CLAROSCURO

Cuento corto, original.

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Josè Luis se acercò cauteloso, como si en vez de aproximarse a una pintura lo estuviera haciendo a un animal salvaje. En un lienzo de tamaño mediano, Juliana habìa pintado la figura erguida de un hombre robusto; tapizando casi por completo el cuerpo, se podìan ver decenas de cuadritos, negros, grises y blancos intercalados unos con otros.  De una esquina nuevos cuadritos parecìan venir de la nada para terminar de cubrirlo.

-¿Què te parece?- se sobresaltò un poco mientras la suave pero inesperada voz de Juliana se deslizaba en su oìdo; no la habìa sentido llegar.

-Interesante…¿còmo lo titularàs?

-Claroscuro, dijo ella.


Josè Luis se quedò mirando al hombre, era evidente que los cuadritos representaban los ladrillos invisibles de que se conforma nuestra personalidad. Los blancos y luminosos serìan los sentimientos màs puros, aquellos capaces de dar a luz obras de caridad excepcionales o en algunos casos actos heroicos. Pensò en Miguel, el hijo de la cocinera, a quièn Juliana pagaba estudios, ropa y medicinas. Recordò cuando èl mismo habìa sido testigo de còmo un carro arrollaba a un indigente y se daba a la fuga. El se habìa quedado para llamar a una ambulancia y asegurarse que el herido recibiera atenciòn mèdica. Los grises eran aquellos sentimientos manchados con gotitas de egoìsmo o de otras cosas no muy limpias, como cuando ambos se ofrecìan a sacar a pasear al abuelo enfermo y cascarrabias de Juliana; sabedores que hacìan mèritos para el momento en que el viejo hiciera su testamento. Los negros representarìan lo peor que puede guardar un ser humano dentro de sì mismo. Sintiò un escalofrìo, eran tan negros como una noche sin luna.


La puñalada por la espalda fue tan certera que Josè Luis se derrumbò casi al instante, Juliana lo sostuvo para que no cayera violentamente y luego ya en el suelo, mesò sus cabellos y acariciò su frente hasta que el cuerpo dejò de hacer ruidos extraños. Acto seguido fuè por un pincel y añadiò una gotita de sangre a cada cuadro negro y siguiò pintando.

Autor: Ana Laura Piera (Tigrilla)

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YA VIENEN LOS FANTASMAS

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La abuela se moría. Postrada en aquella triste cama parecía una muñeca rota. Su cuerpo y mente finalmente la habían traicionado, no podía moverse y además había empezado a decir cosas de lo màs extrañas. Todos nos sentíamos miserables  y yo pensaba porqué la muerte no la dejaba irse con un poco de dignidad y cordura; en vez de eso  ella gritaba y fijaba su mirada como una loca señalando al vacío, diciendo: “¡Ahí! ¿no lo ven? ¡ahí esta Roberto! ¡ hermano! ¡que alegría verte!”, luego sonreía tiernamente cuando en otro lado de la habitación creía ver a uno de sus hijos, el màs pequeño, muerto de pulmonía cuando apenas tenía dos años: “¡mi Danielito…mi niñooo!, ven, ven precioso, dame un beso”. Luego se tornaba seria, enjugaba sus ojos llorosos  y con el ceño fruncido decía: “en la puerta está Paula, dile que no la quiero ver, no le perdono que le haya quitado el novio a Tita, entre hermanas no se debe hacer eso” No faltaba quien se acercaba y en voz suave le decía, “abuela, abuelita, mire bien, ahì no hay nadie, Roberto, Daniel y Julia están muertos, Tita también, hace mucho que se murieron”, entonces ella sacaba fuerzas no sé de donde y con vehemencia gritaba “¡Ahí, ahí! ¡¿no los ven?!  A algunos de mis primos les daba miedo, entraban a darle un beso y se despedían apresuradamente. Ella los confundía: “¡Pero si eres Rodolfo el que dejó plantada a Tere en la iglesia! ¿con quién te casaste?”, “abuela que soy Genaro su nieto, Rodolfo se murió hace mucho”. “No, no, no digas tonterías, eres Rodolfito, ¿cuándo llegaste?”…

Genaro y la mayoría acabó por irse.

En un rincón yo rumiaba mi dolor y mi impotencia. Lo que mas me molestaba era que sentía que la abuela se iba sin dignidad, sentia que no era justo que la locura la devorara en sus últimos momentos. Lloraba por los recuerdos que se agolpaban en mi pecho, y que encontraban su equivalente en mis mejillas en forma de lágrimas. Ahora no había nadie que me confortara, mi propia madre estaba deshecha y mi abuela, mi gran amiga y confidente, mi chef personal, mi consejera, languidecía mientras la muerte la iba reclamando poco a poco.

Mi madre y los pocos que aun estabamos presentes decidimos tomar turnos para cuidar a la moribunda, pedí el primer turno para que los demàs pudieran tomarse unos momentos para comer y descansar.   Me quedé sólo, con mi abuela y sus fantasmas.

Con la habitación en penumbras y sin la presencia de otras personas pude percibirlos. Al principio pensé estar soñando pero poco a poco me convencí: ¡ eran reales!, todas las personas que mi abuela había mencionado estaban ahí; los reconocía por las fotografías viejas que había llegado a ver de ellos. Etéreos,  casi transparentes, se arremolinaban alrededor de su cama, otros estaban sentados en ella, algunos le acariciaban las manos y los cabellos, otros conversaban animadamente en grupos por la habitación.  Me sonreían, llegué a sentir palmaditas en la espalda propinadas por manos heladas de gente ya fallecida. Extrañamente no sentí miedo, sentí una enorme paz cuando ví que mi abuela no estaría sola.  De repente, su espíritu abandonó su cuerpo físico con un ligero estremecimiento y pude ver como se incorporaba de la cama y abrazaba a aquellas personas. No olvidaré jamás la enorme sonrisa que se dibujó en su rostro cuando el pequeño Daniel llegó corriendo y la abrazó, entonces ella lo tomó en sus brazos con ternura infinita. De repente todos los fantasmas comenzaron a desaparecer, se desvanecían como el humo de los cigarrillos. Ella se fue al último, aún sostenia a su hijito, me lanzó una mirada cómplice y me dijo “Te volveré a ver”. Yo sonreí, ahora estaba seguro que así seria.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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“MURCIEGALOS”, QUESO Y ORTOGRAFIA….

Relato ficticio, original.

La señora que vende quesos es muy platicadora, se trata de una de esas gorditas simpàticas dificiles de ignorar. Ayer que pasò con su canasta llenita de deliciosuras làcteas no pude resistirme a comprarle una panela, aunque sabìa que junto con el queso, me iba a vender todo un discurso y asi fue:
-¿Trae panela?
-Si, aunque fìjese que por poquito y no traigo
-¿ah si?
-¡siii! es que en el cuarto donde las preparamos que cree? de repente veo entrar algo por la ventana, una cosa negra que aleteaba muy feo.  Primero pensè serìa una de esas mariposas de la mala suerte, ya sabe, de las negrotas, esas que dicen que si se meten a la casa anuncian que habrà difunto.
-Si, ya sè cuàles dice, y bueno, ¿ pues que fuè lo que se metiò?
-Uy señora,¡un MURCIEGALO!, lo bueno que mi hijo el mayor que venìa de ACEPILLAR al caballo, le aventò el cepillo con tanto tino, ¡que le diò!, y pos ya atarantado se cayò al piso y ahì lo rematamos. ¡Ay! viera que cosas tan espantosas son esos bichos, tienen cara de demonio. Por si las dudas y para alejar las malas vibras, yo recè un Padrenuestro.

Me sentì triste por el pobre animal y la ignorancia que lo habìa matado. La señora siguiò con su relato:   El sustote me dio mucha hambre, sentì un hueco en el estòmago, creo se me bajò, la glocosa esa…o…como se dice?
-¿glucosa?
-si esa mera, me fui pa la cocina y me echè unas ALMONDIGAS que tenìa pa que cenàramos todos. Me las acabè toditas, pero es que con esos sustos pos no anda uno con pequeñeces, yo necesitaba recuperar fuerzas. La cosa que  cuando llegò el Rufino – mi marido-, se armò un pleitazo, me dijo que soy una tragona y que conmigo no hay MANTENCION que alcance.


Ya estaba yo con los ojos salidos de desesperaciòn, primero por el relato que se alargaba y yo con unas ganas locas de hincarle el diente a un pedacito de queso, y en segundo lugar porque lo de murciègalo, acepillar, almòndigas y mantenciòn no me sonaba nada bien. Me abstuve de  corregir a la señora (aunque ganas no me faltaban), y què bueno que no lo hice, pues una vez que se fuè, (y despuès de hacerme un sandwich) me metì a la computadora, al sitio del diccionario en lìnea de La Real Academia Española y me dì cuenta que todas y cada una de esas palabras son correctas tal y como las habìa escuchado, son palabras que se oyen mal pero que estàn bien escritas. ¡Asì que ya saben!

    Palabras vistas en Revista Muy Interesante año XXII No. 11 pag. 20
sitio del diccionario de la RAE: http://www.rae.es

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla.

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