LA COPA

Aceptó gustoso la copa que Amanda le ofrecía. Después de tanto pleito y desencuentro con ella, ahora parecía querer firmar la pipa de la paz. “Finalmente la terminé de domar” —pensó muy ufano—.

Mientras bebía, la veinteañera comenzó a desnudarse lentamente. ¡Cómo deseaba aquel cuerpo firme y hermoso!, le hacía sentir vivo. Además le gustaba saborear las miradas de envidia que despertaba cuando aparecía con ella a su lado. Estaba orgulloso de haberla conquistado a pesar de ser un viejo decrépito.

Apuró el trago y Amanda le volvió a llenar la copa. Ya estaba desnuda por completo y él sonreía como un bobo. Anticipando la boca de la chica en su sexo, intentó quitarse el pantalón. Una punzada en el estómago se lo impidió, y luego otra, y otra, todas más fuertes y feroces que la anterior. Ella comenzó a vestirse nuevamente… esta vez, de negro.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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CELIA

cuento corto, original

Photo by Cliff Booth on Pexels.com

Era el tiempo en que los árboles se abandonaban a los brazos del viento moviendo sus ramas y hojas cadenciosamente. Desde la terraza de su enorme habitación Celia se dejaba hipnotizar por aquellos movimientos, a veces deliciosamente largos otras inesperadamente cortos.  El viento era un bailarín irresistible y los árboles no se resistían a su encanto.
Celia no lo entendía del todo pero ella no tendría nunca la gracia necesaria para bailar. La naturaleza a veces juega con las personas de una forma extraña . Aún así, soñaba con abandonarse -como los árboles- ante el embrujo del viento.


Había sido idea de sus padres tenerla encerrada en la habitación azul, donde “no le faltaría nada”. Silenciosos sirvientes cual sombras, la proveían de alimento según rígidos horarios impuestos por su madre. De vez en vez, el doctor de la familia, un viejo gordo y calvo, subía por cortesía para revisar su estado de salud, encontrándola siempre “perfecta, dadas las circunstancias”. La niña de trece años ignoraba porqué casi nunca veía a sus padres y sú unica familia eran aquellos magníficos árboles que admiraba desde su terraza.


Un día el bosquecillo contiguo a la casa de Celia se llenó de voces jóvenes que armaban un gran alboroto. Eran ruidos desconocidos para ella quien se asomó por su balcón encontrándose con un alegre grupo de chicos y chicas mas o menos de su edad, que seguramente habían burlado la vigilancia de la casa y se habían introducido sin permiso en la propiedad. Uno de los jovencitos se sintió observado y descubrió a Celia. Aquellos ojos de aspecto extraño, su corta estatura, el cuello demasiado grueso, la torpeza de movimientos…todo ello le hablaba de que aquella muchacha era diferente  y comenzó a hacer bromas estúpidas sobre ella. Indignadas, dos chicas lo callaron inmediatamente y le hacían señas a Celia para que bajara y se les uniera. En ese momento irrumpieron los guardias de la casa y ahuyentaron al grupo. Celia los miró alejarse y sintió una gran pena, la algarabía de los muchachos en vez de asustarla la había hecho sentir acompañada.


Otro día fueron las dos chicas que habían callado al bromista las que entraron nuevamente al bosque. Esta vez, sin hacer ruido, treparon con agilidad de monos por los árboles hasta quedar a la misma altura que la terraza. Cuando Celia las descubrió sonrió como un sol y se acercó a verlas. Las chicas se sintieron impresionadas por su mirada, que era tierna y limpia y que les hablaba a gritos de su necesidad de afecto y de disfrutar de las cosas que apreciaba.  Ellas estaban abrazadas de sus amados árboles, y en su corazón sintió la necesidad de abrazarlos también. Las chicas le extendían las manos pero Celia no se animaba. Así estuvieron visitándola por varios días y con cada visita se iba armando de valor para abandonar la seguridad de su terraza.


Cuando su madre fue alertada por los guardias, salió apresuradamente  para encontrarse a su hija bien arriba, en la copa de un arbol. Celia estaba agarrada fuertemente de las ramas que se balanceaban peligrosamente de un lado a otro por su peso y por el fuerte viento que imperaba. Reía a carcajadas, ¡por fin  estaba bailando con el viento!, abrazada de sus arboles y nada en el mundo podía hacerla mas felíz. En otro árbol el par de chicas reían histéricas al ver la cara de la madre de Celia quien estaba a punto de desmayarse. Celia no miraba a nadie, sólo sentía su pecho diferente, su corazón latiendo al ritmo de aquel baile glorioso.


Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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