PÁLIDO REFLEJO

Caminando, haciendo unas compras, vi mi reflejo en una vidriera. No pude evitar tomar una foto. Esto no pretende ser una reflexión triste, de alguna forma nos hemos “adaptado” a todo esto que hemos vivido. ¿Se extraña nuestras vidas de antes? Pues si, pero aún dentro de estos tiempos difíciles hay momentos buenos. Valorémoslos. Sobre todo apreciemos lo que verdaderamente importa, creo que es una de las enseñanzas de esta pandemia. Aprovecho para agradecer sus visitas a mi rincón de la blogósfera. ¡Gracias!

Foto tomada por Ana Laura Piera

EL ESPEJO

Photo by Felipe Tavares on Pexels.com

Lola observa su reflejo en el espejo. Se trata de uno de ésos, muy antiguos y de cuerpo entero, que han logrado dar servicio a múltiples generaciones y llega al presente deslustrado, pero entero. La imagen reflejada no es la mujer avejentada y triste de siempre, sino otra versión de ella misma, más atractiva y revitalizada. Se acerca lo más que puede y escudriña los detalles: el elegante peinado en lugar del chongo mal hecho y descuidado que siempre le critica Celerino. “¿Ya te pusiste esa bola de mierda en la cabeza?” No hay arrugas ni bolsas bajo los ojos. No hay rastros del mandil manchado de salsa ni de sus chanclas obscurecidas y deformadas. En lugar de eso: vestido recto azul marino y zapatos beige.

Lola 1 mira a Lola 2: la reflejada, como a un milagro, como si el mismísimo Ángel Gabriel se le hubiera aparecido. Sólo la voz estentórea de Celerino la saca de la adoración de su propio retablo.

—¡Carajo Dolores! ¡ya es hora de comer! ¡pinche vieja! ¿pues qué tanto haces?

Lola se despide con pesar de la imagen y corre a atender al hombre que maneja su destino desde hace mucho.
—¿Porqué traes esa cara de estúpida? ¡déjate de chingaderas y dame de comer! Ella obedece pero Celerino repara en que Lola no pone nada en su propio plato. —¿No piensas comer pendeja? —No tengo hambre Cele. —¡Carajo! ¡sírvete que no voy a comer sólo como perro! —dice mientras sus cachetes de bulldog tiemblan indignados
.

A Lola no le interesa la comida, lo único que quiere hacer es volver con el espejo. Come con prisa, con ansia.
—¡Carajo! ¿hoy que traes? ¡come despacio que me das asco! —los ojos saltones, como de sapo parecen querer saltar de sus cuencas.

Ahora Lola mastica todo a paso de tortuga, tan lento que cuando su marido anda en el postre de arroz con leche, ella sigue chupando los huesos del caldo de res.
—¿Mañana que vas a hacer de comer? —Te haré los tamales de carne de puerco en salsa verde que tanto te gustan.
Un eructo sonoro es la respuesta de Celerino al levantarse de la mesa.
—Iré con los muchachos —dice sobándose el voluminoso vientre. En realidad iba a una casa de putas que abría temprano.

Lola sonríe por dentro. Liberada por fin de la presencia de su marido, regresa a la habitación. En el umbral de la puerta se detiene, toma aire y valor pero se lleva una desilusión: no hay rastro de la imagen que vio antes. Se acerca y examina, toca y recorre con ojos cansados y manos torpes esperando encontrar algo nuevo, algo que explique lo que vio, pero nada. ¿No se estará volviendo loca como su tía abuela?.
Baja a la cocina y le roba una cerveza a su marido mientras trata de calmarse. La bebida logra relajarla y decide hacer otro intento, total, nada pierde. Quizás deba efectuar algún rito que ayude a la otra Lola a hacerse visible.

Pronto está de nuevo frente al espejo. Cierra los ojos con fuerza para volverlos a abrir rápidamente. Repite tres veces. Nada. Recordando alguna imagen vista en la televisión, intenta hacer la pose de flor de loto; vuelve a cerrar los ojos, los abre, nada… Se levanta sintiéndose una imbécil y se da vuelta para salir cuando siente que alguien clava su mirada en ella. Voltea y casi se cae del susto: ¡ahí estaba! La otra Lola la observa fijamente, extiende lentamente una mano fuera del marco y le hace señas de que se acerque. Lola da unos pasos en dirección a esa mano, la toma, y entra en el espejo.

Ahora sólo se refleja una Lola, de espaldas, alejándose. Haciéndose pequeñita hasta desaparecer.

¡Lástima! Celerino se quedaría eternamente sin sus tamales de carne de puerco en salsa verde.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

Si te gustó compártelo. Se ves errores indícamelos. Cualquier comentario es bienvenido. ¡Gracias por leer!