LA JOSEFINA

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Es muy de mañana en el puerto, el sol aún no asoma su despeinada cabeza en el cielo. Comienza la actividad en el bulevar. Las motos que vienen de lejos se oyen como mosquitos desafinados. Los autos rompen en un estruendo molesto al pasar junto a mí. Yo camino rápido, el doctor me ha dicho que es el mejor ejercicio. Me lleno los pulmones del aire tibio y salobre de la costa, es el mismo olor de siempre, pero al pasar “Duncan” el perro negro criollo de Josefina, me llega un efluvio a flores marchitas mezcladas con perfume “Madame Rochas”. El olorcito me desconcierta, mas lo olvido pronto, siento pena por el pobre animal, su dueña murió recientemente, Supongo que está tan acostumbrado a los paseos mañaneros con ella, que no puede todavía “entender” que ella ya no existe. Veo el oscuro trasero alejarse a buen paso, mejor que el que llevaba cuando Josefina aún andaba en este mundo.

La escena se ha repetido diariamente: “Duncan” pasando a mi lado, dejando el mismo olor extraño. Pensamientos con aguijón comienzan a prenderse a mi mente y al pensarlos me da un estremecimiento: pienso que Josefina podría seguir aquí, en el mundo de los vivos, y que la estela olorosa que deja su perro es en realidad el aroma de su fantasma. Le he dicho a Genaro, mi esposo, que sirva de algo y use sus horas de jubilado montando guardia para ver si alguien entra o sale de casa de la difunta. La pobre no tenía familia, vivía sola y tenía por única compañía a “Duncan”; aunque quizás algún pariente se está haciendo cargo de él ahora que ella ya no está.

Mi viejo se lo toma muy en serio, y en el techo de nuestra vivienda monta un telescopio dirigido a la casa de Josefina, ubicada al otro lado de la calle. Al cabo de una semana tengo un informe detallado: El único ser vivo que entra y sale ha sido el perro, quien no sufre de hambre pues todas las mañanas amanecen sus platos de alimento a tope con croquetas y agua. El reporte de Genaro incluye la observación de que el jardín exterior se está muriendo, pero el interior esta como siempre: verde y hermoso, las flores de Josefina mejor que nunca. Nota al pie: no hay señal de los desperdicios del perro. O él mismo ha aprendido a recogerlos, servirse alimento y regar las plantas o … Josefina sigue entre nosotros.

Hoy me he armado de valor: Ahí viene “Duncan” y…. Josefina. Me apuro para que el perro no me deje atrás y comienzo a balbucear como loca: “Jose… Jose… Espera….cuéntame…¿Qué se siente estar difunta? ¿Duele morir? Noto que ahora estás más ligera, vas más rápido, ahora vas a paso de liebre y no de tortuga. ¡Cuéntame! ¡Dime qué hiciste! el Genaro y yo quisiéramos seguir por acá después de muertos ¿Es posible? ¿Hay otros como tú? Dime, anda no seas mala…”

Casi me desmayo al ver a “Duncan” acortar su zancada hasta pararse por completo, me lanza una mirada inteligente con sus ojitos cafés y entonces percibo que “algo” me envuelve, el olor a flores marchitas y a perfume antiguo me rodean. Creo que estoy inmersa en el fantasma de Josefina: Siento frío, nostalgia, siento ausencia de carne y sangre. Dura muy poco, de pronto “Duncan” ha reanundado su paseo. Josefina me ha susurrado el misterio de la vida y de la muerte, pero yo no entendí. No hablo el lenguaje de los fantasmas.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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EL VICIO

“Esto se ha vuelto un vicio, un maldito vicio” —pensó Manuel mientras se dirigía al trabajo. Trabajaba como guardia en una galería de arte. Siempre había trabajado en el ramo de la Seguridad, salvaguardando los bienes de otros, mientras a él le robaban todo, hasta a su mujer. “Malditos turnos nocturnos, pinche vieja calenturienta”.

Ya no pensaba en sexo, hacía tiempo que su miembro era tan solo un apéndice fofo y casi sin vida, sin más oficio que el de soltar el chorro tibio de orina diaria, y aunque sabía que ahora existían medicinas que podían ayudarle, desconfiaba. Afortunadamente había algo que lo traía loco, su nuevo “vicio”, como él lo llamaba.

Sucedió una noche mientras él daba un rondín. Al entrar en una sala sintió un frío tremendo que lo hizo respingar. Maldijo a José, el chico encargado del climatizado, pensando que había dejado muy baja la temperatura de esa sala en particular. Cambió de opinión cuando algo helado le golpeó en la cara, “¿Nieve? ¡Qué locura!”. Partículas heladas golpeaban su rostro como si estuviera en medio de una ventisca. Se dio cuenta de que el frío provenía de una pintura, alumbró con la linterna y leyó “Paisaje Alpino”, autor: Max Besnard. Sintió una mezcla de miedo y curiosidad que lo hizo acercarse. De repente tuvo la sensación que el cuadro cambiaba de tamaño, se agrandaba, aunque en realidad era él quien se encogía. Se sintió caer al vacío, reaccionó y alcanzó a duras penas a asirse del marco de la pintura.

Logró sentarse a horcajadas sobre él, con una pierna en el “Paisaje Alpino” y la otra colgando sobre el marco, hacia la galería. Si se estiraba podía tocar la nieve, incluso hubiera podido entrar de lleno al cuadro, perderse en él, caminar en medio de aquella helada blancura y entrar en aquella casita típica que Besnard había pintado a lo lejos “¿Quién viviría ahí?”, tal vez tendrían café calentito ¡vaya que lo necesitaba! El frío le calaba los huesos. Aunque estaba maravillado, ahora se preocupaba por regresar. Intentar saltar desde el marco al piso era un suicidio, cerró los ojos tratando de pensar y de repente ya no estaba en el cuadro, sino de pie, con su estatura normal, empuñando su linterna a la pintura; ni rastros de frío o nieve, parecía que nada hubiera sucedido. Completamente desconcertado, se cuestionó: “¿Qué rayos había sido eso? ¿Una alucinación?”. Mientras terminaba su turno se repetía a sí mismo que todo debió ser una mala jugada de la mente, sin embargo cuando llegó a casa, vio su reflejo en el espejo, tenía la cara bastante lastimada por el frío, especialmente la nariz, tanto que al tocarla le dolía, además empezó a sentir los primeros síntomas de una gripe.

“Lo peor de vivir solo es cuando te enfermas y no hay quien se preocupe de que estés cobijado, o de que tengas suficiente medicina” —pensaba Manuel mientras guardaba cama. La dichosa gripe resultó ser bastante fuerte y lo obligó a faltar al trabajo. “Ni una llamada de nadie, ni siquiera un perro que me ladre, ni un caldo de pollo… Nada”. Tal vez si hubiera tenido hijos ahora no estaría tan solo, pero nunca fue niñero y en su juventud la idea de tener hijos le daba escalofríos.

A los dos días ya estaba de vuelta en el trabajo y recorrió el local una y otra vez deteniéndose más de lo normal en la sala donde se exhibía el “Paisaje Alpino”. Tenía la esperanza de repetir lo vivido días atrás, sin éxito. Tuvo más suerte otra noche, justo cuando ya se daba por vencido. Esta vez escuchó sonidos extraños: choques metálicos mezclados con gritos de hombres y bestias, aguzó el oído pues la fuente del ruido al parecer quedaba lejos de donde él se encontraba. Una mezcla explosiva de temor y curiosidad lo impulsó a caminar hasta una sala temática de “Grandes Batallas” y descubrió un lienzo titulado “Conquista de Jerusalén” de un tal Max Adler. Se quedó petrificado viendo cómo la imagen pintada en el cuadro cobraba vida, era una batalla entre fieros Caballeros Cruzados e indómitos Musulmanes. Tuvo miedo, pues la escena era terrible y brutal, corría sangre por doquier, tanta, que pudo oler el típico olor dulzón y sintió en la boca el sabor a hierro de aquella sangre derramada. A pesar de que la obra irradiaba un calor sofocante, tuvo frío tan sólo de imaginarse en medio de aquel campo de muerte. Experimentó nuevamente aquella sensación de que el cuadro se agrandaba, tal y como había pasado con el anterior, más en esta ocasión, al no desear meterse, logró evitarlo. El ruido cesó y el cuadro volvió a la normalidad. Suspiró aliviado.

Los días pasaron, y tuvo oportunidad de vivir cosas parecidas con otras obras. Logró controlar a voluntad el entrar o no en ellas. Eran mundos alternos que se abrían y se le ofrecían. Él decidía si quería ser parte de ellos. En una ocasión se asomó a un viñedo francés en época de vendimia y comió el dulce fruto hasta hartarse. En otra caminó entre Molinos de Viento en tierras Manchegas siguiendo el rastro de Don Quijote y Sancho Panza. También vio un naufragio desde una playa solitaria, el pintor no los había incluido, pero él divisó muchos cadáveres flotando en el agua cual pálidos fantasmas. Su favorito sin embargo, era la pintura de un galeón pirata en medio de un mar tempestuoso. Disfrutaba mucho sentarse en el marco y mirar las olas pasar tan cerca de él que lo salpicaban de agua salada. A menudo podía observar las sombras de enormes animales marinos que nadaban cerca del gran barco. De la nave le llegaba, atenuada por el rumor del mar, una fiera melodía que los piratas cantaban al calor del vino. Llegó a aprendérsela y a tararearla, desde la seguridad del marco.

Estas vivencias resultaron ser lo más gratificante que había sentido en mucho tiempo, y dependía de ellas tanto, que las consideraba tan necesarias como el aire. Así que el día que le dijeron que lo iban a despedir creyó enloquecer.
—Usted no es el mismo de antes, —dijo Mr. Carter, el dueño: un gringo adinerado, medio loco que poco sabía de arte. Mire Manuel, el personal de la mañana ha encontrado algunas puertas abiertas, alarmas desactivadas, ropa y artículos extraños tirados en las salas. ¿Qué diablos hacía un remo a mitad de la sala de “Cubismo”? Usted ha descuidado su trabajo así que el viernes será su último día, mi asistente le entregará el cheque con la liquidación
que le corresponda.

Aquella noche, en la soledad de su departamento, abrió una caja con cosas de su exmujer. Artículos que él debió haberle enviado hacía tiempo y nunca lo hizo, primero por rencor, luego por desidia. La caja contenía fotografías, ropa, libros y cuadros, desempacó con desesperación estos últimos. Encontró una acuarela de una naturaleza muerta, un óleo de la crucifixión de Cristo y una Última Cena. No se imaginaba entrando a ninguno de ellos. Recordó con nostalgia la canción de los piratas y lloró. Se sintió mejor después del llanto y pudo pensar con claridad, él tenía que conservar su trabajo, debía demostrarle a Mr. Carter que él era indispensable. Aún le quedaban algunos días y no todo estaba perdido.

El miércoles por la noche daba el rondín acostumbrado. “Concéntrate Manuel, no te distraigas… No dejes que ningún cuadro te llame la atención, al menos no durante un tiempo… ¡Concéntrate! ¿Pero… Qué diablos fue eso?” Había visto una sombra escabulléndose. ¡Alguien estaba dentro de la galería! Sintió el corazón acelerarse ¡Era su oportunidad! Si era un robo sería perfecto, él atraparía al ladrón y conservaría el trabajo. Apagó la linterna y con sigilo fue recorriendo pasillos. El denso silencio lo rompió el aullido de una alarma. Escuchó ruidos y se dirigió a la sala donde se exhibía su amado cuadro de piratas, al alumbrar con su lámpara se dio cuenta de que el cuadro ya no estaba. Su corazón se desbocó y como un poseído salió gritando: —¡Ladrón! ¡Devuélveme mi cuadro! ¡Desgraciado! El frío de la noche lo sorprendió, se encontraba afuera de la galería, a lo lejos se escuchaban sirenas. Se sintió muy confundido, como despertando de un sueño. Entró en un callejón y alumbró el duro bulto que sentía bajo el brazo. ¡Era el cuadro de los piratas! Con una navaja suiza que siempre llevaba consigo retiró con cuidado el marco de madera y enrolló el lienzo que escondió entre su ropa. Ya no regresó al trabajo ni a su casa y nadie nunca supo de él.

El cuadro cuelga hoy en la sala de una familia cualquiera, el padre lo compró en un bazar de cosas usadas. Si alguien fuera lo suficientemente observador, vería algunas veces algo de movimiento en él. Y si esa persona pudiera hacerse pequeña tal vez podría nadar hacia el galeón y subir a la nave. Observaría entonces a aquellos hombres rudos, ebrios de vino cantando sus aventuras. Tal vez le llamaría la atención un pirata nuevo, sin mucha pinta de pirata pero con todo el entusiasmo, alzando su copa y cantando junto a todos los demás.

AUTOR: Ana Laura Piera / Tigrilla

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