PÁLIDO REFLEJO

Caminando, haciendo unas compras, vi mi reflejo en una vidriera. No pude evitar tomar una foto. Esto no pretende ser una reflexión triste, de alguna forma nos hemos “adaptado” a todo esto que hemos vivido. ¿Se extraña nuestras vidas de antes? Pues si, pero aún dentro de estos tiempos difíciles hay momentos buenos. Valorémoslos. Sobre todo apreciemos lo que verdaderamente importa, creo que es una de las enseñanzas de esta pandemia. Aprovecho para agradecer sus visitas a mi rincón de la blogósfera. ¡Gracias!

Foto tomada por Ana Laura Piera

EN LA DISTANCIA

cuento corto, original.

Photo by Ketut Subiyanto on Pexels.com

Era una noche cálida como lo son casi todas las noches caribeñas. Como era su costumbre, la ventana de su habitación estaba abierta dejando entrar el frescor nocturno. Una luna llena y plena inundaba de luz  blanquecina la habitación. Hacía mucho que no gozaba de un sueño profundo, aquella noche no era la excepción,  sus párpados se cerraban pero ni su mente ni su cuerpo descansaban, se encontraban inmersos en el dulce dolor de la añoranza. En medio del duermevela, la despertó una tenue caricia sobre sus  dedos. No le dió importancia, siguió tratando de dormir y vagamente pensó había sido el roce de sus sábanas tibias, pero otro contacto, esta vez mas prolongado sobre su mano, acabó por hacerla abrir sus ojos sobresaltada. No había duda, alguien acariciaba su mano y quienquiera que fuera se encontraba compartiendo su cama y estaba parcialmente oculto por las cobijas. Sintió la mordida del miedo en su corazón pero otro roce delicado sobre su mano extrañamente la tranquilizó. Luego escuchó que la llamaban en una voz muy baja, casi imperceptible: “Tahnne, Tahnne”.

Todo su ser vibró al reconocer aquella voz, era ¡Ameyú!, pero…¡eso era imposible!,  Ameyú estaba a miles de kilómetros, en otro país, en otro continente. “debo estar soñando” -se dijo-.  Decidió abandonarse a ese sueño, a esa caricia en su mano que la sentía como un regalo,como un consuelo. Rogó porque el sueño no acabara. En ese momento el cuerpo que descansaba a su lado cambió de posición y con ello quedó al descubierto el rostro de Ameyú, que tenía los ojos cerrados y musitaba en una especie de delirio:
– “Tahnne, mi Tahnne”.
-“Ameyú, soy yo, Tahnne”
-“¿Tahnne ¡Tahnne!”

Los ojos marrones de Ameyú se abrieron y para Tahnne fue como ver el sol en el amanecer.

Ameyú pasó su mano por el rostro de ella, al modo que hacen los ciegos, tanteando torpemente, como queriendo asegurarse de que aquella cara en verdad era la de Tahnne.  Reconoció cada centímetro de aquel rostro amado, la suave frente, la delicada naríz, la curvatura de sus labios, los hoyuelos en sus mejillas que aparecían en los momentos en que Tahnne sonreía felíz.

-“Ameyú, ¿cómo es que estás aquí?, ¿es esto un sueño?”
Ameyú la besó tiernamente luego dijo:
– “yo estoy en mi cama mi amor, en Londres, pero al mismo tiempo estoy aquí, en la tuya,  y creo que no es un sueño”

Ahora Tahnne fue la que tomó las manos de Ameyú y las apretó contra sí, palpándolas, sintiéndolas, besándolas. Luego dijo:
-“No se que sea esto pero es hermoso ” –  Y una lágrima,  rodó por sus mejillas.

Ameyú vío su reflejo en aquella lágrima diminuta y de repente dijo en tono angustiante:
– “Amor, suéltame, debo volver”
-“No Ameyú, no te dejaré ahora que estás conmigo”-  y sujetaba aún con mas fuerza aquellas manos tan deseadas.
-“Mi amor, debo volver o moriré, debo regresar a mi cuerpo antes de que amanezca”
-“¿Cómo lo sabes?”
-“No sé, pero siento que es así”

Tahnne lloraba, dejar que se fuera Ameyú, era algo muy doloroso ahora que su cercanía le calentaba el alma. Poco a poco soltó sus manos, como una niña que se deshace con pesar de algo muy querido,  pero fue hasta que dijo suplicante: – “¡Ve,apresúrate!, ¡no quiero que mueras!”- cuando Ameyú fue libre para regresar. Se fue  desvaneciendo  de a poco, una última caricia, un beso, y luego sólo quedó su olor, su tibieza y el hueco que su cuerpo había dejado en el lecho de Tahnne, quien apretaba su rostro húmedo contra la almohada ahogando los sollozos.
De repente el llanto cesó cuando la inundó la certeza, si, la certeza de que Ameyú regresaría a la noche siguiente, habían por fin encontrado un modo de vivir su amor en la distancia.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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