LA CASA DEL POZO

Mi participación en el concurso de relatos de “El Tintero de Oro“.

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LO ÚLTIMO QUE ANA RECORDABA era haber hecho el amor con Adolfo y después ambos se habían quedado dormidos. Ella había caído en un sueño intranquilo que mutó a pesadilla: Se sintió arrastrada violentamente por el piso de la habitación y luego por las escaleras hacia la planta baja. Al terminarse las baldosas frías de la estancia, percibió, debajo de ella, el frescor del césped. Se le reveló el cielo nocturno y notó que solo con un ojo podía ver, el otro estaba cerrado y le dolía. “¡Que alguien me despierte ya!”. Tierra y piedras punzantes empezaron a desgarrarle la espalda, ya de por sí lastimada. Ahora iban sobre el sendero. Se estremeció al pensar en lo que había al final. Mientras era arrastrada, figuras etéreas se asomaban curiosas: un hombre y una mujer fumaban, y sus cuerpos se confundían con el humo de sus cigarrillos. Un perro hecho de niebla ladraba sin producir sonido. Pasó junto a una niña pálida, transparente, que mordisqueaba sin ganas una galleta borrosa. La niña volteó a mirarla. Se acordó de su Ceci, tendrían la misma edad: 4 años. Se sintió levantada en el aire y cesó un poco el sufrimiento. Su cuerpo herido estaba apoyado en el borde del pozo. Entonces lo vio: “¡Adolfo! ¡Amor, despiértame!” Sus miradas se cruzaron y él pareció titubear, pero MI voz en su cabeza insistía “¡Tírala! ¡Hazlo ya!”. Terminó empujándola. Ella se sintió caer al vacío y el agua la envolvió.

LA TARDE EN QUE LLEGARON, el cielo se vistió de luto y lloró presagiando desastres. Los tres jóvenes traspasaron mis rejas exteriores cubiertas de herrumbre y sofocadas por el abrazo apretado de la maleza. Cuando abrieron las puertas de la residencia principal, sentí dolor de entrañas, de buena gana los hubiera vomitado en ese mismo instante. Su presencia solo significaba una cosa: El viejo Adolfo Santillán estaba muerto, y sus hijos Jaime, Juan José y su media hermana -más joven que ellos- Cecilia, habían venido a mirar la herencia.

Las abominables voces llenaban el aire: “¡Pero qué descuidado está todo!”, “¡Claro, el viejo lo tenía abandonado desde hace quince años!”. Entre aquellas voces calculadoras y frías escuché un sollozo disfrazado:

—No me gusta estar aquí, este lugar me da escalofríos —dijo Cecilia.

—¿De qué hablas? —le preguntó Juan José en su característico tono burlón.

—¡Esta es la casa de mis pesadillas! —contestó sobrecogida, recordando las veces que se había despertado envuelta en un sudor frío después de haber soñado conmigo.

Avanzó la tarde y el tiempo empeoró. La lluvia golpeaba mis techos con fuerza y latigazos de luz iluminaban brevemente mi interior a través de los enormes ventanales. Se hizo evidente que no podrían regresar y decidieron pasar la noche entre mis paredes manchadas y apestosas a humedad. Jaime fue a traer del carro un par de linternas y algunas otras prendas de ropa que llevaban. Se acomodaron en una de las habitaciones, extendieron parte de su ropa en el piso y ahí se echaron. No era fácil conciliar el sueño en medio de telarañas, goteras y polvo acumulado de tres lustros.

De improviso, escucharon golpes, primero pensaron que era el edificio que crujía por los cambios de temperatura, pero luego se repitieron, cada vez más fuertes y violentos. Alumbraron con las linternas y Jaime quiso levantarse, pero sintió una embestida en el estómago que le sacó el aire y lo hizo caer: de los viejos estantes, libros y adornos comenzaron a lanzarse con violencia hacia ellos. Entre gritos de terror, se cubrieron la cara con los brazos. Mis paredes crujieron con sonidos de pesadilla y un frío glacial hizo que entrechocaran los dientes. Los tres hermanos se abrazaban entre sí con ojos desorbitados. Las linternas murieron y reinó la oscuridad. Las cosas dejaron de volar, cesaron los golpes y un silencio ominoso les erizó la piel y fue interrumpido por un grito:

—¡Me habla! ¡Me está hablando! —gritó Cecilia.

—¿Quién te habla? —preguntó Juan José con un hilo de voz.

—¡¡La casa!! ¡¡La maldita casa!!

Cecilia lloraba. Insistía en que se fueran y estuvieron a punto de salir corriendo, pero una sucesión de estruendosos relámpagos y el recrudecimiento de la tormenta les disuadieron. Al menos en la habitación ahora todo parecía más tranquilo.

“Cecilia, ven…” MI voz antigua la despertó. “Ven…” Se levantó como autómata y recorrió la casa y luego el sendero sin sentir las piedras y guijarros en sus pies desnudos. Pronto llegó a la orilla del pozo. De la negra boca surgía mi voz que retumbaba en su cabeza. “Ven…” Ella se asomó y su cuerpo se fue doblando peligrosamente… “¡¡Cecilia!! ¡¡Despierta!!” Como una exhalación los brazos y la voz de Jaime, que la había seguido, la rescataron de encontrar la muerte en el regazo del agua.

Una inspección posterior del lugar reveló los huesos de Ana Cárdenas. Una antigua empleada que había desaparecido bajo circunstancias sospechosas. Hoy la osamenta de Ana reposa en el cementerio, no así su espíritu, que al igual que muchos otros, impregnan mis muros y rincones. Ellos y yo somos uno y permaneceremos unidos hasta que yo sea quemada hasta los cimientos. Cuando eso pase, morirá conmigo el misterio de su vida y de su muerte. En cuanto a Cecilia, la pequeña que tuvo que abrigar su orfandad en una casa extraña, ella aún sueña conmigo pues hay pesadillas que duran para siempre.

900 palabras

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

Este relato participa en el concurso convocado por El Tintero de Oro. Si quieres saber más, te invito a que pases por su blog, y además te enterarás de un montón de cosas interesantes sobre Shirley Jackson autora de “La Maldición de Hill House” ¿Qué esperas? https://concursoeltinterodeoro.blogspot.com/2021/04/concurso-de-relatos-xxvi-edicion-la.html#comments

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AMOR PROHIBIDO

Sommarnöjen, Anders Zorn imagen de Wikipedia

Nada en ellos parecía fuera de lo común. Nada en su forma de actuar, vestir o moverse hubiera podido indicar que en el fondo de la vieja lancha, se encontraba un cuerpo humano; tibio aún por habérsele escapado la vida hacía poco tiempo. El cielo enrojecido anunciaba la agonía del sol. Albert aprovecharía la noche para deshacerse del cadáver en medio del inmenso lago.

Todos en el pequeño pueblo de San Andreu sabían que eran hermanos y que de cuando en cuando Albert visitaba a Caterina, quien vivía con su esposo Bernat; un hombre mayor que ella por veinte años.

Caterina se inclina un poco para echar un último vistazo al cuerpo de su marido, ahora parcialmente tapado con una lona. Se siente extraña ahora que sabe que él no estará con ella. Observa a Albert y por un instante no es el hombre de treinta y dos años, sino el niño de once, asustado por haber hecho algo malo, muy malo. Desde el pequeño embarcadero, ella le avienta mil promesas en una mirada para tranquilizarlo.

Albert se aleja remando despacio, mientras recrea en su mente lo sucedido: Su hermana, a quien nunca le ha podido negar nada, pidiéndole por fin matar a Bernat. El cuerpo de su cuñado contorsionándose, pataleando, luchando. Albert tapándole boca y naríz con una de sus manos de gigante y con el otro brazo apretándolo con fuerza para que no eludiera su destino. Por fin sobrevino la laxitud del cuerpo y pensó que era como si su cuñado estuviera plácidamente dormido y no muerto.

Mientras rema, un pensamiento aleja los malos recuerdos. La semana siguiente podrá regresar a San Andreu y volverá a meterse en la cama tibia de su hermana como lo han hecho desde siempre. No tendrán que esconderse o emborrachar a Bernat hasta dejarlo inconsciente. Ahora podrán vivir su amor prohibido sin prisas; mientras el hombre flota como un fantasma submarino, desgarrado el cuerpo y olvidado para siempre en la oscuridad.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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FRENTE A LA PUERTA

Todos tenemos un secreto oscuro y una añoranza. ¿Te arriesgarías a perderlo todo por acercarte? Cuento corto original.

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Hacìa años que no iba por esos rumbos,  que no se paraba frente a aquella puerta, tan temida, tan añorada. Pasa lentamente  sus dedos por la fría herrerìa que protege los secretos de aquella propiedad y por la gruesa cadena que impide el paso. Un letrero en una esquina anuncia que la casa està en venta. Es un anuncio viejo pues la casa tiene mala fama y nadie la quiere. Se dice que el hijo de los dueños, estando muy drogado, los matò con saña para escapar luego con rumbo desconocido.

De repente unos gritos cortan el aire y se da cuenta que este momento de debilidad puede salirle caro. Los gritos no cesan; cada vez mas cerca, cada vez mas fuerte: “¡Atràpenlo! ¡ahì està el asesino!”

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla.

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CLAROSCURO

Cuento corto, original.

Photo by Burst on Pexels.com

Josè Luis se acercò cauteloso, como si en vez de aproximarse a una pintura lo estuviera haciendo a un animal salvaje. En un lienzo de tamaño mediano, Juliana habìa pintado la figura erguida de un hombre robusto; tapizando casi por completo el cuerpo, se podìan ver decenas de cuadritos, negros, grises y blancos intercalados unos con otros.  De una esquina nuevos cuadritos parecìan venir de la nada para terminar de cubrirlo.

-¿Què te parece?- se sobresaltò un poco mientras la suave pero inesperada voz de Juliana se deslizaba en su oìdo; no la habìa sentido llegar.

-Interesante…¿còmo lo titularàs?

-Claroscuro, dijo ella.


Josè Luis se quedò mirando al hombre, era evidente que los cuadritos representaban los ladrillos invisibles de que se conforma nuestra personalidad. Los blancos y luminosos serìan los sentimientos màs puros, aquellos capaces de dar a luz obras de caridad excepcionales o en algunos casos actos heroicos. Pensò en Miguel, el hijo de la cocinera, a quièn Juliana pagaba estudios, ropa y medicinas. Recordò cuando èl mismo habìa sido testigo de còmo un carro arrollaba a un indigente y se daba a la fuga. El se habìa quedado para llamar a una ambulancia y asegurarse que el herido recibiera atenciòn mèdica. Los grises eran aquellos sentimientos manchados con gotitas de egoìsmo o de otras cosas no muy limpias, como cuando ambos se ofrecìan a sacar a pasear al abuelo enfermo y cascarrabias de Juliana; sabedores que hacìan mèritos para el momento en que el viejo hiciera su testamento. Los negros representarìan lo peor que puede guardar un ser humano dentro de sì mismo. Sintiò un escalofrìo, eran tan negros como una noche sin luna.


La puñalada por la espalda fue tan certera que Josè Luis se derrumbò casi al instante, Juliana lo sostuvo para que no cayera violentamente y luego ya en el suelo, mesò sus cabellos y acariciò su frente hasta que el cuerpo dejò de hacer ruidos extraños. Acto seguido fuè por un pincel y añadiò una gotita de sangre a cada cuadro negro y siguiò pintando.

Autor: Ana Laura Piera (Tigrilla)

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ARREPENTIMIENTO

Cuento corto, original.

Photo by Daniel Reche on Pexels.com

Ejercicio literario con palabras obligatorias:
EQUIVOCACION, MERECIDO, ORDENADO, LAGRIMA, BESO

La rojìsima sangre ya habìa empapado la alfombra. El seguìa pensando que todo estaba bien, que ella se lo tenìa bien MERECIDO. Siguiò observàndola y la ausencia de respiraciòn, que ya no subìa y bajaba sus pechos rotos, lo sumiò en la oscuridad. Su sentir cambiò como el viento y pensò que todo habia sido una EQUIVOCACION. Una LAGRIMA de arrepentimiento rodò de su cara hacia aquella boca abierta, congelada para siempre en una mueca de horror. El se acercò y le dio un tierno BESO. Luego, como era muy ORDENADO, se puso a juntar los pedazos, tenìa la esperanza que al completar el rompecabezas ella volverìa a vivir. 

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

dejo: GATA, MALGASTAR, CINTURA, PUERTO, PESCAR

HISTORIA DE UN DISFRAZ

Cuento corto, original

Desafìo: Hacer un cuento corto con las siguientes palabras obligatorias: curtiembre, fèlido, orujo, vivìparo, xilòfago

Resultò difìcil llevarla hasta su CURTIEMBRE. Era enorme,
precisamente por eso la habìa escogido, la abundancia de piel le
garantizaba que tal vez, sòlo tal vez, no tendrìa que matar
de nuevo. Ella se habìa resistido como un FELIDO pero èl
habìa decidido que no tendrìa futuro. La chica
exhalò su ùltimo suspiro entre sus brazos. Con un movimiento
brusco la aventò como un fardo sobre su mesa de trabajo. Un rastro
de sangre lo precedìa pero eso a èl no le importaba.
Tomò un trago de ORUJO mientras visualizaba con placer la obra
que pronto quedarìa terminada: Una piel de mujer para èl. Para portar sobre su piel de hombre, para sentirse por fuera como se sentìa por dentro. Sin embargo, los XILOFAGOS que roìan desde hacìa años su taller tendrìan la ùltima palabra: con el techo y paredes de madera colapsàndose sobre èl, desaparecìan tambièn sus sueños. Vìctimas y victimario acabarìan siendo alimento de los VIVIPAROS del bosque.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

debo añadir que no fuè facil, hay palabras que no se prestan para un cuento de palabras obligatorias. Obvio mi inspiraciòn està en la pelìcula de Hannibal Lecter, hay por ahì un personaje secundario que me inspirò. Dejo un pequeño diccionario de las mismas:

diccionario:

curtiembre: curtidurìa donde se trabajan pieles
fèlido: animales como el leòn, gato
orujo: hollejo de uva, residuo de la aceituna, aguardiente
vivìparo: animal cuya hembra pare hijos en la fase de fetos bien desarrollados (mamiferos)
xilofago: insectos que roen la madera