LUIS, MI ABUELO.

«Hay que recordar el vacío entre dos vidas cantando. Con el menor equipaje posible de recuerdos.» Benjamín Jarnés.

Amanece tímidamente sobre el mar y sobre la cubierta del buque de vapor “Sinaia”, Luis otea el horizonte con la esperanza de alcanzar a ver el puerto de Veracrúz. Hay muchas personas en cubierta que igual que él esperan ansiosos.

Tras casi dieciocho días de viaje está emocionado y a la vez nervioso. A sus veinticuatro años siente que ha vivido ya demasiadas vidas y ahora tendrá que empezar otra. Los recuerdos se agolpan en su cabeza y por última vez los deja correr libres, cual caballos salvajes. No intentará suprimirlos, pues tiene la firme intención de que al bajarse del buque los deje en él, o mínimo, se queden archivados y olvidados en un rincón de su mente, de lo contrario teme que quizás no tenga la fuerza necesaria para continuar.

Buque de vapor Sinaia 1924-1946

Recuerda su infancia en el risueño pueblo de Guadix, un pueblo granadino a los pies de Sierra Nevada, con veranos cortos y cálidos e inviernos largos y demasiado fríos. En su familia, los hombres se habían dedicado siempre a reparar trenes y él mismo era un excelente mecánico ferroviario. De la mano del recuerdo le llega el olor a fierros engrasados: el olor de su taller.

Pueblo de Guadix, Granada, Andalucía, España. Photo by Jorge Segovia on Unsplash

En algún momento decidió dejar sus trenes y seguir los pasos de su hermano mayor Ginés en cuanto a política e ideas, y al estallar la Guerra Civil Española la vida los sorprende del lado perdedor. Ginés es apresado y condenado a muerte, pero la pena es conmutada por treinta años de prisión. Las lágrimas se agolpan en sus ojos y una gota salada resbala por su mejilla al recordar a su madre que perdió dos hijos de golpe.

Sus compañeros y amigos caídos en batalla, son los fantasmas que con más ahínco quisiera dejar sobre la cubierta del Sinaia; pero sospecha que siempre que mire su brazo izquierdo, chueco a consecuencia de una herida mal soldada, les recordará siempre.

mi abuelo (flecha) y algunos de sus compañeros

Perdido todo ya, logra pasarse a Francia y es recluído junto con muchos compatriotas: hombres, mujeres y niños en el campo de concentración de Argeles Sur Mer en la región del Rosellón en Francia. El infierno en la playa, pues las condiciones habían sido horribles: sin servicios, sin comida, sin un techo y a merced de los elementos. De esa etapa, nunca olvidará el viento, cortante como navaja afilada, la terrible humedad y los numerosos muertos en los primeros días de ese campamento infame. Una cosa era morir peleando y otra morir en esas circunstancias indignas.

refugiados españoles llegando al playón que se convertiría en campo de concentración en Argeles Sur Mer Francia.

El Sinaia, repleto de refugiados, zarpó del puerto francés de Sette el 25 de Mayo de 1939 y al poderse contar entre sus pasajeros había logrado rehuir un destino incierto: unirse al ejército francés contra los nazis o regresar a España donde lo esperaba la muerte. ¡Había sobrevivido a tanto!, incluso a la travesía por mar que no estaba resultando fácil. Era un barco pensado para seiscientas cincuenta personas y estaba transportando mil quinientas noventa y nueve. Las condiciones eran de hacinamiento, la comida no abundaba y el estado anímico no era el mejor para nadie. Para distraerse había sabido hacerse útil en la cocina donde ofreció su ayuda. Ahí aprendió algunas cosas del oficio que estaba seguro le servirían de una u otra forma.

El Sinaia pasando por el estrecho de Gibraltar, para muchos, no volverian a estar tan cerca de España.

“¡Tierra! ¡tierra! ¡México!”, el grito cortó de tajo sus pensamientos y forzando un poco la vista tuvo el primer atisbo de su destino: las luces del puerto de Veracrúz que recién despertaba a la vida cotidiana aunque ese día resultaría ser extraordinario.

Durante la travesía algunos pasajeros, intelectuales distinguidos, habían organizado un pequeño periódico donde gracias a un mimeógrafo se plasmaban las últimas noticias del mundo recibidas por radio y se organizaban conferencias para divulgar información básica sobre el país que les acogería. Luis no había sido indiferente a estos llamados para tratar de comprender a la nación que les recibía y a su gente. Pero nada lo había preparado para la bienvenida que el gobierno de México y los veracruzanos les tenían preparada: gritos de júbilo, aplausos, porras, mantas de bienvenida. El ambiente era festivo.

Llegada del Sinaia al puerto mexicano de Veracruz

Tras ese cálido recibimiento, Luis se sintió sereno y confiado. Pasadas las once de la mañana, fue su turno de bajar del Sinaia a quien en silencio le dio las gracias, mientras ponía pie por primera vez en tierras mexicanas.

Nunca más regresaría a España.

Digitalización desde una copia de microfilm del Archivo General de la Nación de México. Registro de Inmigrantes Españoles en México. Archivo General de la Administración

Esta entrada me resultó muy emotiva por contar la historia de mi abuelo a quien yo conocí de pequeña. Sus motivos, ideas políticas y elecciones tuvieron consecuencias para él y para mucha gente que se cruzó en su vida en esas circunstancias terribles. Soy consciente que en ambos bandos hubo pérdida de vidas humanas e historias desgarradoras.

En su futuro estaba casarse con una mexicana y tener cinco hijos, uno de los cuales murió en su infancia. Hizo su vida en México y siempre tuvo un reconocimiento especial para Lázaro Cárdenas el presidente Mexicano que les abrió las puertas del país. Nunca se acostumbró a las cosas picosas de su nueva tierra. En la familia aún preparamos los Pulpos en su Tinta que aprendió a hacer a bordo del Sinaia. Yo recuerdo vívidamente su brazo chueco. Como buen mecánico, una vez nos hizo un buggy.

Autor: Ana Laura Piera Amat / Tigrilla

Xoloitzcuintle

Un perro entabla un diàlogo con una serpiente de piedra en la moderna Ciudad de Mèxico. ¿De què hablaràn? Cuento corto, original.

La vida en la Ciudad de Mèxico es muy ajetreada, todos los dìas por el centro de la ciudad hay un interminable ir y venir de personas, vehìculos y perros callejeros.

Un dìa por la esquina de las calles de Pino Suàrez y Repùblica del Salvador, pasaba uno de estos perros, en tan mala condiciòn que no se advertìa a simple vista que se trataba nada menos que de un Xoloitzcuintle, una raza endèmica de Mèxico, muy apreciada y con una estrecha relaciòn con la antigua cultura mexica.

El perro fue a echarse justamente en la esquina del edificio que alguna vez fue el palacio de los Condes de Santiago de Calimaya y despuès se convirtiò en el Museo de la Ciudad. Donde hay una talla prehispànica con la imagen de una cabeza de serpiente. Èsta pareciera querer salir del interior del edificio, se asoman sus fauces y sus fosas nasales, pero sus ojos y el resto de su cuerpo estàn ocultos.

talla de cabeza de serpiente. Museo de la CDMX

La serpiente de piedra oliò al “xolo”, (como se les dice cariñosamente en Mexico a esta raza en particular), y se estremeciò pero no dijo nada. El animal empezò a rascarse la oreja, llena de desagradables granos. Asì pasò un rato.
-¿No te molesta no poder ver? -preguntò al fin el “xolo”.
-No, -dijo la serpiente-, me dejaron libre lo màs importante, mi narìz. A travès de ella puedo oler y asì percibo todo. Muchos de mis hermanos ni siquiera tienen eso. -Dijo refirièndose a otras cabezas de ofidios talladas y que se encontraban ocultas, desperdigadas bajo los cimientos de las primeras construcciones edificadas por los españoles tras conquistar Tenochtitlàn, capital de los Mexicas.
-¿Hueles la ciudad? -preguntò el “xolo”.
-Sì. Y no me gusta. Extraño los olores antiguos: el olor a copal mezclado con el olor a sangre, por ejemplo, o el olor a flores y a limpio combinado con el olor de la muerte. El perro fijó la mirada en la lejanía, parecía saborear tambièn aquellos recuerdos. -Acabo de pasar por el lugar donde alguna vez estuviste. -Se referìa a un muro que delimitaba la ciudad sagrada y que habìa estado decorado con muchas cabezas talladas en piedra y con forma de àspid, como con la que estaba hablando.
La serpiente suspirò. Fue un suspiro largo y nostàlgico. Llevaba casi quinientos años “incrustada” de forma humillante en aquel edificio colonial.
-Si quieres -dijo el “xolo”-, te puedo liberar. Lo sabes bien.
-No, dèjame un rato màs aquì. Tengo la esperanza que un dìa caiga esta ciudad. Quiero deleitarme en el olor de su derrota, capturar el olor de su destrucciòn.
-No apostarìa a eso, -respondiò el “xolo”-, pero bueno, es tu elecciòn. Me voy. Regresarè despuès a ver si ya quieres irte al inframundo, ya sabes que yo serè tu guìa. Ese dìa descansaràs.
La serpiente suspirò nuevamente y luego callò.
La gente que pasaba no advirtiò que aquel perro lastimero se alejaba y conforme lo hacìa se transformaba en un precioso ejemplar: su piel ceniza llena de granos y descuidada, mudaba a piel obscura, sana y sin pelaje; excepto por un mechón desafiante que surgía de su cabeza. Antes de convertirse en humo y desaparecer por completo, el perro sufriò otra transformaciòn: su cuerpo de perro cambiò a cuerpo de hombre pero conservando su cabeza de animal. Era Xòlotl, el dios prehispànico del ocaso y de los espìritus, el cual ayudaba a los muertos en su viaje al Mictlàn, el inframundo.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

Xoloitzcuintle, raza de perros endèmica de Mèxico

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“MURCIEGALOS”, QUESO Y ORTOGRAFIA….

Relato ficticio, original.

La señora que vende quesos es muy platicadora, se trata de una de esas gorditas simpáticas difíciles de ignorar. Ayer que pasó con su canasta llena de deliciosuras lácteas no pude resistirme a comprarle una panela, aunque sabía que junto con el queso, me iba a vender todo un discurso y así fue:

—¿Trae panela?

—Si, aunque fíjese que por poquito y no traigo.

—¿Ah si?

—¡Síii! Es que en el cuarto donde las preparamos que cree? De repente veo entrar algo por la ventana, una cosa negra que aleteaba muy feo. Primero pensé que sería una de esas mariposas de la mala suerte. Ya sabe, de las negrotas, esas que dicen que si se meten a la casa anuncian que habrá difunto.

—Si, ya sé cuáles dice, y bueno, ¿pues que fue lo que se metió?

—Uy señora, ¡un MURCIEGALO! lo bueno que mi hijo el mayor, que venía de ACEPILLAR al caballo, le aventó el cepillo con tanto tino ¡que le dio! y pues ya atarantado se cayó al piso y ahí lo rematamos. ¡Ay! Viera que cosas tan espantosas son esos bichos, tienen cara de demonio. Por si las dudas y para alejar las malas vibras, yo recé un Padrenuestro.

Me sentí triste por el pobre animal y la ignorancia que lo había matado. La señora siguió con su relato:

El susto me dio mucha hambre, sentí un hueco en el estómago, creo se me bajó, la glocosa esa… O ¿cómo se dice?

—¿Glucosa?

—Si, esa mera, me fui para la cocina y me eché unas ALMÓNDIGAS que tenía para que cenáramos todos. Me las acabé toditas, pero es que con esos sustos pues no anda uno con pequeñeces, yo necesitaba recuperar fuerzas. La cosa que cuando llegó el Rufino —mi marido—, se armó un pleitazo, me dijo que soy una tragona y que conmigo no hay MANTENCIÓN que alcance.

Ya estaba yo con los ojos salidos de desesperación, primero por el relato que se alargaba y yo con unas ganas locas de hincarle el diente a un pedacito de queso, y en segundo lugar porque lo de murciélago, acepillar, almóndigas y mantención no me sonaba nada bien. Me abstuve de corregir a la señora (aunque ganas no me faltaban), y qué bueno que no lo hice, pues una vez que se fue, (y después de hacerme un sandwich), me metí a la computadora, al sitio del diccionario de la RAE y me di cuenta que todas y cada una de esas palabras son correctas tal y como las había escuchado, son palabras que se oyen mal pero que están bien escritas. ¡Así que ya saben!

Palabras vistas en Revista Muy Interesante año XXII No. 11 pag. 20
sitio del diccionario de la RAE: http://www.rae.es

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla.

CUENTOS INFANTILES

Combo de mis dos únicos cuentos infantiles, completamente originales.

CALIXTO EL DRAGON

Photo by Anthony on Pexels.com

“No es fácil ser dragón”, pensaba Calixto mientras su mamá lo alistaba para la escuela.

—Mamá, ¿por qué somos dragones?, ¿no podíamos haber sido conejos o caballos?

—Pero Calixto ¿a qué viene todo eso? —dijo la señora Dragón sorprendida—. Ser dragón es lo mejor que te pudo haber pasado en la vida, ahora déjate de tonterías y ve a la escuela.

—Pero no quiero ir mama. La señora hizo como que no había escuchado nada y tomando al pequeño dragoncito suavemente de la garra, lo acompañó a la puerta de la casa.

—Que tengas un buen día, ¡ah!, se me olvidaba, ayer la señora Pato me dijo que te vio volar muy rápido, no andes haciendo locuras pues te puedes lastimar ¿está bien?

Calixto asintió con la cabeza y se preparó para volar a su escuela, no estaba muy lejos y podía ir caminando, pero él prefería volar y ver todo pequeñito desde arriba, era muy agradable sentir el viento rozar su regordete cuerpo, además, cuando tenía muchas ganas, podía hacer algo típicamente dragonil: dejar salir fuego por su boca, algo que solo tenía permitido hacer asegurándose de no lastimar a nadie pues en una ocasión casi achicharra a una familia de gansos en migración.

Cuando Calixto divisó la escuela comenzó a planear cuidadosamente con sus enormes y poderosas alas para lograr un aterrizaje perfecto, pero un viento inesperado lo sacó de balance y toda la escuela lo vio dando maromas por el aire hasta que fue a estrellarse contra la barda del colegio. “Odio ser un dragón” pensó mientras se sobaba todo el cuerpo, al mismo tiempo que pretendía no escuchar las risas y burlas de los demás alumnos.

Calixto era el único dragón en la escuela y eso sí que era algo grave pues casi todos los demás lo miraban como un bicho raro y le decían cosas desagradables, por si eso fuera poco sus papás le habían puesto ese nombre raro: “Calixto”, lo cual era causa de muchas más burlas. Pero lo peor de todo era que el dicho ese de que: “tienes aliento de dragón”, no era un simple decir y toda la escuela había sentido en carne propia el desagradable aliento de Calixto, y no me refiero al fuego que los dragones pueden sacar por sus bocas sino a un terrible olor a podrido que hacía que todos le huyeran y que nadie le dirigiera la palabra. Calixto se sentía muy desdichado y solo pensaba en lo horroroso que era ser un dragón.

El día transcurrió como todos: una rápida sucesión de maestros y materias, algunas interesantes, otras aburridas y otras difíciles. Calixto sin embargo disfrutaba el tiempo que pasaba en el laboratorio de su escuela, donde él y su maestra se habían dado a la tarea de buscar un antídoto contra su mal aliento. La Srita. Ardilla, era muy inteligente aunque algo nerviosa. Se veía muy chistosa con su bata de laboratorio que por cierto le quedaba algo grande y unos enormes lentes de aumento pues era medio miope.

—Maestra ¿cómo vamos? —preguntó muy ansioso el dragoncito

—¡Bien Calixto!, a ver, háblame desde la puerta y no te acerques mucho… Así está mejor. Veamos… He mezclado varias hierbas como menta, hierbabuena y algo de perejil, tal vez agregaré un poco de cáscara de limón y semillas de anís… En fin, tal vez pronto tengamos algo para tu problema.

—Gracias, maestra, no sabe cuánto me urge.

—No te preocupes mi niño, yo te aviso cuando esté listo.

Calixto salió del laboratorio algo más animado, pero como seguía la hora del recreo fue a encerrarse a su salón donde se comió lo que su mamá le había preparado: sándwich de caracoles de río y de postre huevos fosilizados de tortuga. Calixto siempre estaba solo y un par de lágrimas color verde rodaron por sus escamosas mejillas, a veces se asomaba por la ventana de su salón a ver a los demás niños y sentía una envidia terrible cuando observaba a los conejitos jugar con los zorritos y a los venaditos jugar con las ovejitas, ¡hasta los puerquitos tenían con quién jugar! ¡Cómo deseaba dejar de ser un dragón y ser como todos los demás! A menudo la tristeza lo vencía y se quedaba dormido.

De estar despierto se hubiera dado cuenta de que un grupo de niños se acercaba y lo observaba desde el jardín. Los oiría hablar cosas tales como: “¡Mira que cola tan padre!, me gustaría tener una”, “lo que más me gusta es que puede volar, ¡uy, me encantaría poder volar!”, “lo máximo es cuando echa fuego por la boca, ¡es grandioso!” “me gustaría ser un dragón, los dragones son lo máximo” “ojalá pudiéramos jugar con él, tal vez nos dejaría subirnos a él mientras vuela, ¿te imaginas ver todo desde arriba?”

El resto del día transcurrió tranquilo y muy pronto todos estaban a punto de irse a sus casas, entonces, por los altoparlantes se dejó oír un anuncio del director, el Sr. Oso, convocando a todos los alumnos a un concurso de cultivo de hortalizas por salón, el premio consistiría en un viaje del salón ganador a Animalandia, el mejor parque de diversiones de la región. En seguida todos los salones comenzaron a hacer planes para la competencia, y el salón de Calixto no fue la excepción.

—Me propongo como jefe de este proyecto —dijo Dientes, el conejo —todos saben que los conejos sabemos mucho de verduras, propongo que sembremos zanahorias.

Todos estuvieron de acuerdo, pero Plumas, el pato, advirtió:

—Todo esta muy bien, pero quisiera que excluyamos a Calixto, es obvio que los dragones no saben nada de hortalizas.

Calixto se sintió muy, pero muy mal y peor cuando casi todo el salón estuvo de acuerdo, Rosa, la oveja más presumida del salón dijo:

—Además, sería horrible trabajar con Calixto por su mal aliento.

De esa forma Calixto quedó fuera del proyecto, de sobra está decir que aquella tarde se la pasó llorando, encerrado en su habitación, ni siquiera quiso probar la sopa de uñas de rana moteada que su mamá había preparado.

Todos los días, después de la escuela, cada salón se iba a trabajar en sus respectivos huertos y como no dejaban que Calixto les ayudase, pues este se dedicaba a lo que más le gustaba que era volar. Una tarde voló tan alto, que alcanzó a ver una rara flor de color blanco en la cima de una montaña, le llamó la atención por el delicioso aroma que despedía, en seguida pensó que quizá la flor podría formar parte del antídoto contra su mal aliento, con delicadeza la arrancó y volando regresó a su escuela donde entregó su flor a la Srita. Ardilla.

—¡Oh, Calixto, pero qué bien huele!, mmm, creo que se trata de la Flor de Invierno, pero no puede ser, esta flor solo aparece en los inviernos que llegan antes de tiempo, tal vez este año el invierno empiece antes. Bueno, creo que podré sacar la esencia de la flor y usarla en nuestro remedio, ¡bien hecho mi niño!

El entusiasmo por el concurso estaba en su apogeo, pero tal y como la Srita. Ardilla había adivinado, el invierno se dejó sentir apenas unos cuantos días después que se habían sembrado las semillas. Todos estaban muy preocupados pues el frío excesivo podría matar a las plantitas que apenas estaban creciendo. A Calixto no le importaba nada el concurso y el invierno era una época agradable para los dragones quienes no pasaban frío gracias a que sus cuerpos podían generar muchísimo calor.

Una noche sin embargo, mientras dormía, escuchó que alguien le gritaba desde afuera: “¡Calixto, Calixto!” ¡Cuál no sería su sorpresa de ver a todos sus compañeros de clase al pie de su ventana!, se veía que casi todos estaban en piyama aunque eso sí, se habían cuidado muy bien de ponerse abrigos encima pues el frío estaba muy duro.

—Ayúdanos Calixto —dijo Dientes desesperado—, nuestro huerto se ha helado, unas horas más con este frío y nuestras zanahorias se morirán.

Lo primero que pensó Calixto fue que se fueran al cuerno, pero luego recordó lo que sus papás siempre le decían: que no debía pagar mal con mal, sino siempre tratar de perdonar y ayudar. Así que en medio de la noche y después de pedir permiso, se salió volando hacia el huerto. Arriba de él iban Dientes y otros compañeros y por tierra los seguían corriendo los demás.

Fue una noche muy movida, Calixto hizo que todos se alejaran lo suficiente para no salir lastimados y desde el aire y controlando muy bien la cantidad de calor que sacaba por su boca pudo hacer que el huerto se descongelara. Toda la noche estuvo soplando Calixto hasta que el frío menguó y todos pudieron irse a sus casas.

El otro día fue uno de los más felices para Calixto pues todos le agradecieron y le pidieron disculpas por portarse con él como unos tontos. Dientes le dijo que sin su ayuda el huerto hubiera muerto y lo invitó a unírseles. Ese mismo día la Srita. Ardilla le dio a Calixto una botella con unas capsulitas azules, ¡era el remedio para su problema!, en cuanto se tomó una, el mal olor de la boca de Calixto desapareció por el resto del día.

—Debes tomar una diario, y no te preocupes, no afectará tu capacidad para lanzar fuego. También le dijo que de no haber sido por la Flor de Invierno que Calixto había encontrado, no hubieran podido tener el remedio tan rápido.

Gracias a que el problema de mal aliento de Calixto se arregló, todos los niños que querían conocerlo se animaron a hablarle y al final del día había hecho muchísimos amigos. Se sorprendió mucho cuando se dio cuenta de que había algunos niños que lo admiraban. Aquella noche, estando en su cama, Calixto no pensó en lo horrible que era ser un dragón sino en lo fantástico que era ser uno. De sobra está decir que las zanahorias del huerto del salón de Calixto fueron las ganadoras y todos los alumnos se fueron de paseo a Animalandia, y esta vez, Calixto no se quedó atrás.

Autor: Ana Laura Pierra / Tigrilla

BUSCANDO UN NUEVO HOGAR

Photo by Pixabay on Pexels.com

Aquel día, “Sugar” una gata siamesa y “Chocolate”, un gato común y corriente, se sentían de lo más felices, ¡por fin habían nacido sus hijos! Para Sugar esta era su primera camada y aunque se sentía algo inexperta, el instinto maternal vino en su ayuda para poder cuidar de aquellos cuatro preciosos gatitos. Ambos miraban admirados a sus pequeños quienes aún no abrían los ojos.

—Estoy seguro de que serán unos gatos preciosos —dijo Chocolate mientras los gatitos se acomodaban para alimentarse con leche de su mamá.

Conforme pasaban los días los gatitos se volvían cada vez más traviesos. El barullo que armaban se escuchaba en toda la casa. Se mordían de mentiritas, se echaban maromas y maullaban de gusto cuando era la hora de la comida. Sugar y Chocolate no tuvieron problema en escoger los nombres de sus hijos: “Rayo” era el más travieso y veloz de todos. Él siempre acaparaba el mejor lugar para alimentarse y manoteaba y empujaba a los demás hasta quedar bien instalado en su lugar predilecto. “Luna” era tranquila y amable, aunque cuando se trataba de jugar rudo con sus hermanos no podía resistir la tentación y entonces dejaba salir su lado travieso; tenía unos hermosos ojos azules iguales a los de su mamá. “Botitas” era el más cariñoso y el más pequeñín. Le habían puesto así porque el pelaje de sus patitas era blanco, a diferencia del resto de su cuerpo que era negro, y por último estaba “Orange”, un gatito tan anaranjado que sus papás estaban sorprendidos pues nunca nadie había salido de ese color en la familia.

Un día, poco después de que los gatitos comenzaron a comer por ellos mismos, sucedió algo muy malo: un joven desconocido llegó y observó a los pequeños con mucho detenimiento, jugó con ellos un buen rato y aunque estos estaban de lo más contentos jugando con el extraño, sus papás presentían que algo andaba mal. Después de un rato, el desconocido tomó a Botitas y se lo llevó. Ninguno comprendía qué había pasado, primero pensaron que Botitas regresaría, pero cuando llegó la noche y no fue devuelto, se dieron cuenta de que se había ido para siempre.

¡Qué dolor sintieron Sugar y Chocolate! ¡Cómo lloraron Rayo, Luna y Orange al extrañar a su hermanito! Sugar no pudo dormir aquella noche pensando en qué había sido de su pequeño, si los gatos pudieran derramar lágrimas ella hubiera llenado una cubeta con ellas.

Pasaron un par de días y nuevamente unos extraños llegaron al hogar de los gatitos, en esta ocasión se trataba de una señora con sus dos hijos, una niña gordita y un niño flaco como un palillo. Estos estaban muy emocionados alzando y cargando a los chiquitines: los apretujaban, les jalaban la colita y las orejas, Rayo, Luna y Orange maullaban de incomodidad. Al final escogieron a Rayo y nuevamente la tristeza invadió el corazón de la familia.

Aquella noche Sugar le dijo a Chocolate que no podría soportar que se llevaran también a Orange o a Luna.

—¿Qué sugieres que hagamos? —preguntó Chocolate.

—Huyamos, es la única manera de salvarlos.

La gente suele pensar que todos los gatos son autosuficientes y esto es cierto de los gatos que toda su vida han vivido en la calle o en estado salvaje. Sin embargo, aquellos a quienes se les ha proporcionado alojamiento, comida y amor, al ser abandonados o perderse, sufren mucho, pues no han adquirido las destrezas necesarias para sobrevivir por su cuenta. Sugar y Chocolate estaban muy conscientes del peligro que correrían si abandonaban su hogar, pero Sugar estaba convencida y entre ambos planearon huír con sus hijos al día siguiente.

En realidad no fue difícil salir de la casa, Sugar tomó suavemente a Luna por el cuello y Chocolate hizo igual con Orange. Esta forma de cargar a sus hijos es muy común entre los felinos y no lástima para nada a los bebés. Cuando se vieron en la calle empezaron los problemas: dos niños que jugaban canicas vieron a los dos gatos y enseguida comenzaron a armar alboroto “¡Miren, unos gatos! ¡Hay que atraparlos!”, otros niños se acercaron y estuvieron a punto de derribar a Sugar con una pelota, la pobre de Luna estaba de lo más asustada por el barullo y los movimientos tan bruscos que su mamá tuvo que hacer para poder escapar. Después de correr un rato encontraron refugio en un terreno baldío, donde se escondieron entre la maleza.

Chocolate estaba preocupado.

—¿Qué pasará si nos encontramos un perro?

Sugar no quería ni imaginarse esa posibilidad, la mayoría de las veces los perros y los gatos no se llevan bien, hay algo en su misma naturaleza que los hace repelerse entre sí y a veces las peleas acaban en heridas serias o en la muerte. Chocolate hizo que Sugar y los gatitos lo esperaran un buen rato en el terreno baldío, su idea era ir y encontrar un lugar donde pudieran esconderse y que fuera más seguro. Las horas fueron pasando y Sugar ya se estaba imaginando que algo horrible le había pasado a Chocolate, pero afortunadamente no fue así y este regresó sano y salvo.

—Ya encontré algo, es una casa abandonada, vamos.

La casa resultó ser un buen escondite, no se veían humanos ni perros a la vista, lo malo era que aquí no habría nadie que les pusiera comida y agua de manera tan cómoda como en su antigua casa. Aquello significaba que Chocolate tendría que salir a cazar, algo que jamás había hecho seriamente. La primera noche, después de mucho esfuerzo, regresó con un ratoncito en la boca, era tan pequeño que apenas si alcanzó para darles de comer a Luna y a Orange, a quienes no les gustó nada la forma y el sabor de su nueva comida.

—¡Guácala!, prefiero las croquetas! —dijo Orange enfurruñado.

Llevaban ya tres días en aquella casa abandonada, mal comiendo y con toda clase de peligros acechándolos. Ese día Sugar le dijo a Chocolate que si querían sobrevivir tendrían que ir a cazar los dos juntos y dejar a los pequeños. Aquella era una dura decisión, pero no tenían alternativa, si no traían más alimento Luna y Orange morirían.

—Tendremos más éxito si cazamos los dos juntos —había dicho Sugar con un nudo en la garganta. Para ella no era fácil dejar a sus hijos solos.

Aquella noche Sugar y Chocolate salieron por comida y Luna y Orange se quedaron atrás. Primero estaban aterrados, pero después se dieron cuenta de que podrían hacer lo que quisieran y el terror cambió rápidamente a emoción. A pesar de las recomendaciones de sus papás de no hacer ruido, los pequeños gatitos se pusieron a jugar a las escondidas y cada vez que uno encontraba al otro armaban una gritería formidable. El ruido no pasó desapercibido para un viejo perro pastor alemán que pasaba en ese momento por la calle.

“Veamos qué sucede aquí” se dijo el viejo perro y cuando asomó su enorme cabeza por el espacio donde alguna vez había estado una puerta, no pudo menos que sonreír ante la vista de aquellos dos preciosos chiquitines que se divertían de lo lindo.

—¿Pero qué hacen ustedes aquí solos pequeños? —preguntó gentil.

Orange y Luna se sobresaltaron, pero las maneras del perro eran tan amables que dejaron de lado todo recelo.

—Nuestros padres salieron a cazar —dijo Luna.

—Están ustedes haciendo demasiado alboroto, niños, traten de no hacer tanto ruido o tendrán problemas. Dicho esto, el viejo perro se dio la vuelta y tomó de nuevo su camino, pero a media calle volvió a escuchar a los gatitos gritando a todo pulmón. “¡Vaya!, parece que mi consejo les entró por una oreja y les salió por la otra! Si la pandilla de los perros malos los llega a oír no vivirán para contarlo, mejor voy y los entretengo en lo que llegan sus padres”. De esta manera el viejo perro, que por cierto se llamaba Timoteo, entró a la casa abandonada y se puso a contarles cuentos a los gatitos y con esto los tuvo calmados y en silencio un buen rato.

Cuando Sugar y Chocolate regresaron, casi se mueren del susto al ver a un enorme perro tumbado a la puerta de la casa donde estaban sus dos hijos. Ambos se erizaron y se miraron nerviosos.

—Debemos entrar a como dé lugar, alístate para pelear —dijo Chocolate.

Ambos dejaron en el suelo las presas que llevaban para la cena y se fueron acercando muy sigilosamente. De repente vieron que Luna se asomaba por la puerta y cuál no fue su sorpresa al ver a la pequeña treparse en el lomo del enorme perro.

—¡Arre, arre perrito! —decía Luna feliz de la vida.

Timoteo, quien había estado echándose una pestañita, abrió un ojo y luego dijo amablemente:

—Creí que ya estabas dormida, ¿a qué hora llegan tus padres?

—No sé —dijo la gatita de manera despreocupada y luego se puso a lamerle las orejas al perro. Como los gatos tienen la lengua rasposa, Timoteo sintió cosquillas y se puso a reír ruidosamente:

—¡Ja, ja, ja! ¡Ay no, ya no!

Sugar y Chocolate estaban asombrados, no podían creer que aquel enorme perrazo estuviera jugando con su pequeña. En eso vieron a Orange que también se trepaba al lomo del animal y trataba de derribar a su hermana diciendo:

—¡Es mi turno, es mi turno!

Aunque tenían sus dudas acerca de las intenciones del perro, esta vez se acercaron un poco más tranquilos. Timoteo los vio de lejos y adivinó que aquellos eran los padres de los gatitos. Continuó acostado para no sobresaltarlos.

—Ya era hora de que llegaran amigos, sus hijos me han hecho envejecer diez años en unas cuántas horas.

—¡Mamá, papá! Don Timoteo nos ha cuidado y nos ha contado cuentos —dijo Orange muy excitado.

—Es que sus hijos estaban haciendo un escándalo como para despertar a toda la ciudad. Ustedes deben ser nuevos en el vecindario y no saben que a pocas cuadras de aquí hay una pandilla de perros quienes odian a los gatos, pensé que sería más seguro para estos chicos si me quedaba un rato con ellos.

Todo quedo muy claro para Sugar y Chocolate quienes respiraron aliviados al tiempo que agradecían el favor.

—Si andan buscando un lugar seguro para que crezcan sus hijos, deberían venir conmigo —dijo Timoteo—, la Sra. Muñoz ama a todos los animales, me recogió a mí de la calle cuando apenas era un bebé y estoy seguro de que los adoptaría sin dudar. Yo estaría feliz de que vivieran conmigo.

—No queremos que nos separen de nuestros hijos —dijo Sugar.

—Entiendo, y no tienen de qué preocuparse, ella jamás haría eso.

Sugar y Chocolate se miraron como preguntándose qué debían hacer mientras que Orange y Luna decían suplicantes “¡Vamos, vamos a vivir con Don Timoteo! ¡Por favor! ¿Siiiiii?”

Aquella noche Sugar y Chocolate miraban cómo la Sra. Muñoz ponía amorosamente alimento y agua en unos platitos y al viejo Timoteo que jugaba con Luna y Orange. Los chiquitines estaban de lo más contentos con esa especie de abuelo perruno que habían encontrado, entonces los dos gatos adultos se miraron complacidos y comprendieron que por fin habían encontrado un nuevo hogar.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla