YA VIENEN LOS FANTASMAS

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La abuela se moría. Postrada en aquella triste cama parecía una muñeca rota. Su cuerpo y mente finalmente la habían traicionado, no podía moverse y además había empezado a decir cosas de lo màs extrañas. Todos nos sentíamos miserables  y yo pensaba porqué la muerte no la dejaba irse con un poco de dignidad y cordura; en vez de eso  ella gritaba y fijaba su mirada como una loca señalando al vacío, diciendo: “¡Ahí! ¿no lo ven? ¡ahí esta Roberto! ¡ hermano! ¡que alegría verte!”, luego sonreía tiernamente cuando en otro lado de la habitación creía ver a uno de sus hijos, el màs pequeño, muerto de pulmonía cuando apenas tenía dos años: “¡mi Danielito…mi niñooo!, ven, ven precioso, dame un beso”. Luego se tornaba seria, enjugaba sus ojos llorosos  y con el ceño fruncido decía: “en la puerta está Paula, dile que no la quiero ver, no le perdono que le haya quitado el novio a Tita, entre hermanas no se debe hacer eso” No faltaba quien se acercaba y en voz suave le decía, “abuela, abuelita, mire bien, ahì no hay nadie, Roberto, Daniel y Julia están muertos, Tita también, hace mucho que se murieron”, entonces ella sacaba fuerzas no sé de donde y con vehemencia gritaba “¡Ahí, ahí! ¡¿no los ven?!  A algunos de mis primos les daba miedo, entraban a darle un beso y se despedían apresuradamente. Ella los confundía: “¡Pero si eres Rodolfo el que dejó plantada a Tere en la iglesia! ¿con quién te casaste?”, “abuela que soy Genaro su nieto, Rodolfo se murió hace mucho”. “No, no, no digas tonterías, eres Rodolfito, ¿cuándo llegaste?”…

Genaro y la mayoría acabó por irse.

En un rincón yo rumiaba mi dolor y mi impotencia. Lo que mas me molestaba era que sentía que la abuela se iba sin dignidad, sentia que no era justo que la locura la devorara en sus últimos momentos. Lloraba por los recuerdos que se agolpaban en mi pecho, y que encontraban su equivalente en mis mejillas en forma de lágrimas. Ahora no había nadie que me confortara, mi propia madre estaba deshecha y mi abuela, mi gran amiga y confidente, mi chef personal, mi consejera, languidecía mientras la muerte la iba reclamando poco a poco.

Mi madre y los pocos que aun estabamos presentes decidimos tomar turnos para cuidar a la moribunda, pedí el primer turno para que los demàs pudieran tomarse unos momentos para comer y descansar.   Me quedé sólo, con mi abuela y sus fantasmas.

Con la habitación en penumbras y sin la presencia de otras personas pude percibirlos. Al principio pensé estar soñando pero poco a poco me convencí: ¡ eran reales!, todas las personas que mi abuela había mencionado estaban ahí; los reconocía por las fotografías viejas que había llegado a ver de ellos. Etéreos,  casi transparentes, se arremolinaban alrededor de su cama, otros estaban sentados en ella, algunos le acariciaban las manos y los cabellos, otros conversaban animadamente en grupos por la habitación.  Me sonreían, llegué a sentir palmaditas en la espalda propinadas por manos heladas de gente ya fallecida. Extrañamente no sentí miedo, sentí una enorme paz cuando ví que mi abuela no estaría sola.  De repente, su espíritu abandonó su cuerpo físico con un ligero estremecimiento y pude ver como se incorporaba de la cama y abrazaba a aquellas personas. No olvidaré jamás la enorme sonrisa que se dibujó en su rostro cuando el pequeño Daniel llegó corriendo y la abrazó, entonces ella lo tomó en sus brazos con ternura infinita. De repente todos los fantasmas comenzaron a desaparecer, se desvanecían como el humo de los cigarrillos. Ella se fue al último, aún sostenia a su hijito, me lanzó una mirada cómplice y me dijo “Te volveré a ver”. Yo sonreí, ahora estaba seguro que así seria.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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