ENCUENTRO EN EL MUELLE

foto de Jaime Moreno en Flickr

—Es un hombre que camina encorvado —me dijo mi primo—, aparece como a las dos de la madrugada, camina un poco por la playa y desaparece a la altura del viejo muelle. ¿No te da miedo verdad? Aquello me sonó a desafío y contesté: —Iré, estoy seguro que no hay nada. Ustedes acá en el pueblo creen cualquier cosa pero cuando vives en la ciudad, eso cambia. Mi primo sonrió divertido ante mis ínfulas citadinas y eso me molestó.

No había luna ni estrellas esa noche, la playa se había convertido en un lugar oscuro e irreconocible salvo por el ruido familiar del mar lamiendo la arena. Saqué mi pequeña linterna y apunté su diminuta luz amarillenta a las tinieblas que me envolvían, pero fue evidente que de poco me serviría.

Caminé en medio de la oscuridad con el mar a mi lado, pensé en quitarme los zapatos, pero los filosos guijarros y conchas marinas que adivinaba incrustados en la arena me disuadieron. Me remonté a mi infancia cuando de la mano del abuelo salíamos en la noche a admirar el fenómeno de bioluminiscencia que a veces hacía que las olas dejaran un rastro de luz verdosa sobre la arena. El haz de mi linterna se topó con un pez globo muerto, que bailaba a merced del suave oleaje. Me quedé observándolo con una fascinación mórbida que no sé explicar muy bien. Cuando alcé la vista, ahí estaba el sujeto, y supe casi de inmediato que no era un ser humano vivo, su cuerpo irradiaba también una luminosidad extraña e irregular, como una estrella exhausta a punto de apagarse.

Estaba frente a mí y su boca se curvaba en una mueca rara que pretendía ser un gesto amigable. Era un hombre entrado en años, llevaba los pantalones doblados a la altura de la rodilla y de su hombro colgaba una red de pesca. En una mano llevaba también una cubeta que parecía pesada a juzgar por la inclinación que provocaba en su cuerpo.

—¿Usted también va hacia el muelle? —me preguntó con una voz rasposa que me acabó de robar el aplomo. Hubiera querido echar a correr, pero la misma fascinación mostrada hacia el pez hizo que mi mente buscara las palabras para contestar, no fue fácil, mi lengua parecía haberse separado de mi cuerpo y haberme dejado abandonado y mudo ante las preguntas del fantasma. —Ehh… Ssí —mis palabras salieron de mí casi sin aliento. Reparé que el muelle al que se refería él, ya no estaba, eran solo unos cuantos pilotes de madera que quedaban como testigos silentes de la estructura que antaño existió en ese lugar.

—Vamos pues— dijo, y comenzó a caminar y yo lo seguí a pesar del martilleo furioso de mi corazón que protestaba ante tal insensatez. Noté con horror que sus pies descalzos no dejaban huellas. El hombre volvió a hablar con esa voz que ponía la piel de gallina: —No sé que me pasa que a veces veo el muelle roto amigo, ahora mismo me pasa algo raro, no siento el mar mojándome los pies. Creo que tengo que ir a ver al doctor. Mi cuerpo temblaba casi incontrolablemente y puedo jurar que estaba al borde del desmayo. —A veces siento que estoy atrapando algunos peces, pero al sacar mi red ya no están, escaparon, o nunca estuvieron ahí. No sé, imaginaciones mías tal vez. Sabe, lo que más me extraña es que nunca veo el sol. Hace mucho que no siento sus rayos sobre mi piel, solo esta negrura. ¡No se imagina usted cómo extraño el sol! En ese momento llegamos al muelle y el hombre desapareció ante mi vista. Me desplomé en la arena.

Mientras regresaba a mi auto, decidí que podía quitarme los zapatos, después de todo no hay nada como sentir el mar y la arena entre los dedos, aunque uno se lastime con los guijarros y si eso pasara, el dolor sería un recordatorio de que aún estoy vivo. Al otro día tomaría un buen baño de mar y sol, y por la noche regresaría a la playa, con suerte quizás podría ver la luminiscencia, aunque evitando el horario donde aquella pobre alma atormentada se aparece, por supuesto mi primo se iba a reír de mí. ¡Qué más daba! También pensé en regresar a vivir a mi pueblo costero y dejar la ciudad.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

https://bloguers.net/literatura/encuentro-en-el-muelle/

LA VOZ

Relato para Va de Reto

cliquea en la imagen para visitar el blog de Jasc-Net y enterarte cómo participar en el reto. La idea es continuar la historia (letras en cursiva). ¿Te atreves?

Después de una catástrofe mundial, la Tierra está desolada. Según todos los indicios, eres la última persona viva en el mundo. Estás encerrado en tu casa, dentro de tu habitación, cansado de vagar solo por parajes desiertos, pensando con desesperanza en tu futuro. En ese momento, unos golpes llaman a la puerta

LA VOZ

El ruido de golpes en la puerta me sorprendió abriendo una caja de galletas de mantequilla. Las había encontrado el día anterior en una casa bastante alejada de mi refugio. El hallazgo había constituido una verdadera alegría en medio de días donde mi humor estaba peor que nunca. Las galletas seguían en su caja metálica y eso las había salvado de los animales, ahora dueños y señores de la ciudad.

Ese toquido me inquietó sobremanera. ¡Aquello era imposible! En dos años no había visto un alma en la ciudad. Sentí la mordida del miedo y mi corazón empezó a latir fuertemente. Tomé mi pistola y la metí dentro de mi pantalón. Los golpes se repitieron.

—¿Quién? —hacía tanto que no escuchaba el sonido de mi propia voz que me sorprendí mucho y mi cerebro tardó unos segundos en procesarla y reconocerla como propia.

—¡Ábreme, soy Alejandro Falcones!

Los únicos ruidos que en dos años había escuchado eran los de la naturaleza y las cosas, como el crujido de los edificios y casas, pisar sobre vidrios quebrados, ladridos de perros, la voz del viento… Así como me había impresionado escucharme, oír esa voz me estremeció. El nombre me sonaba, pero, ¿de dónde?

—Tu novio de la facultad —dijo como adivinando mis pensamientos—, ¡por favor, abre! El modo era urgente, imperioso.

Me quedé de una pieza. ¡No podía ser! Alejandro había muerto en un accidente automovilístico. Había ocurrido mucho antes de que sobreviniera la gigantesca llamarada solar que fundió todo aparato eléctrico en el planeta y en el espacio, sobreviniendo el caos.

Quienquiera que estuviera afuera me conocía, pero sus intenciones seguramente no eran buenas porque estaba mintiendo. Observé la puerta, era firme, la había reforzado para que fuera infranqueable. Mi refugio, un antiguo almacén, no tenía ventanas, excepto la del baño, pero era demasiado pequeña, así que no existía otro acceso. Temblando, arrastré un viejo sofá contra la puerta y sobre él puse lo más pesado que poseía: una televisión ahora inservible, pero frente a la cual me gustaba sentarme por horas, mientras recordaba algún antiguo programa favorito.

—Dany, por favor, ¡ábreme!, hace frío, tengo hambre, esto ha sido demasiado horrible. Te necesito y tú me necesitas ¡ayúdame!

La voz que me llegaba del exterior comenzó a sonar como la voz de Alejandro. Además me había llamado “Dany”, así era como él me decía de cariño. Empecé a dudar. ¿Y si no había muerto? ¿Y si me habían mentido para alejarme del amor de mi vida? Pero yo recordaba haber ido al funeral, recordaba gente vestida de negro, muchas flores y un ataúd oscuro. Me empezó a doler la cabeza.

—¡Mientes! ¡Alejandro esta muerto! ¿Quién carajos eres? ¿Cómo sabes mi nombre? ¡Estoy armada!

El desconocido no respondió nada, pero escuché como un bufido y un chasqueo de lengua. Podía imaginar al impostor afuera, pensando en alguna estrategia para lograr que yo le abriera. Fue entonces cuando me llegó el olor a perfume “Acqua di Gio”, inconfundible, el que siempre había usado Alejandro. Mis fosas nasales se ensancharon queriendo captar las notas frutales y florales y los recuerdos se agolparon en mi cerebro. Quizás sí era él.

El delicioso aroma cambió todo. Quité la televisión y arrastré el sofá alejándolo de la puerta. Estaba aún en eso cuando noté que el olor se desvanecía y dejé de percibir la presencia al otro lado. ¿Y si en verdad había sido él y se había ido? ¿Había perdido la oportunidad de disfrutar de la compañía de otro ser humano en medio de ese solitario apocalipsis? El pánico se apoderó de mí y frenética, comencé a meter llaves y descorrer cerrojos. Maldije la hora en que había instalado en la puerta todas las cerraduras encontradas en mis correrías por la urbe abandonada.

—¡Alejandro! ¡Espera! ¡No te vayas! Gruesas lágrimas comenzaron a mojarme el rostro y a nublarme la vista.

Para cuando pude abrir, no ví a nadie, tan solo el paisaje familiar de la calle desierta. Seguía sola, bueno, siempre estuvimos solas… mi esquizofrenia y yo.

Autor: Ana Laura Piera /Tigrilla.

https://bloguers.net/literatura/la-voz-en-medio-del-apocalipsis/

Amnesia por Ana Laura Piera — MasticadoresMéxico

Tenía algunas semanas que sospechábamos que algo andaba mal pues cada vez que el tren pasaba sobre el puente como una bestia furiosa, la estructura se cimbraba y emitía unos ruidos agónicos mientras un aguacero de pequeños pedazos de concreto y polvo caía sobre nuestras cabezas. El puente era […]

Amnesia por Ana Laura Piera — MasticadoresMéxico

https://bloguers.net/literatura/titulo-amnesia/

EL ENFERMERO

Photo by Dim Hou on Unsplash

Vestido con mi mono de enfermero al que llevo prendido un gafete de identificación falso, me siento un fraude ambulante recorriendo los pasillos de este enorme complejo hospitalario. Procuro imprimir a mis pasos una urgencia que logre convencer a los demás de que tengo un propósito y así evitar que me hagan preguntas incómodas que sé muy bien que no podré responder.

El truco ha funcionado, mi caminar enérgico, mi mirada de determinación, mi presencia constante han logrado al fin que el personal me vea como uno más de los suyos. Me he librado de sus miradas recelosas pero no de mi problema, si no fuera por eso todo sería perfecto.

Tras incontables horas de observar y escuchar atentamente todo a mi alrededor, he ido absorbiendo la jerga médica e incluso he realizado algunos procedimientos sencillos con éxito: suturas e inyecciones, he dejado de pensar que soy un fraude y fantaseo con que en verdad fui a la Facultad.

Casi no recuerdo ya cómo era mi vida antes: vagar en las calles, buscar en la basura, drogarme. Cuando me llegan esos pensamientos los ahuyento. Me anima mucho que el Gastroenterólogo, el Dr. Cortes, me salude siempre y yo procuro estar al pendiente para lo que necesite: llevarle un café, preparar a un paciente, ayudarlo con el interminable papeleo ¡hay mucho que hacer en este hospital!

Hoy el Dr. Cortes me ha pedido que lo asista en una apendectomía. Casi no lo puedo creer ¡mi primera cirugía! Estoy emocionado y feliz de seguir aprendiendo. Me daré una vuelta por Psiquiatría, tan sólo necesito aprender qué medicamento tomar para que desaparezcan mis alucinaciones. Ya no puedo posponerlo, estoy convencido de que los pacientes merecen lo mejor, tengo actitud y ganas, si me lo propongo podré hacer la transición a médico y ¿porque no? quizás llegar a ser un gran cirujano.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla.

https://bloguers.net/literatura/el-enfermero-cuento-corto/

CEREBRO VS. CORAZÓN

Photo by David Matos on Unsplash

Ana miró compungida como el cuerpo de su amado padre desaparecía dentro de la ambulancia especial enviada por “Infinity Mind”. Junto a ella, la Dra. Sonia Olmos, enfundada en su bata médica y tras unos lentes de pasta oscura que le daban un aire intelectual, trataba de calmarla: Le he dicho que todo está bien. ¿Que por qué él no le mencionó nada? Seguramente no quiso intranquilizarla. Yo le aseguro que él estaba cien por ciento convencido de esto. Piénselo, es maravilloso, tantos conocimientos y habilidades que en vez de pudrirse en una tumba seguirán al servicio de la humanidad y de la ciencia. ¿Que cuándo le verá de nuevo? Muy pronto, si acaso es cuestión de un par de meses…

Hacía apenas unas horas el famoso Dr. Israel Santiago había muerto. Su muerte devastó a Ana, su única hija. Mientras ella iniciaba los preparativos para el funeral, recibió una llamada extraña por parte de unos importantes laboratorios. Le pedían que no hiciera nada, ellos se harían cargo. Le enviaron un contrato firmado en vida por su padre donde había dado su autorización para que “Infinity Mind” dispusiera de su cuerpo. No habría ceremonia. No había tiempo. Era crucial iniciar con el protocolo que les permitiría retirar cuanto antes el cerebro del fallecido para conservarlo e implantarlo en un cuerpo artificial hecho a la medida. Todo era parte de un novedoso experimento del cual el doctor Santiago había querido ser voluntario. Sorprendida y lastimada -no entendía por qué su padre no le había hablado de esto-, dejó todo en manos de los laboratorios.

Tres meses más tarde se sentía muy nerviosa. Al fin, tras intercambiar muchas llamadas y mensajes con la Dra. Olmos, se había autorizado una visita a su padre. No sabía muy bien qué esperar.

Camino a la cita, recuerdos y reflexiones desfilaron frente a ella: La muerte inesperada de su madre, su padre que no se volvió a casar. La desilusión que le había causado a él que ella no siguiera sus pasos cuando decidió ser Historiadora. Las quejas medio en broma, medio en serio, acerca de que su única hija no le daba nietos siendo él tan niñero. El hecho de que a pesar de su célebre carrera como cirujano oncólogo siempre encontraba el tiempo para verla: preciosos momentos donde los dos leían, bebían cerveza y reían con los chistes y anécdotas que el doctor, al que no le faltaba la simpatía, solía contar.

La Dra. Olmos la condujo por asépticos pasillos flanqueados de consultorios, frías salas de espera, laboratorios y quirófanos. No vieron a nadie hasta que llegaron a una sala en particular. Aunque Ana había imaginado muchas veces el añorado reencuentro, nada la había preparado para la experiencia.

El doctor estaba sentado en uno de los sillones de aquella sala donde todo era blanco: paredes, muebles, luz neón, incluso la ropa que portaba irradiaba blancura. Lo reconoció inmediatamente, el parecido era asombroso: la misma altura, los ojos castaños, la nariz grande ¡hasta el vello de los brazos! Todo estaba fielmente reproducido en ese cuerpo artificial, todo menos su hermoso pelo ondulado que ya pintaba canas. En vez de él, había una carcasa transparente y detrás de ella el cerebro de su padre que nadaba en un líquido nutritivo.

Un “¡Hola!” demasiado casual la recibió. La voz, aunque parecida, no se escuchaba natural. Ella trató de no mirar demasiado aquel cerebro desnudo que la inquietaba.

—¿Papá?

El hombre sonrió. Nuevamente la sonrisa resultó familiar, pero un poco forzada.

—¿Cómo te sientes? — Ana formuló la pregunta con apenas un hilillo de voz.

—Excelente —dijo él con esa voz extraña y a la vez conocida, y calló.

La chica pensó que no solo era la voz. Darse cuenta de la falta de emotividad mostrada por su padre la lastimó profundamente. Sintió ganas de llorar.

La Dra. Olmos que había estado observando la escena desde una distancia prudente recibió una llamada y luego de atenderla se dirigió al doctor con una sonrisa de oreja a oreja.

—¡Hay otro paciente doctor!—su voz temblaba de emoción.

—Más datos por favor…

—Paciente pediátrico con meduloblastoma. Un caso difícil. Ningún otro oncólogo lo ha querido tomar.

—Perfecto —dijo. Y el cerebro en el receptáculo pareció palpitar con más fuerza.

Ambos doctores salieron de la salita y dejaron a Ana sola. Su padre ni siquiera se despidió. La doctora regresó apresuradamente para indicarle que debía abandonar las instalaciones. Por la excitación se había olvidado de ella, que la disculpara. No, él no regresaría a casa, continuaría bajo escrutinio médico y realizando sus célebres operaciones cerebrales por las que era mundialmente conocido. ¿Que cuándo le volvería a ver? No había fecha. Ella debía mandarle una solicitud para checar agenda. La última palabra sobre verla o no la tendría el propio doctor. ¿Cambio de personalidad? podría ser, aún estaban estudiando los resultados del experimento…

Ana desanduvo el camino y llegó a la puerta de salida. Se imaginó un mundo donde nadie muriera, una muchedumbre de cuerpos coronados por una carcasa transparente, donde el cerebro se asomara, frío, distante y ajeno. Se estremeció. Volvió a pensar en su padre, recordó que el sistema límbico del cerebro era el responsable de las emociones, pero quizás no funcionaba tan bien estando en un cuerpo sintético. O tal vez, junto con el cerebro, quizás debieron preservar también… el corazón.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

Si te gustó compártelo. Siéntete libre de comentar. Gracias por pasa y leer.

AL ABRIGO DEL MAR.

La superficie del mar, con su movimiento ondulante y su color azul claro parecía la piel de un animal marino de dimensiones inconmensurables. Soplaba poca brisa y las olas acariciaban con gentileza la playa, dejando un rastro espumoso que se desvanecía en segundos. A pesar de la relativa calma no le fue fácil entrar en el agua, el chaleco salvavidas francamente le estorbaba. Carlota miraba desde la orilla con cierta aprensión, pero descansó cuando vio a su marido abandonarse al fin al arrullo de las olas.

Ella se quedó viendo sin ver. Sus ojos perdidos en el horizonte mientras desfilaban en su cabeza imágenes de un pasado que se antojaba un mero sueño. Bruno de 25 años, guapísimo, pidiéndola en matrimonio. Ella, muy diferente de la mujer de rostro cansado y ojos tristes que era ahora. Siempre había sido muy atractiva, pero la belleza viene con fecha de caducidad y su pérdida se acelera ante la ausencia crónica de alegrías. Recordó también aquel salón de tango en su natal Buenos Aires; donde ambos gustaban de pasar las noches de viernes ebrios de música y vino, para luego rematar en el lecho de casados donde Bruno le había hecho el amor infinidad de veces. Tantos recuerdos. ¿Habían sucedido realmente? ¿Había existido otra vida antes de ese suceso que marcó sus destinos para siempre?

Bruno se había puesto un equipo de esnórquel. Flotaba en medio de agua color turquesa, taladrada aquí y allá por rayos de luz. Vio hermosos peces pintados de arcoíris, otros menos llamativos, pero interesantes, como el banco de pececillos diminutos que lo envolvió de repente. Sus lomos plateados reflejaron la luz del mediodía y le pareció encontrarse en medio del resplandor de algún tesoro perdido. Observó pequeñas rayas que se esforzaban en esconderse en el vientre arenoso del lecho marino para no ser descubiertas. Su esfuerzo era vano pues nada tenían que temer del hombre que en aquel momento deseaba fervientemente dejar de ser carne, piel y huesos para convertirse en escamas, branquias, arena y agua. Dejar de ser Bruno Fernández y convertirse en parte del universo acuático de una vez y para siempre. Se ensimismó tanto que logró que se ausentara el tenaz recuerdo de aquel horrible día, cuando frente a la Plaza de Mayo quedó roto entre las ruedas de un camión que le robó la mitad de su cuerpo y la voluntad de vivir.

Tras un par de horas que a él le parecieron apenas unos cuantos minutos, su exploración se vio interrumpida por los gritos de su mujer que le urgía a acercarse a la orilla. Con pesar braceó hacia la playa hasta tocar el fondo con sus piernas muertas. Con sus brazos, y con movimientos torpes y lastimosos de su cuerpo logró salir. Lejos del cobijo del agua, Bruno fue otra vez, dolorosamente consciente de su condición de parapléjico. Carlota lo esperaba junto con dos desconocidos que amablemente se habían ofrecido a ayudar. Lo subieron a su silla de ruedas y lo trasladaron a la vereda del hotel que los llevaría a su habitación. Carlota no podía verlo, aunque lo intuía: de los ojos de Bruno manaban lágrimas que, como las rayas que viera, se camuflaban con las gotas saladas que chorreaban de su cabeza.

La noche escogida la playa estaba desierta, y ante la ausencia de luna parecía boca de lobo. El aviso de tormenta y mar agitado mantenía a casi todos los huéspedes en sus habitaciones, donde el bramido del mar rompiendo, ahora sí, furiosamente contra la orilla, les llegaba atenuado y podían fantasear con una noche tranquila. Nadie los vio, nadie fue testigo del cumplimiento de ese pacto nacido de horas interminables de desesperanza y cansancio: Ocultos en la cortina de agua que caía del cielo, una mujer empujó trabajosamente a un hombre en silla de ruedas por la playa, y cuando la silla ya no pudo avanzar, el hombre se dejó caer y la mujer lo arrastró con dificultad hacia el agua revuelta. Ambos se dejaron llevar por las olas, iban abrazados, despidiéndose de la vida, buscando el abrigo eterno del mar y el descanso del cuerpo y del alma.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

Si te ha gustado puedes compartirlo. Siéntete libre de comentar, leo y respondo todos los comentarios. Invítame a tu blog.

LA CASA DEL POZO

Mi participación en el concurso de relatos de “El Tintero de Oro“.

celina-albertz-P4SWnHPkVC8-unsplash

LO ÚLTIMO QUE ANA RECORDABA era haber hecho el amor con Adolfo y después ambos se habían quedado dormidos. Ella había caído en un sueño intranquilo que mutó a pesadilla: Se sintió arrastrada violentamente por el piso de la habitación y luego por las escaleras hacia la planta baja. Al terminarse las baldosas frías de la estancia, percibió, debajo de ella, el frescor del césped. Se le reveló el cielo nocturno y notó que solo con un ojo podía ver, el otro estaba cerrado y le dolía. “¡Que alguien me despierte ya!”. Tierra y piedras punzantes empezaron a desgarrarle la espalda, ya de por sí lastimada. Ahora iban sobre el sendero. Se estremeció al pensar en lo que había al final. Mientras era arrastrada, figuras etéreas se asomaban curiosas: un hombre y una mujer fumaban, y sus cuerpos se confundían con el humo de sus cigarrillos. Un perro hecho de niebla ladraba sin producir sonido. Pasó junto a una niña pálida, transparente, que mordisqueaba sin ganas una galleta borrosa. La niña volteó a mirarla. Se acordó de su Ceci, tendrían la misma edad: 4 años. Se sintió levantada en el aire y cesó un poco el sufrimiento. Su cuerpo herido estaba apoyado en el borde del pozo. Entonces lo vio: “¡Adolfo! ¡Amor, despiértame!” Sus miradas se cruzaron y él pareció titubear, pero MI voz en su cabeza insistía “¡Tírala! ¡Hazlo ya!”. Terminó empujándola. Ella se sintió caer al vacío y el agua la envolvió.

LA TARDE EN QUE LLEGARON, el cielo se vistió de luto y lloró presagiando desastres. Los tres jóvenes traspasaron mis rejas exteriores cubiertas de herrumbre y sofocadas por el abrazo apretado de la maleza. Cuando abrieron las puertas de la residencia principal, sentí dolor de entrañas, de buena gana los hubiera vomitado en ese mismo instante. Su presencia solo significaba una cosa: El viejo Adolfo Santillán estaba muerto, y sus hijos Jaime, Juan José y su media hermana -más joven que ellos- Cecilia, habían venido a mirar la herencia.

Las abominables voces llenaban el aire: “¡Pero qué descuidado está todo!”, “¡Claro, el viejo lo tenía abandonado desde hace quince años!”. Entre aquellas voces calculadoras y frías escuché un sollozo disfrazado:

—No me gusta estar aquí, este lugar me da escalofríos —dijo Cecilia.

—¿De qué hablas? —le preguntó Juan José en su característico tono burlón.

—¡Esta es la casa de mis pesadillas! —contestó sobrecogida, recordando las veces que se había despertado envuelta en un sudor frío después de haber soñado conmigo.

Avanzó la tarde y el tiempo empeoró. La lluvia golpeaba mis techos con fuerza y latigazos de luz iluminaban brevemente mi interior a través de los enormes ventanales. Se hizo evidente que no podrían regresar y decidieron pasar la noche entre mis paredes manchadas y apestosas a humedad. Jaime fue a traer del carro un par de linternas y algunas otras prendas de ropa que llevaban. Se acomodaron en una de las habitaciones, extendieron parte de su ropa en el piso y ahí se echaron. No era fácil conciliar el sueño en medio de telarañas, goteras y polvo acumulado de tres lustros.

De improviso, escucharon golpes, primero pensaron que era el edificio que crujía por los cambios de temperatura, pero luego se repitieron, cada vez más fuertes y violentos. Alumbraron con las linternas y Jaime quiso levantarse, pero sintió una embestida en el estómago que le sacó el aire y lo hizo caer: de los viejos estantes, libros y adornos comenzaron a lanzarse con violencia hacia ellos. Entre gritos de terror, se cubrieron la cara con los brazos. Mis paredes crujieron con sonidos de pesadilla y un frío glacial hizo que entrechocaran los dientes. Los tres hermanos se abrazaban entre sí con ojos desorbitados. Las linternas murieron y reinó la oscuridad. Las cosas dejaron de volar, cesaron los golpes y un silencio ominoso les erizó la piel y fue interrumpido por un grito:

—¡Me habla! ¡Me está hablando! —gritó Cecilia.

—¿Quién te habla? —preguntó Juan José con un hilo de voz.

—¡¡La casa!! ¡¡La maldita casa!!

Cecilia lloraba. Insistía en que se fueran y estuvieron a punto de salir corriendo, pero una sucesión de estruendosos relámpagos y el recrudecimiento de la tormenta les disuadieron. Al menos en la habitación ahora todo parecía más tranquilo.

“Cecilia, ven…” MI voz antigua la despertó. “Ven…” Se levantó como autómata y recorrió la casa y luego el sendero sin sentir las piedras y guijarros en sus pies desnudos. Pronto llegó a la orilla del pozo. De la negra boca surgía mi voz que retumbaba en su cabeza. “Ven…” Ella se asomó y su cuerpo se fue doblando peligrosamente… “¡¡Cecilia!! ¡¡Despierta!!” Como una exhalación los brazos y la voz de Jaime, que la había seguido, la rescataron de encontrar la muerte en el regazo del agua.

Una inspección posterior del lugar reveló los huesos de Ana Cárdenas. Una antigua empleada que había desaparecido bajo circunstancias sospechosas. Hoy la osamenta de Ana reposa en el cementerio, no así su espíritu, que al igual que muchos otros, impregnan mis muros y rincones. Ellos y yo somos uno y permaneceremos unidos hasta que yo sea quemada hasta los cimientos. Cuando eso pase, morirá conmigo el misterio de su vida y de su muerte. En cuanto a Cecilia, la pequeña que tuvo que abrigar su orfandad en una casa extraña, ella aún sueña conmigo pues hay pesadillas que duran para siempre.

900 palabras

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

Este relato participa en el concurso convocado por El Tintero de Oro. Si quieres saber más, te invito a que pases por su blog, y además te enterarás de un montón de cosas interesantes sobre Shirley Jackson autora de “La Maldición de Hill House” ¿Qué esperas? https://concursoeltinterodeoro.blogspot.com/2021/04/concurso-de-relatos-xxvi-edicion-la.html#comments

Si te gustó puedes compartirlo, si quieres dejar algún comentario siéntete libre de hacerlo. Los respondo todos.

LA JOSEFINA

Photo by Mikayla Meeker on Pexels.com

Es muy de mañana en el puerto, el sol aún no asoma su despeinada cabeza en el cielo. Comienza la actividad en el bulevar. Las motos que vienen de lejos se oyen como mosquitos desafinados. Los autos rompen en un estruendo molesto al pasar junto a mí. Yo camino rápido, el doctor me ha dicho que es el mejor ejercicio. Me lleno los pulmones del aire tibio y salobre de la costa, es el mismo olor de siempre, pero al pasar “Duncan” el perro negro criollo de Josefina, me llega un efluvio a flores marchitas mezcladas con perfume “Madame Rochas”. El olorcito me desconcierta, mas lo olvido pronto, siento pena por el pobre animal, su dueña murió recientemente, Supongo que está tan acostumbrado a los paseos mañaneros con ella, que no puede todavía “entender” que ella ya no existe. Veo el oscuro trasero alejarse a buen paso, mejor que el que llevaba cuando Josefina aún andaba en este mundo.

La escena se ha repetido diariamente: “Duncan” pasando a mi lado, dejando el mismo olor extraño. Pensamientos con aguijón comienzan a prenderse a mi mente y al pensarlos me da un estremecimiento: pienso que Josefina podría seguir aquí, en el mundo de los vivos, y que la estela olorosa que deja su perro es en realidad el aroma de su fantasma. Le he dicho a Genaro, mi esposo, que sirva de algo y use sus horas de jubilado montando guardia para ver si alguien entra o sale de casa de la difunta. La pobre no tenía familia, vivía sola y tenía por única compañía a “Duncan”; aunque quizás algún pariente se está haciendo cargo de él ahora que ella ya no está.

Mi viejo se lo toma muy en serio, y en el techo de nuestra vivienda monta un telescopio dirigido a la casa de Josefina, ubicada al otro lado de la calle. Al cabo de una semana tengo un informe detallado: El único ser vivo que entra y sale ha sido el perro, quien no sufre de hambre pues todas las mañanas amanecen sus platos de alimento a tope con croquetas y agua. El reporte de Genaro incluye la observación de que el jardín exterior se está muriendo, pero el interior esta como siempre: verde y hermoso, las flores de Josefina mejor que nunca. Nota al pie: no hay señal de los desperdicios del perro. O él mismo ha aprendido a recogerlos, servirse alimento y regar las plantas o … Josefina sigue entre nosotros.

Hoy me he armado de valor: Ahí viene “Duncan” y…. Josefina. Me apuro para que el perro no me deje atrás y comienzo a balbucear como loca: “Jose… Jose… Espera….cuéntame…¿Qué se siente estar difunta? ¿Duele morir? Noto que ahora estás más ligera, vas más rápido, ahora vas a paso de liebre y no de tortuga. ¡Cuéntame! ¡Dime qué hiciste! el Genaro y yo quisiéramos seguir por acá después de muertos ¿Es posible? ¿Hay otros como tú? Dime, anda no seas mala…”

Casi me desmayo al ver a “Duncan” acortar su zancada hasta pararse por completo, me lanza una mirada inteligente con sus ojitos cafés y entonces percibo que “algo” me envuelve, el olor a flores marchitas y a perfume antiguo me rodean. Creo que estoy inmersa en el fantasma de Josefina: Siento frío, nostalgia, siento ausencia de carne y sangre. Dura muy poco, de pronto “Duncan” ha reanundado su paseo. Josefina me ha susurrado el misterio de la vida y de la muerte, pero yo no entendí. No hablo el lenguaje de los fantasmas.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

Si te gustó puedes compartirlo. Siéntete libre de comentar y muchas gracias por tu visita.

EL VICIO

“Esto se ha vuelto un vicio, un maldito vicio” —pensó Manuel mientras se dirigía al trabajo. Trabajaba como guardia en una galería de arte. Siempre había trabajado en el ramo de la Seguridad, salvaguardando los bienes de otros, mientras a él le robaban todo, hasta a su mujer. “Malditos turnos nocturnos, pinche vieja calenturienta”.

Ya no pensaba en sexo, hacía tiempo que su miembro era tan solo un apéndice fofo y casi sin vida, sin más oficio que el de soltar el chorro tibio de orina diaria, y aunque sabía que ahora existían medicinas que podían ayudarle, desconfiaba. Afortunadamente había algo que lo traía loco, su nuevo “vicio”, como él lo llamaba.

Sucedió una noche mientras él daba un rondín. Al entrar en una sala sintió un frío tremendo que lo hizo respingar. Maldijo a José, el chico encargado del climatizado, pensando que había dejado muy baja la temperatura de esa sala en particular. Cambió de opinión cuando algo helado le golpeó en la cara, “¿Nieve? ¡Qué locura!”. Partículas heladas golpeaban su rostro como si estuviera en medio de una ventisca. Se dio cuenta de que el frío provenía de una pintura, alumbró con la linterna y leyó “Paisaje Alpino”, autor: Max Besnard. Sintió una mezcla de miedo y curiosidad que lo hizo acercarse. De repente tuvo la sensación que el cuadro cambiaba de tamaño, se agrandaba, aunque en realidad era él quien se encogía. Se sintió caer al vacío, reaccionó y alcanzó a duras penas a asirse del marco de la pintura.

Logró sentarse a horcajadas sobre él, con una pierna en el “Paisaje Alpino” y la otra colgando sobre el marco, hacia la galería. Si se estiraba podía tocar la nieve, incluso hubiera podido entrar de lleno al cuadro, perderse en él, caminar en medio de aquella helada blancura y entrar en aquella casita típica que Besnard había pintado a lo lejos “¿Quién viviría ahí?”, tal vez tendrían café calentito ¡vaya que lo necesitaba! El frío le calaba los huesos. Aunque estaba maravillado, ahora se preocupaba por regresar. Intentar saltar desde el marco al piso era un suicidio, cerró los ojos tratando de pensar y de repente ya no estaba en el cuadro, sino de pie, con su estatura normal, empuñando su linterna a la pintura; ni rastros de frío o nieve, parecía que nada hubiera sucedido. Completamente desconcertado, se cuestionó: “¿Qué rayos había sido eso? ¿Una alucinación?”. Mientras terminaba su turno se repetía a sí mismo que todo debió ser una mala jugada de la mente, sin embargo cuando llegó a casa, vio su reflejo en el espejo, tenía la cara bastante lastimada por el frío, especialmente la nariz, tanto que al tocarla le dolía, además empezó a sentir los primeros síntomas de una gripe.

“Lo peor de vivir solo es cuando te enfermas y no hay quien se preocupe de que estés cobijado, o de que tengas suficiente medicina” —pensaba Manuel mientras guardaba cama. La dichosa gripe resultó ser bastante fuerte y lo obligó a faltar al trabajo. “Ni una llamada de nadie, ni siquiera un perro que me ladre, ni un caldo de pollo… Nada”. Tal vez si hubiera tenido hijos ahora no estaría tan solo, pero nunca fue niñero y en su juventud la idea de tener hijos le daba escalofríos.

A los dos días ya estaba de vuelta en el trabajo y recorrió el local una y otra vez deteniéndose más de lo normal en la sala donde se exhibía el “Paisaje Alpino”. Tenía la esperanza de repetir lo vivido días atrás, sin éxito. Tuvo más suerte otra noche, justo cuando ya se daba por vencido. Esta vez escuchó sonidos extraños: choques metálicos mezclados con gritos de hombres y bestias, aguzó el oído pues la fuente del ruido al parecer quedaba lejos de donde él se encontraba. Una mezcla explosiva de temor y curiosidad lo impulsó a caminar hasta una sala temática de “Grandes Batallas” y descubrió un lienzo titulado “Conquista de Jerusalén” de un tal Max Adler. Se quedó petrificado viendo cómo la imagen pintada en el cuadro cobraba vida, era una batalla entre fieros Caballeros Cruzados e indómitos Musulmanes. Tuvo miedo, pues la escena era terrible y brutal, corría sangre por doquier, tanta, que pudo oler el típico olor dulzón y sintió en la boca el sabor a hierro de aquella sangre derramada. A pesar de que la obra irradiaba un calor sofocante, tuvo frío tan sólo de imaginarse en medio de aquel campo de muerte. Experimentó nuevamente aquella sensación de que el cuadro se agrandaba, tal y como había pasado con el anterior, más en esta ocasión, al no desear meterse, logró evitarlo. El ruido cesó y el cuadro volvió a la normalidad. Suspiró aliviado.

Los días pasaron, y tuvo oportunidad de vivir cosas parecidas con otras obras. Logró controlar a voluntad el entrar o no en ellas. Eran mundos alternos que se abrían y se le ofrecían. Él decidía si quería ser parte de ellos. En una ocasión se asomó a un viñedo francés en época de vendimia y comió el dulce fruto hasta hartarse. En otra caminó entre Molinos de Viento en tierras Manchegas siguiendo el rastro de Don Quijote y Sancho Panza. También vio un naufragio desde una playa solitaria, el pintor no los había incluido, pero él divisó muchos cadáveres flotando en el agua cual pálidos fantasmas. Su favorito sin embargo, era la pintura de un galeón pirata en medio de un mar tempestuoso. Disfrutaba mucho sentarse en el marco y mirar las olas pasar tan cerca de él que lo salpicaban de agua salada. A menudo podía observar las sombras de enormes animales marinos que nadaban cerca del gran barco. De la nave le llegaba, atenuada por el rumor del mar, una fiera melodía que los piratas cantaban al calor del vino. Llegó a aprendérsela y a tararearla, desde la seguridad del marco.

Estas vivencias resultaron ser lo más gratificante que había sentido en mucho tiempo, y dependía de ellas tanto, que las consideraba tan necesarias como el aire. Así que el día que le dijeron que lo iban a despedir creyó enloquecer.
—Usted no es el mismo de antes, —dijo Mr. Carter, el dueño: un gringo adinerado, medio loco que poco sabía de arte. Mire Manuel, el personal de la mañana ha encontrado algunas puertas abiertas, alarmas desactivadas, ropa y artículos extraños tirados en las salas. ¿Qué diablos hacía un remo a mitad de la sala de “Cubismo”? Usted ha descuidado su trabajo así que el viernes será su último día, mi asistente le entregará el cheque con la liquidación
que le corresponda.

Aquella noche, en la soledad de su departamento, abrió una caja con cosas de su exmujer. Artículos que él debió haberle enviado hacía tiempo y nunca lo hizo, primero por rencor, luego por desidia. La caja contenía fotografías, ropa, libros y cuadros, desempacó con desesperación estos últimos. Encontró una acuarela de una naturaleza muerta, un óleo de la crucifixión de Cristo y una Última Cena. No se imaginaba entrando a ninguno de ellos. Recordó con nostalgia la canción de los piratas y lloró. Se sintió mejor después del llanto y pudo pensar con claridad, él tenía que conservar su trabajo, debía demostrarle a Mr. Carter que él era indispensable. Aún le quedaban algunos días y no todo estaba perdido.

El miércoles por la noche daba el rondín acostumbrado. “Concéntrate Manuel, no te distraigas… No dejes que ningún cuadro te llame la atención, al menos no durante un tiempo… ¡Concéntrate! ¿Pero… Qué diablos fue eso?” Había visto una sombra escabulléndose. ¡Alguien estaba dentro de la galería! Sintió el corazón acelerarse ¡Era su oportunidad! Si era un robo sería perfecto, él atraparía al ladrón y conservaría el trabajo. Apagó la linterna y con sigilo fue recorriendo pasillos. El denso silencio lo rompió el aullido de una alarma. Escuchó ruidos y se dirigió a la sala donde se exhibía su amado cuadro de piratas, al alumbrar con su lámpara se dio cuenta de que el cuadro ya no estaba. Su corazón se desbocó y como un poseído salió gritando: —¡Ladrón! ¡Devuélveme mi cuadro! ¡Desgraciado! El frío de la noche lo sorprendió, se encontraba afuera de la galería, a lo lejos se escuchaban sirenas. Se sintió muy confundido, como despertando de un sueño. Entró en un callejón y alumbró el duro bulto que sentía bajo el brazo. ¡Era el cuadro de los piratas! Con una navaja suiza que siempre llevaba consigo retiró con cuidado el marco de madera y enrolló el lienzo que escondió entre su ropa. Ya no regresó al trabajo ni a su casa y nadie nunca supo de él.

El cuadro cuelga hoy en la sala de una familia cualquiera, el padre lo compró en un bazar de cosas usadas. Si alguien fuera lo suficientemente observador, vería algunas veces algo de movimiento en él. Y si esa persona pudiera hacerse pequeña tal vez podría nadar hacia el galeón y subir a la nave. Observaría entonces a aquellos hombres rudos, ebrios de vino cantando sus aventuras. Tal vez le llamaría la atención un pirata nuevo, sin mucha pinta de pirata pero con todo el entusiasmo, alzando su copa y cantando junto a todos los demás.

AUTOR: Ana Laura Piera / Tigrilla

Si te ha gustado compártelo, si ves algún error por favor indícamelo. Cualquier comentario es bien recibido. ¡Gracias por leer!

LA PESTE

Cuentos cortos a partir de una foto

foto tomada en Nepal, autor desconocido.

Cuando salí de la escuela el abuelo me esperaba. “Julián, el pueblo se echó a perder, se pudrió”.

Pensé que la locura senil se había apoderado al fin de él, pero mientras caminábamos lo pude percibir, un olor a podrido saliendo de las casas, edificios, de todas partes. La gente se cubría boca y nariz para que sus almas no respirasen el hedor, pero era tarde porque la podredumbre emanaba de ellos también.

El abuelo me dijo: “Te mostraré algo” y subimos al Cerro de la Cruz. Desde la cima vi una fila de vehículos de todo tipo, una víbora ponzoñosa alejándose del pueblo.

—¿A dónde van abuelo?

—A llevarse la peste a otro lado, quizás haya aún una esperanza para nosotros.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

Cuento publicado originalmente en 2005
Participante de un concurso de BBC Mundo, Cuentos Cortos a partir de una foto / Escogido entre los 10 mejores. (link abajo)

http://news.bbc.co.uk/hi/spanish/forums/espacio_del_lector/newsid_4339000/4339767.stm

Definitivamente es una antigüedad y sin embargo en el contexto que vivimos lo encuentro actual. Muchas personas acaban con el alma podrida antes que el cuerpo, esa sería una primera lectura y una segunda sería en el contexto pandémico que vivimos y que esperamos pase. (Ojalá fuera tan sencillo como en el cuento).

¡Gracias por pasar y leer!