LA PISTOLA

Photo by Sandra Grünewald on Unsplash

Le apuntó por la espalda y tiró del gatillo. La desgraciada pistola no hizo nada, él solo sintió un latido en su palma. Lo intentó de nuevo… tampoco. La empuñadura palpitaba ahora, con fuerza… caliente al tacto… tanto, que estuvo a punto de soltarla. Su víctima ya se volvía después de retirar un par de cervezas del refrigerador. En un rápido movimiento, digno de un carterista, guardó la pistola en su backpack. Aceptó la cerveza que el hombre le ofrecía, conciliador. Sabía que el joven le visitaba por parte del temible Rojo. La cerveza era de esas de medio cuartito, que por alguna razón saben más ricas que las de tamaño estándar. En otras circunstancias la hubiera disfrutado, pero en tres tragos se la tomó. Estaba muy confundido. Torpe, buscó una excusa y salió de la tienda de segunda mano de Ramiro.

Recordaba las palabras del Rojo, el jefe de la banda criminal a la que aspiraba a entrar. “Tienes que demostrar que eres capaz de matar”. Con sus manos regordetas y pecosas, le había extendido el arma. Martín la había sostenido firme, no era ajeno a ellas. Alcanzó a ver unas cuantas balas que se asomaban del tambor. En ese momento sintió rara la culata, latiendo y caliente, pero lo atribuyó a su propia emoción.

—Ramiro Valverde nos debe dinero, a ese te lo puedes cargar. Es tu pase de entrada a la banda Martín.

Tras el asesinato frustrado de Ramiro su mente rumiaba: “Pinche Rojo, me dio un arma que no sirve ¿Por qué haría algo así? Se quieren burlar de mí todos”.

Se dirigió a casa de su abuelo, a quien le gustaban las armas y tenía herramientas especiales. Le pidió prestadas algunas y se dispuso a desarmar la pistola.

Su sorpresa fue mayúscula cuando la desmontó: en el cañón, apretujados, encontró intestinos, una parte de ellos era gorda y roja… inflamada, y la otra blancuzca y delgada. En la parte donde se alojaba el martillo había algo parecido a un hígado, de un color marrón rojizo. En la empuñadura, estaban otros órganos que no supo qué eran. No había rastro de las balas. Lo que sí reconoció al fondo fue un corazón rojo oscuro… palpitante. Pasó uno de sus dedos sobre los tejidos y los sintió calientes y húmedos. Una baba desagradable se le quedó pegada y casi saltó de la impresión. Asqueado se limpió la humedad en el pantalón. Armó de nuevo el arma, le costó trabajo pues no podía evitar la tembladera. Fue a entregársela al Rojo.

—No pude hacerlo—dijo tratando de disimular la repugnancia que se había adherido a su alma.
—Bueno, ni modo— había decepción en la voz del Rojo. La banda siempre necesitaba miembros jóvenes, para ir sustituyendo a los que morían—. No te quiero volver a ver por aquí. Desaparécete y no me causes problemas o ya sabes…

El joven de trece años se alejó pensando en regresar a la escuela y conseguir un trabajo los fines de semana. Nunca pudo quitarse de la mente la pistola.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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