EL RELOJ

Desde que salió al mercado no he tenido paz. Yo, que siempre he sido muy novedoso, en cuanto lo vi en la tienda de Amazon, me lo compré. Mi amigo Paco me hizo burla: “Pudiste haber comprado el Kindle “Oasis”, de última generación, y leer como jeque árabe; pero preferiste comprar esta pendejada. Ay compadre, me late que esto no va a terminar bien”.

En mi defensa solo puedo decir que la publicidad era impecable: “El reloj de pulsera que además de pasos, calorías y frecuencia cardiaca, mide también su actividad sexual. ¡Lleve la cuenta del mes! ¡Bata su propio récord!”. Por supuesto que tenía que ser mío.

Ha pasado algún tiempo y noté que el desgraciado aparato no sabe contar. Según mi propio registro, (hombre precavido vale por dos), llevo mínimo dieciocho encuentros del “tercer tipo” en el mes y el pinche reloj no me ha contado ninguno.

Marqué al 01-800-AYUDA y la chica me pidió que por favor leyera las letras chiquitas antes de devolverlo:

“El reloj sabe distinguir entre los latidos del corazón cuyo bombeo es provocado por el amor verdadero, de los que son producto del mero deseo animal. Si usted desea desactivar esta función puede hacerlo en la sección de ajustes”.

¿Pero qué tonterías eran esas? ¿Amor verdadero? Por supuesto que cambié los ajustes.

Aunque después de cambiar la configuración el aparato ha funcionado bien, he decidido devolverlo. Me prometieron un reembolso completo. Lo necesitaré, porque ahora debo pagar a un psicólogo que me ayude a resolver este hueco horrible que me ha ido creciendo dentro. Un malestar que antes no tenía y que definitivamente no es físico. ¡Qué poca madre!, ¡tan a gusto que estaba yo!

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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COMO UNA SOMBRA

Ella dormía profundamente y no sintió la puerta de la habitación abrirse. Como una sombra, me escabullí dentro y me senté con cuidado al borde de la cama. ¡Era tan hermosa! Sentí mi sangre espesa de amor a causa de esa mujer, que era mi dueña. Aspiré con deleite el perfume a manzanas frescas que anidaba en sus cabellos y volaba en el ambiente. Mis manos, temerosas de despertarla, flotaban sobre su rostro esbozando tenues caricias mientras la boca entreabierta me incitaba a besarla. Posé delicadamente mis labios en los suyos, apenas rozándolos, resistiéndome a la dulce tentación de fundirnos en un beso inmenso.

De pronto, un pensamiento irracional me invadió, pues su serenidad se parecía a la de la muerte. Miré su pecho y el movimiento de olas de sus senos me dijo que respiraba, que estaba viva… soñando. Continué observándola un buen rato pero llegó el momento en que solo verla no bastaba. Yo quería más: quería sentir el fuego incontrolable producido por la unión de nuestros cuerpos, besarla con besos enfermos de pasión y morir en su piel una y otra vez. No me pude contener y me fui metiendo lentamente en las sábanas tibias. Se movió un poco y esperé que se aquietara, luego continué arrastrándome por esa playa que era su lecho. Ahora la tenía frente a mí.

Respirando el cálido aire que exhalaba, acerqué nuevamente mi boca a la de ella. Al contacto con sus labios sobrevino la desgracia: despertó, y mientras abría los ojos yo me desdibujé de su cama, pues la gente que habita en los sueños de otros, tenemos una existencia breve al capricho de los párpados de quien nos sueña. Por un instante, antes de desvanecerme por completo, nuestras miradas se cruzaron, ella se frotó los ojos y luego…se olvidó de mí.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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MALENA

Un viudo falta a su promesa.

Photo by Andrea Piacquadio on Pexels.com

Cuando a Alfonso le entregaron las cenizas de su mujer tibias aún, soltó un suspiro nacido del alma. No tanto de pesar sino porque hasta hacía poco tiempo tenía la impresión de que ese momento no iba a llegar nunca y que primero se iba a morir él que Malena.

Malena llevó su largo matrimonio de treinta y cinco años con modos dictatoriales pero efectivos. Durante todo ese tiempo Alfonso simplemente se había limitado a orbitar a su alrededor. Hasta en sus últimos momentos lo tuvo por noventa días en jaque pensando en que ese día se moría y a la mera hora…no.

Malena, la de las manos frías y voz rasposa de fumadora empedernida. Invariablemente todas las mañanas se despertaba y le decía: “Poncho, mi café”, y él, siempre obediente, corría a la cocina y le preparaba un expresso como a ella le gustaba: mezclado con un poco de azúcar y una rodaja de limón en el borde de la taza. También le había advertido que si ella se moría antes que él, no quería a ninguna mujer metida en su casa. “¡Prométemelo Poncho!”, decía con vehemencia y él asentía con cara de perrito fiel.

Pasó un tiempo antes de que Alfonso se fijara en alguien más y entrándole el entusiasmo juvenil que da el amor, se olvidó de aquella promesa. Un buen día se encontró despertando con otra en la cama que había compartido con Malena.

Los dos amantes cruzaron miradas. Alfonso estaba embobado con el brillo de unos ojos verdes que habían visto pasar tan sólo veintidós primaveras; en la maravilla que era la visión de su pelo largo y sexy desparramado en la almohada y en la cordillera perfecta que dibujaba su cuerpo en las sábanas. Empezó a sentir una erección.

La muchacha sonrió y le tocó con manos heladas, para luego, con voz rasposa decir: “Poncho, mi café”.

AUTOR: Ana Laura Piera / Tigrilla /

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FLORIFAGIA

Devorando flores

Photo by Sabina Tone on Unsplash

La primera vez fue poco después de nuestra luna de miel. Ya estábamos instalados en la que sería nuestra casa y una noche sorprendí a mi mujer mientras estaba pasando el último bocado de un plato de rosas del color de la sangre. Mi extrañeza creció ante su exagerada reacción al verse descubierta. Se enojó muchísimo y me gritó de todo, hizo énfasis en que ella tenía derecho a su privacidad. Me quedé de una pieza. Mientras hablaba, un pedacito de pétalo mal masticado se asomó por su boca y su lengua se apresuró a borrar la rojísima evidencia en un rápido movimiento. Sus gritos acabaron por correrme de la cocina. Tuve la sensación de haber presenciado un gran misterio sin alcanzar a comprenderlo. Ella estuvo seria conmigo el resto del día y por la noche no respondió a mis caricias, me estaba castigando por algo que no comprendía y quedé más intrigado que nunca.

En otra ocasión, nuevamente fui mudo testigo de cómo ella devoraba un plato enorme de amarillos crisantemos. Parecía que devoraba el sol en pedacitos. ¡Qué placer sentía al comerlos! Gemía, se estremecía y se lamía los dedos uno por uno perdida en un extraño éxtasis. Me costó mucho trabajo no delatarme, pero tuve éxito y ella no se dio cuenta de mi presencia. Esa noche, mientras hacíamos el amor, me perdí en un mar de olores y sabores imposibles producidos por la unión de crisantemos y cuerpo de mujer. Estuvimos unidos durante horas interminables, hasta que aquellos magníficos olores y sabores se desvanecieron por completo, era como si cada orgasmo los consumiera de a poco hasta no quedar más que el recuerdo. Y mientras ella se deslizaba en un sueño profundo, yo la imaginaba devorando flores. ¿Y si comiera azahares o lilas? ¿Qué tal orquídeas o camelias? ¿Jacintos o margaritas?, anhelaba probarlos todos a través de su piel.

Acicateado por la curiosidad que causaban en mí sus extraños hábitos, hurgué en su pasado: descubrí que tanto su madre como su abuela se habían alimentado de flores y no solo eso, habían hecho de ello un ritual alrededor del cual giraban sus vidas. Mientras más me asomaba a ese extraño mundo, menos lo comprendía, a excepción de los momentos íntimos con mi esposa, pues ahí, por breves instantes durante el sexo, me convertía como ella en un devorador de flores, un colibrí descarado mientras ella se estremecía una y otra vez.

No pude evitarlo, el primer mordisco me sorprendió a mí tanto como a ella. De su piel brotó un néctar floral irresistible, a su vez ella también me mordió y masticó mi carne con deleite. Nos fuimos comiendo suavemente y con la gradual ausencia de piel se iban asomando al mundo enormes y coloridos pétalos, también tallos y hojas del verde más intenso. Conforme iban saliendo de nuestros cuerpos incompletos, ambas flores se enredaban una en la otra apretadamente, pronto no se distinguió ni principio ni fin de ninguna. Florecimos toda la noche y al día siguiente, ya marchitos, aún seguíamos juntos en un abrazo sin fin.

AUTOR: Ana Laura Piera / Tigrilla

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Tengo otro cuento con la misma temática por si gustas pasar: https://tigrillasblog.wordpress.com/2020/12/04/florifagia-ii/

EL ANGEL

Un ser celestial encuentra un motivo para no regresar al cielo. Cuento corto, original.

Photo by cottonbro on Pexels.com

El àngel se deshizo ràpidamente de toda la parafernalia angelical: alas, tùnica, aureola, todo fuè a dar a la basura. Y aunque no querìa ser màs un angel decidiò conservar la cuerda dorada con que anudaba su tùnica. Se maldijo por ser tan dèbil y fuè a sentarse a la orilla de la carretera.

Llamò la atenciòn de Perla de inmediato y ¡còmo no!, un hombre hermoso, desnudo, salvo por un resplandor dorado en la cintura.
La chica detuvo su auto compacto y bajò el vidrio para hablar con èl. Pacientemente le explicò que si la policìa lo veìa, se lo llevarìa preso por faltas a la moral. Le preguntò què le habìa pasado y si lo podìa llevar a algùn lado, pero aquel ser parecìa tan desorientado que tomò la decisiòn de llevarlo a su casa. Hizo todo lo que su madre siempre le habìa dicho que nunca debìa hacer, pero algo había en él que le transmitìa tranquilidad. Lo alojò en el cuarto extra que tenìa su departamento y le diò algo de ropa de hombre que su ex pareja habìa olvidado recoger. Aunque no era la talla exacta, le sirviò.

Aquella noche Perla no pudo evitarlo, se sentìa atraìda hacia aquel hombre misterioso. Entrò a la habitaciòn donde èl ángel se encontraba adormilado y se deslizò en la cama. El parecìa completamente desconcertado ante los embates de besos y caricias de la muchacha pero poco a poco comenzò a responder, primero torpemente y despuès con una pasiòn que él mismo no sabía que tenía; pero que encontrò maravillosa.

Al otro dìa le despertò el delicioso olor a cafè que Perla preparaba en la cocina y de repente recordò la cuerda celestial que habìa conservado. Ahora sabìa que nunca màs la necesitarìa pues habìa encontrado OTRO CIELO.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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DESEO

Cuando el deseo se hace insoportable sólo quieres llenarte de placer. Cuento corto, original.

Photo by cottonbro on Pexels.com

El todavía se encontraba sentado frente a su monitor de trabajo cuando la idea comenzó a gestarse en su cabeza. Sintió mariposas volando en su vientre sólo de imaginar lo que haría al llegar. Una rápida mirada al cancerbero del tiempo -el reloj de la oficina-, le confirmó que la hora de salida se acercaba.

Durante el trayecto a casa no pudo evitar mojarse los labios en anticipación. Sus dedos temblaban de imaginar el primer contacto. En un cruce estuvo a punto de saltarse el semáforo por lo que tuvo que frenar de improviso y casi causa un accidente. Su ensoñación se vió interrumpida por los bocinazos de protesta y los insultos hacia su persona.

Trató de concentrarse hasta llegar a su casa pero era difícil. El deseo lo dominaba.

Cuando por fin pudo bajarse del auto y abrir con manos temblorosas la puerta de su morada, la vió a lo lejos. Hermosa, erguida e imponente, esperándolo. Dejó caer sus cosas ahí mismo: portafolio, llaves y saco acabaron en el piso de madera. La urgencia ya era incontrolable. Buscó torpemente lo que necesitaba y con movimientos lentos y suaves…la descorchó.

“Abrir una botella de vino es lo mas parecido a tener sexo… sin sexo” -pensó, mientras servía el rojo líquido en una copa y después mojaba su boca explotando de placer.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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LIZZET Y EL SEXO

Un año ominoso, un escape de la realidad. Placer y fantasía se juntan en este relato corto, original.

Photo by Agafonova Photo on Pexels.com

Era Lizzet una diosa, lo más increíble que él hubiera visto jamás. Siempre tenía una sonrisa en el rostro, nunca una queja. Ante sus continuos y ácidos monólogos, ella guardaba comprensivo y amoroso silencio. Le recompensaba las tristezas con placer y fantasìa, era ella un escape de la cruda realidad de aquel ominoso año cuando no acababa de pasar una tragedia cuando ya se tenía otra encima. A menudo y a pesar de no creer en nada en particular, se sorprendìa a sì mismo, agradeciendo a la vida por aquella bendición.

Los que más contentos estaban, eran los de la fábrica de muñecas sexuales Orient, con su nuevo modelo robótico: Lizett 2020, que gracias a la pandemia había salvado a la empresa de la bancarrota.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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LUJURIA

cuento corto, original.

Desafío:    hacer un cuento corto con las palabras:  vitaminas,  guayabera,  ranas,  mar ,herramienta.

Vestido con su cotidiana guayabera blanca, y animado por sus vitaminas
mañaneras, Don Fausto se estaciona en el lugar mas solitario del
malecón. Al apagar las luces de su auto sólo alcanza a
escuchar el bramido del mar sin poder verlo. Hoy no hay luna.
Ya lo espera ahí Lourdes, la chica que les ayuda en casa y que apenas pasa de los quince años. Mientras se la quita con impaciencia, el viejo piensa
en lo absurda que resulta esa camiseta de ranas rosas que trae puesta la
chica; después saca su herramienta y comienza a trabajar en su
propio placer.  

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

(Eso de la herramienta reconozco que no suena muy bien pero tenía que usar la dichosa palabrita, jajaja) en fin, las palabra que yo dejo son éstas por si alguien se anima:
 
crepúsculo, brújula, sangre, voluntad, pacto

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RITUALES

Cuento corto, original.

Desafio: Un cuento en 100 palabras ni una mas ni una menos, sin contar el título…

Me miró con sueñito, luego de participar en el juego del amor. Era la primera vez y había sido genial. Lo que seguía eran los rituales que no siempre uno tiene ánimo de defender o explicar.
-¿No apagas el televisor?-  preguntó, (¿acaso una súplica?).
Demoré mi respuesta mientras fingía acomodar las almohadas.
-la tele…¡ah!, me arrulla… ¿te molesta?, la dejo un poco nomás…
No volví a escuchar su voz, sólo su respiración a juego con el movimiento de sus magníficos pechos.
“Maldita”-pensé mientras tomaba el control y buscaba desesperadamente entre el ruido y el resplandor… algo de paz.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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ANIS O CAFE

cuento corto, original.

Photo by Lena Khrupina on Pexels.com

Cipriano sorbía su anís lentamente, le gustaba mojar sus labios con el dulce licor y luego pasar su lengua por ellos. Todas las tardes sacaba su botella de Chinchón y se sentaba en su sillón favorito en la terraza de su cabaña. Se tomaba su anís y miraba el volcán. Le fascinaban los cambios de “Don Goyo”que era como llamaban los lugareños a la noble montaña, en ocasiones aparecía envuelto en un manto níveo y otras aparecía sin nieve y exhalando humo como si estuviera fumando. 
 La esposa de Cipriano a veces se sentaba con él, ella prefería un licor de tequila que le mandaban desde Guadalajara. Ambos paladeaban con deleite sus respectivas bebidas y de cuando en cuando, el silencio era interrumpido por un diálogo  entre ellos, que casi siempre era precedido por un aroma que parecía surgir de la nada.


-“Cipriano, ahí esta otra vez tu mamá” 
Cipriano hacia una respiración profunda llenando sus pulmones con el aroma a nardos que se percibía en el ambiente. – “Si, es mi mama” decía convencido, -“cuando huele a vainilla es la tuya”
-“Hace mucho que no viene mi mama” – decía Refugio compungida
-“Estos muertos caprichosos, mira que venir a manifestarse con olores. Yo siempre había pensado los espíritus no tenían olor”.
-“Son los misterios de la muerte viejo”. 


Se quedaban en silencio los dos, pensando en su propia mortalidad. 


-“Cipriano dile a tu madre que su olor ya me está mareando”
-“seguro ya te escuchó, a ver si no se enoja”.-“El que peor huele es tu hermano Facundo, ese olor a flores mustias es muy desagradable. Me pregunto si a ellos les gusta nuestro olor…bueno, supongo que sí porque si no, pues no estarían viniendo donde los vivos ¿verdad?” 
Cipriano asintió -“¿Sabes mujer? cuando me muera me gustaría oler a anís o a cafe recién hecho ¿y tu?”
-“tal vez a canela, me encanta ese olor” 


Ambos ancianos sorbían con deleite sus respectivos licores y si la plática se ponía buena se servían otra copa. 


-“Si todos los espíritus tienen un olor particular ¿a qué olerá Dios?”- preguntó Refugio
-“Mujer pues no se… tal vez en él se concentren todos los olores del mundo y no huela a nada en particular”.-“Ustedes los hombres no tienen mucha imaginación, yo pienso que tal vez huela a algo que no existe en este mundo, un olor celestial, algo que sólo puedes conocer si eres un espíritu”. 
El olor a nardos se intensificó como si la madre de Cipriano quisiera dar su versada opinión sobre el tema. 
-“Una cosa es segura, los muertos huelen mejor que los vivos”- dijo Refugio convencida, -“ahí esta Román el que nos trae los víveres semanales, ese huele a pescado podrido”. 
Cipriano se rió de buena gana.
-“Tu me encantas como hueles mujer”
-“No empieces…”
-“Anda, vamos a la cama, todavia falta mucho para que estemos muertos”
-“No, no, a nuestra edad no deberiamos”.
-“Estas loca, no me vengas con eso, sin bien que te gusta”. 


Luego los dos viejos entraban lentamente a su cabaña y en su alcoba, juntos, inventaban olores exquisitos que los muertos envidiaban. Luego, satisfechos,continuaban con su plática. 


-“Mujer, ¿en verdad quieres oler a canela?”
-“No sé…fíjate que últimamente me gusta el olor de mi prima, la Magda, ¿te acuerdas de ella? la que murió de parto. A veces viene y trae un olor a jazmin que me agrada mucho”.
-“Si, recuerdo a Magda.. bueno pues yo sigo prefiriendo el anís, o si no, el olor a café recién hecho”.
-“Olerás muy rico, lástima que no estaré para olerte”
-“Ni yo a tí pero no pensemos en eso, todavía nos podemos oler aquí y ahora”
-“¡Ay Cipriano, no empieces!”


Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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