacer, lo siento —mintió. En realidad estaba muy contento, de seguro era el fin de sus pesadillas.

—Vieja, ahora que los canarios se fueron ¿Podemos tener un gato?

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

Esta historia está basada en un hecho real Insólito: escuadrón de loros “rescatistas” abren las jaulas y liberan a otras aves – Noticias Ambientales Si te gustó, compártelo, si ves errores indícamelos. Cualquier comentario es bienvenido y muchas gracias por visitarme.

COMO UNA SOMBRA

Ella dormía profundamente y no sintió la puerta de la habitación abrirse. Como una sombra, me escabullí dentro y me senté con cuidado al borde de la cama. ¡Era tan hermosa! Sentí mi sangre espesa de amor a causa de esa mujer, que era mi dueña. Aspiré con deleite el perfume a manzanas frescas que anidaba en sus cabellos y volaba en el ambiente. Mis manos, temerosas de despertarla, flotaban sobre su rostro esbozando tenues caricias mientras la boca entreabierta me incitaba a besarla. Posé delicadamente mis labios en los suyos, apenas rozándolos, resistiéndome a la dulce tentación de fundirnos en un beso inmenso.

De pronto, un pensamiento irracional me invadió, pues su serenidad se parecía a la de la muerte. Miré su pecho y el movimiento de olas de sus senos me dijo que respiraba, que estaba viva… soñando. Continué observándola un buen rato pero llegó el momento en que solo verla no bastaba. Yo quería más: quería sentir el fuego incontrolable producido por la unión de nuestros cuerpos, besarla con besos enfermos de pasión y morir en su piel una y otra vez. No me pude contener y me fui metiendo lentamente en las sábanas tibias. Se movió un poco y esperé que se aquietara, luego continué arrastrándome por esa playa que era su lecho. Ahora la tenía frente a mí.

Respirando el cálido aire que exhalaba, acerqué nuevamente mi boca a la de ella. Al contacto con sus labios sobrevino la desgracia: despertó, y mientras abría los ojos yo me desdibujé de su cama, pues la gente que habita en los sueños de otros, tenemos una existencia breve al capricho de los párpados de quien nos sueña. Por un instante, antes de desvanecerme por completo, nuestras miradas se cruzaron, ella se frotó los ojos y luego…se olvidó de mí.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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LOS ALEBRIJES

cuento corto, original.

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¿Recuerdas que decìas que nunca soñabas nada, y lo mucho que te gustarìa recordar aunque fuera un pedacito de sueño?…Ese dìa tras varias noches de horror te diste cuenta de que no era que no soñaras sino que muy dentro de tì preferìas que a tus pesadillas se las comiera el olvido. Pero al olvido se le olvida todo, ¡hasta tu!, y entonces supiste que habìas quedado solo frente a ellas.

La noche era un festìn. Nos alimentàbamos de tì sin escatimar en crueldad y de a poco drenàbamos tu carne y tu espìritu hasta dejar tu calavera desnuda y perpleja; y cuando abrìas los ojos y te dabas cuenta de que todo era un sueño, sabìas que la pesadilla no terminaba ahì sino que se volverìa a repetir como cada noche.

Debo decir que no nos hacìan justicia los temblorosos trazos con los que intentaste describirnos. Mejor suerte tuvieron tus esculturas. La madera se prestaba mejor para expresar nuestra maravillosa y siniestra complejidad. Supiste captar de nuestros cuerpos la ausencia de fronteras entre lo humano y lo animal, entre lo espiritual y lo fìsico, tanto fue asi que tus trabajos terminados causaron agitaciòn y temor, decìan que estabas loco, poseìdo, y que las figuras paridas por tus manos eran en realidad demonios.

Trabajabas como un loco procurando no dormir para no soñarnos; pero de vez en cuando el cansancio te vencìa y notaste que nuestros ataques no eran tan feroces como antes; nuestra fuerza iba menguando en la misma proporciòn en que nos ibas apresando en la madera.  Uno a uno fuimos cayendo: el dragòn-mono-ladròn-de-almas, la serpiente-mariposa-venenosa, el lobo-dragòn-hambriento-de-sangre, la calavera-flor-de-la-muerte, el sàdico-duende-leòn…. Tu reìas como un desquiciado cada vez que terminabas una figura, sabedor que era una baja mas en nuestras huestes.

Llegò el dìa en que terminaste con todos nosotros, tu casa parecìa un zoològico fantàstico pero esa noche pudiste dormir tranquilo, parecìas un bebè recièn nacido…

¡Shhh!,no grites…¿ves esa humareda? llegaron todos los vecinos y tiraron tu puerta, removieron todo y nos sacaron al patio mientras repetìan como loros sus oraciones de protecciòn, entonces nos prendieron fuego. Conforme la madera se quemaba nuestros espìritus eran liberados. ¿Te das cuenta de lo que significa?, tus ojos desorbitados me contestan que sì…

Ana Laura Piera / Tigrilla

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