La traición por Ana Laura Piera — MasticadoresMéxico

Imagen tomada de Unsplash     En algún lugar lo había leído, o acaso fue el tema de una película, o tal vez un videojuego que jugó en casa de algún amigo; como haya sido, el caso es que la idea le retumbaba en el cerebro desde entonces. Era una idea loca, sucia, imposible, pero […]

La traición por Ana Laura Piera — MasticadoresMéxico

SER PARTE DE UN CUENTO

“Meta-cuento”

Photo by Krizjohn Rosales on Pexels.com

Llegando a casa vio con desmayo una fila inquieta de seres fantásticos que querían entrar y hablar con ella. En cuanto la vieron se armó un barullo, y la ya de por sí desordenada fila comenzó a perder aún más la compostura: hubo codazos, mordiscos, arañazos y gritos. Todos querían entrar y ser atendidos. Ella los calmó con palabras suaves y prometió que hablaría con todos. Entró y cerró la puerta. Corrió a servirse un tequila que se tomó de un jalón y luego se dirigió al despacho, donde se dejó caer pesadamente en su sillón. Pidió a su ayudante que fuera dejando entrar, uno por uno, a los que esperaban afuera.


Un enorme perro de ojos rojos fue el primero. Era enorme y más que perro parecía un lobo. Se quedó un rato en el dintel de la puerta, con el negrísimo pelo erizado y enseñando sus temibles colmillosTenía una mirada aguda que revelaba una inteligencia superior. Se acercó cauteloso a una de las sillas y entonces sufrió una dramática transformación: en un parpadeo el perrazo se había convertido en un hombre de rasgos indígenas, tez del color del cobre y la misma mirada aguda y penetrante. 


—Estoy muy molesto —dijo en voz baja pero firme, mientras tomaba asiento.  
La aprendiz de escritora pensó en lo bien que le vendría otro tequila, pero mejor comenzó a prestar atención a lo que decía el hombre.
—Estoy frustrado con mi vida y tú eres la causante, me siento enfermo de no poder cumplir mi deseo y hacer mía a esa mujer.
Ana recordaba el relato surgido de su pluma: el “nahual”(*) se transformaba todas las noches en un perro y escabulléndose entre las sombras, entraba en la habitación de la joven que él deseaba.
—Sí, recuerdo tu cuento.
—Podías haber omitido el detalle del romero y las tijeras que la madre de esa chica deja todas las noches bajo su lecho; de esa forma yo ya la hubiera hecho mía. Ahora estoy condenado por siempre a llegar tan cerca sin poder hacer nada. Te viste muy cruel.
Ella recordaba aquel detalle: el romero y las tijeras en cruz impedían al “nahual” acercarse al objeto de su deseo.
—Te prometo pensar en eso. Si lo reescribo, te dejaré el camino libre.
—Espero que no me estés dando falsas esperanzas —dijo el “nahual”, levantándose de la silla y regresando en un parpadeo a su forma perruna. Antes de irse le dirigió un gruñido amenazador.


Suspiró aliviada. ¿Quién seguiría ahora? 
Entró un hombre bien parecido, pero con mirada de loco —¿Los has visto? —Preguntó. Ella le miró con extrañeza —Si, mis dedos… No los encuentro… Estaban conmigo allá afuera y de repente se soltaron de mí. Los vi entrar a tu casa.
Ana recordó al hombre: era el protagonista de un relato extraño, en donde el pobre se desarmaba a diario como un rompecabezas, y tenía que estar buscando sus partes perdidas. Sintió pena por él, en verdad lo había condenado a un destino demasiado triste.
El hombre le enseñó las manos.  En cada una había cinco huecos rosados en el lugar donde debían estar los dedos.
—Mi asistente te ayudará a encontrarlos.
—Es terrible ¿Por qué me obligaste a vivir en un relato donde a diario amanezco roto? Me siento muy desdichado.
—Te entiendo, de verdad… —Ana sentía mucha pena por él y no sabía ni qué decir para consolarlo.
—No lo creo —continuó el hombre—, no sabes lo que es amanecer sin oídos, o sin piernas, tener que andar buscando en la basura tus dedos o correr por toda la casa tratando de alcanzar un brazo o un ojo. Para colmo, escribiste que mi novia me dejaba.
—Escucha, no prometo nada, pero veré que puedo hacer por ti —dijo su creadora.
—Iré ahora a buscar mis dedos —dijo él, enfadado, y
frente a la puerta usó uno de sus codos para abrirla, y para cerrarla usó sus pies cerrándola con violencia y haciendo un ruido tan fuerte que Ana saltó en su silla.


El asistente ya estaba haciendo pasar al siguiente de la fila, pero Ana le hizo ademán de que esperara un poco. Se sentía abrumada, era como una madre oyendo los reclamos de sus hijos ¿No habría nadie afuera que estuviera un poquito agradecido con ella? Después de todo, les había dado la vida. Los había parido uno por uno y en cada parto había dejado un trozo de ella misma. Se asomó por la ventana y dio instrucciones a su asistente, éste hizo pasar a una mujer de aspecto frágil aunque aún no era su turno. El descontento en la fila se hizo sentir y el pobre ayudante tuvo que salir a calmarlos como pudo.


Esta vez la aprendiz de escritora tomó la iniciativa: —¿Eres la Mujer Pájaro verdad? Ella asintió y al mismo tiempo se volteó para mostrarle la espalda, de donde se asomaban, por unas aberturas de su blusa, un par de alas blancas, pequeñas, pero muy hermosas.
—¡Qué lindas! —dijo Ana—,cualquiera desearía tener unas alas así y volar por los cielos; debes de haber visto cosas increíbles.
La Mujer Pájaro esbozó una media sonrisa y luego preguntó —¿Recuerdas el final del relato?
Ana recordaba no solo el final, sino todo el relato, pues era uno de sus favoritos: La mujer era un ama de casa común y corriente y un día perdía su voz humana y empezaba a piar como los pájaros. Le daban ganas de comer comida de aves y le crecían alas. Su familia no la pudo comprender y la hizo a un lado. Una noche, la mujer salió de casa y se fue a un cerro muy alto que miraba hacia el océano. Sus alas parecían estar ansiosas por volar y tras desnudarse se colocó a la orilla del precipicio. Al recordar el final, Ana se estremeció —¿Saltaste? La Mujer Pájaro la miró molesta —No escribiste si salté o no, simplemente me dejaste ahí a la orilla del abismo. Y ahí sigo, me quedé como en suspenso.
—Yo siempre imaginé que habías saltado y volado.
—Pero no lo escribiste, y si no está escrito, no pasó —dijo la mujer alada mirando a Ana con intensidad.
—Lo haré, escribiré que tuviste el vuelo más glorioso de todos.
—Una cosa más ¿Podrías escribir acerca de un hombre pájaro bien parecido? Me hace falta compañía.
—Claro, lo que tú digas.


La mujer se fue bastante satisfecha, pero Ana se sentía desgraciada. De repente sintió deseos de no ver a nadie más: Aún faltaban varios fantasmas, un mago, una puta y su asesino, unos hermanos incestuosos etc. No, en verdad que no tenía ánimo para más reclamos. “Soy una aprendiz de escritora muy mediocre”, pensó. De repente escuchó una voz omnipresente que dijo: —Lo siento, estoy trabajando en otro final para tu historia, no te desanimes. Ahí supo que ella era también, el personaje de algún cuento.


Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

Puedes leer los relatos mencionados en este cuento, te dejo los links:

https://tigrillasblog.wordpress.com/2020/10/11/nahual-enamorado/

https://tigrillasblog.wordpress.com/2021/01/07/rompecabezas/

https://tigrillasblog.wordpress.com/2020/12/06/la-mujer-pajaro/

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(*) Nahual, (en náhuatl: nahualli, ‘oculto, escondido, disfraz’dentro de las creencias mesoamericanas, es una especie de brujo o ser sobrenatural que tiene la capacidad de tomar forma animal. El término refiere tanto a la persona que tiene esa capacidad como al animal mismo que hace las veces de su alter ego o animal tutelar.