AQUETZALLI “Agua Preciosa”

foto: INAH México

Es una belleza” dijo el hombre de ojos de serpiente mientras sus manos hambrientas acariciaban la suave figura de cerámica policroma con forma de mujer. Quinientos años antes otras manos más obscuras también la habían acariciado con devoción antes de colocarla junto a otros objetos en una ofrenda funeraria.

—Dime, ¿fue difícil?

—Tuvimos peligro de derrumbes patrón. Ya teníamos algunos textiles y unas ollitas y nos estábamos regresando cuando sentí algo extraño, como cuando lo miran a uno por detrás patrón. Me la encontré en una esquina. La tomé y nos salimos —dijo Nemesio, el jefe de cuadrilla. Un hombre bajito y robusto, con un bigote despeinado, al que se le leía en la cara el alivio por haber podido encontrar algo que valiese la pena.

—Excelente. Esperen afuera, ya les diré cuánto les toca a cada uno. Necesito hacer algunas llamadas.

Aquetzalli (Agua Preciosa), murió honrosamente dando a luz. De su vientre condenado vio salir a su criatura. Con la vida en retirada, alcanzó a escuchar el débil sollozo del pequeño y su cara se iluminó con una sonrisa. Así se hundió dulcemente en los brazos de la muerte.
Su afligido esposo, Mixtle (Nube Oscura), mandó a hacer una imagen que le recordara a su mujer. Cuando el artesano puso en manos de Mixtle la pequeña escultura, éste sintió que el espíritu de Aquetzalli se encontraba en ella y se lamentó de haberla encargado. Ella había renunciado al honor que se confería a todas las mujeres muertas de parto: convertirse en princesas celestes y acompañar a Tonatiuh (el dios sol), en su viaje desde el mediodía hasta el atardecer. Su espíritu decidió seguir junto a Mixtle y el bebé, viviendo en aquella efigie de cerámica.

Afuera de la oficina del “hombre-serpiente”, Nemesio y su equipo de profanadores de tumbas esperaban la recompensa tomando cerveza y recordando detalles de la jornada. Nemesio señaló a Vicente, un chamaco larguirucho con cara de caballo.
—Mira Vicente, te tienes que calmar, anoche hiciste demasiado ruido rompiendo calaveras, no me importan los muertos, pero sí que atraigas la atención de alguna patrulla.
Todos rieron, y eufóricos por el alcohol lanzaron maldiciones por la tardanza del patrón, les urgía sentir el dinero en sus manos para gastárselo en putas y licor.

La presencia de Aquetzalli, llenó de paz a Mixtle y a su pequeño hijo Coyoltzin, (pequeño Cascabel), ambos sintieron que ella los protegía y atraía la suerte para su casa. Le hicieron un pequeño altar a un lado de los dioses principales. Cuando Mixtle se sintió próximo a morir, le pidió a Coyoltzin que su mujer fuera puesta en su tumba para acompañarlo en el largo camino al Mictlán, la tierra de los muertos.

El “hombre-serpiente” hizo llamadas, tomó fotos de Aquetzalli y las mandó a los posibles compradores. Como él esperaba, la figura llamó la atención inmediatamente, era una pieza excepcional. Se generó un interés tremendo alrededor de su posible compra. Llovieron las ofertas. En medio del frenesí, había algo que lo molestaba, una sensación extraña que no le permitió disfrutar el momento, se sentía observado. De reojo, le pareció ver que de la escultura emanaba una luz rojiza, pero al voltearse no vio nada fuera de lo común. Respiró aliviado, pero al poco rato le pareció que la pieza se había movido de sitio, descartó el pensamiento, seguramente no se había fijado bien donde la había colocado en un principio.

Afuera, el alegre grupo de borrachos olfateó un olor extraño. De la oficina del patrón salió un humo blanco y denso, se alarmaron pensando en un posible incendio, pero el humo olía a copal, una resina aromática usada por las culturas precolombinas y que era quemada en ceremonias. Los hombres entraron en tropel y se encontraron con el patrón sin vida sobre el escritorio, su corazón y la figura de Aquetzalli rotos en mil pedazos. Por la noche, uno a uno, los profanadores morirían en sus camas, al tiempo que Aquetzalli y Mixtle se dispondrían a dormir muy juntos, unidos para siempre en el Mictlán.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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Soñando con mariposas por Ana Laura Piera — MasticadoresMéxico

Llevo ya algún tiempo colaborando con el proyecto Masticadores a quienes agradezco la confianza: (Edgardo Villareal, editor en México y a J.Re Crivello, fundador). Hoy se publicó este cuento mío al que le tengo mucho cariño. Está inspirado en la migración de la mariposa Monarca y primero se publicó en mi blog pildoras para soñar – blog de cuentos y otras cosas (wordpress.com)

Fotografía por Ana Laura Piera

—¡Ya vienen!  Su corazón se regocijó evocando cielos anaranjados y árboles cubiertos de pequeños fuegos vivientes. Como un olvidado eco de su niñez perdida, creyó escuchar otra vez la sabia voz del abuelo:  —Son las mariposas Monarca, Juanito: Papalotl. Así le decían los antiguos mexicanos. No hay insecto […]

Soñando con mariposas por Ana Laura Piera — MasticadoresMéxico

LO QUE NO FUE

Ucronía. ¿Y si Hernán Cortes? no hubiera hundido sus naves?

Con la espalda apoyada en la piedra sacrificial que le proyectaba el pecho hacia adelante, Hernán Cortés intentaba abrir los ojos para ver el cielo azul del mediodía, pero el intenso sol le cegaba. La posición era incómoda e insostenible. “¿Por qué no se apuraban?“.

Es un hermoso día para morir”, había pensado. En el ambiente flotaba el sonido de tambores y caracolas, música ritual que anunciaba algo de importancia. Subió sereno las escalinatas de la pirámide y la belleza de Tenochtitlán se reveló: una ciudad construída sobre un lago: con canales, calzadas, templos monumentales, casas y jardines. La cima estaba coronada por dos adoratorios y su destino yacía del lado derecho, coto del dios de la guerra. Pensó que era apropiado, raro hubiera sido que su vida terminara en el lado izquierdo, donde se adoraba a la deidad de la lluvia. No tenía duda sobre lo que iba a suceder, la piedra de sacrificios escurría sangre que llegaba hasta las escalinatas. Ya antes había escuchado los gritos desgarradores de algunos de sus incondicionales que corrieron esa misma suerte y cuyas cabezas estarían ahora empaladas en ese lugar horrible que habían visto cuando entraron a la ciudad como prisioneros.

De cara a la muerte se lamentaba de no haber llevado a cabo la idea de hundir las naves en las que llegaron desde Cuba y así impedir el éxodo de los que no estaban de acuerdo con sus planes. Con los barcos inutilizados no habrían tenido más remedio que continuar la empresa. No por nada los españoles eran famosos por su resistencia y valentía en el campo de batalla. La victoria y el reconocimiento hubieran estado esperándolos al final. El contraste de esa idea con su futuro inmediato le llenó la boca de amargura. Tras la deserción, el Cacique Gordo y sus súbditos totonacas apresaron a los que quedaban para mandarlos como un regalo a Moctezuma olvidándose de su alianza previa. ¡Traidores!

Se había encomendado ya a la Virgen de los Remedios y esperaba la muerte sin aspavientos. De repente una figura oscura se cernió en su horizonte ocultando la luz del sol que tanto le lastimaba. Pudo mirar: El mismísimo Tlatoani le sacrificaría, por eso la tardanza. Como en un sueño, escuchó el griterío de la gente de la ciudad, enardecida, congregados treinta metros abajo del lugar donde se encontraba. El cuchillo de obsidiana bajó como un relámpago y se hundió en su pecho. Increíblemente no sintió dolor, pero la luz empezó a menguar. Alcanzó a ver su corazón sangrante en la mano levantada de Moctezuma. Luego sobrevino la negrura final.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

Como nota personal, me queda claro que si no hubiera sido Cortés, hubiera sido otro conquistador. Las civilizaciones de América en esa época: (Mexicas, Incas, Mayas) y otras sociedades intermedias, tenían una desventaja en cuanto a tecnología de guerra. Sus armas no podían compararse a las que ya había en Europa así que no se hubieran escapado de su destino. Otro punto es que esto que escribí es solo una de muchas posibilidades, tal vez aun sin hundir sus barcos, Hernán Cortes hubiera podido lograr todo lo que consigna la historia, ayudado por sus soldados y en alianza con algunas sociedades locales que odiaban a los mexicas y su imperio, que les imponía pesados tributos.

Si quieres saber de qué se trata la ucronía te recomiendo visitar el siguiente enlace: MICRORRETOS: ¿Y SI…? (concursoeltinterodeoro.blogspot.com)

El anterior relato no participa en el reto pero me quedó muy buen sabor de boca el participar con: LILIBETH, que se encuentra en este enlace: RETO DE ESCRITURA (HACER UNA UCRONÍA) – pildoras para soñar (wordpress.com) así que decidí intentarlo nuevamente.

Si gustas saber más sobre Tenochtitlán y la sociedad mexica:

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EL SUEÑO

Photo by Pixabay on Pexels.com

Nos despertó el olor a cigarrillo que comenzó a invadir toda la casa. Mi padre se puso a maldecir: —¡Carajo apenas son las ocho de la mañana y la pinche vieja ya está fumando!

Corrí al cuarto de la abuela, cuando entré en su habitación me pareció ver que escondía una botella de tequila debajo de su almohada pero me hice el tonto.

—¿Tita qué tiene?, usted nunca fuma tan temprano—. Me miró con ojos perturbados y me dijo:

¡Ay mijo, otra vez lo soñé!—. La noté temblorosa, alterada. Ya antes me había contado que seguido se le aparecía en sueños un indio muy viejo que le hablaba en una lengua que ella no comprendía.

—Alvarito, ahora sí le entendí todo, habló clarito en castellano.

—Cuénteme.

—Espera deja prendo otro cigarro— de entre sus senos flácidos sacó una cajetilla arrugada.

—No Tita, no fume, ya nos ahumó la casa y mi papá está echando pestes. La abuela se encogió de hombros y lo prendió igual. Recuerdo que lo apretaba fuertemente entre sus dedos arrugados y le dio una gran chupada.

El hombre me dijo algo bastante extraño: “Lloverá en tu parcela y tu tierra será fecunda nuevamente con la semilla ancestral.”

— ¿Tita qué rayos significa eso?

—No sé mijito—, luego me miró con ojos traviesos y sacó de su escondite la botella de tequila.

— No sea así… le hará daño.

—Alvarito estoy muy nerviosa, necesito relajarme un poco, es que si lo vieras: tiene el pelo largo y negro, como la boca de un lobo, usa una manta de algodón anudada en el hombro que le cubre casi todo el cuerpo, y un taparrabo esconde sus vergüenzas; todo él parece estar cubierto de sangre y su cara está llena de tatuajes. Me llena de espanto, he llegado a pensar que es el mismo diablo.

Salí de su cuarto intrigado, ¿que significaría el sueño?, ella no tenía tierras, entonces ¿de qué tierra le habían hablado?, ¿de qué semilla?. Durante el día me olvidé del asunto pensando que la demencia se había apoderado de mi pobre abuela.

Al otro día nos despertó un llanto extraño, primero pensé que sería el gato de la vecina, al volver a oírlo me dí cuenta que eso no era ningún gato. Mi padre maldecía de nuevo. Me levanté y me dirigí a toda prisa al cuarto de la abuela, pues el lloriqueo provenía de ahí. Cuando entré me quedé helado: sobre la cama se encontraba una mujer joven muy hermosa, su rostro tenía un aire remotamente familiar; estaba completamente desnuda, de sus magníficos pezones manaba un río de leche, entre sus piernas ensangrentadas estaba un bebé recién nacido de piel canela obscura, todavía los unía el cordón umbilical. Lloraba a todo pulmón como si quisiera acabarse todo el aire de la casa, la mujer me miraba azorada, comprendí: era ella, y lo dicho en el sueño, se había vuelto realidad.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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TIEMPERO…

Ante el riesgo de una inminente erupción, el tiempero no puede escuchar la voz del Volcán.


El volcán amaneció enojado, temblando y vomitando ceniza. Todo el pueblo se fue donde el “tiempero”: Don Facundo.

Le reclamaban que “Don Goyo”, como se referían a la montaña, no les hubiera avisado, le preguntaban que iba a pasar. Estaban asustados: los del gobierno habían venido en sus jeeps y en sus estúpidos uniformes y les dijeron que tenían que evacuar, pero la gran mayoría no estaba dispuesta a dejar sus casas, milpas y animales si no era por aviso del mismísimo volcán.

—Esta vez no me ha dicho nada —decía Facundo, confundido—.


La divinidad del volcán, aquella que le avisaba si habría lluvia o si tenía que estorbar el granizo, nada le había susurrado en sueños. El pavoroso temblor y la lluvia de ceniza lo habían sorprendido tanto como a los demás.

—De verdad, créanme, no sé que pasa-—gritaba angustiado.

Entre la multitud, Doña Socorro se apretaba las manos, y consternada, se mordía las uñas. Era la esposa del tiempero y guardaba un terrible secreto: llevaba tres noches dándole de cenar a su esposo unos tamales hechos con carne de cerdo, res y pollo. A la masa de maíz y manteca se le echaba aparte caldito de frijoles y queso de cabra. Doña Socorro lloraba, estaba segura que su marido no había oído la voz del volcán debido a la indigestión causada por los tamalitos, pero no se atrevía a expresar sus sospechas.

La multitud se volvía cada vez más violenta, Don Facundo maldecía en su interior, hablándole al volcán: “Carajo Goyo, ¿porqué no me has avisado de esto? ¿no ves que me van a linchar? ¿ya no soy tu vocero? ¿me has desechado? ¿quieres acaso que todos muramos?”

El volcán volvió a rugir y a estremecerse; la gente salió corriendo para sus casas. Doña Socorro no aguantó más y fue donde estaba su marido y le confesó todo. Facundo comprendió y decidió no probar bocado hasta que pudiera volver a escuchar la voz que le había hablado en sueños desde que era un niño.

A la segunda noche de ayuno y oración, sucedió:

—Carajo Facundo, ya no cenes tanto.

Nada mas escuchar aquella voz, cascada por los siglos, Facundo sintió que le volvía el alma al cuerpo, no pudo evitar sonreír de felicidad y contestó:

—Te lo prometo.

—Me desespera que no me escuches.

—Lo se, perdóname, no volverá a pasar. ¿Sabes?, la gente esta muy inquieta, ¿debemos preocuparnos?

—No, hombre, los espero como siempre en mi cumpleaños el 12 de Marzo. Llévenme mole de guajolote, tequila y música.

—Asi se hará, ¿entonces, no hay peligro? —insistió Facundo.

—Que no, sólo andaba enojado, no me escuchabas. Diles que no pasará nada, ¡ah! y no se olviden de llevarme mi mole, y para ti, prohibidos los tamalitos…

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

Curiosidades:

Los “tiemperos”, “graniceros” o tlauquiazquis son personas con el don de manipular el tiempo atmosférico. Mantienen el equilibrio para que sea propicia la vida en el campo y piden la lluvia durante el mes de mayo. Los tiemperos son el vínculo entre el mundo de los vivos y el de los seres sobrenaturales. Su origen se remonta a tiempos prehispánicos.

“Don Goyo” es el nombre cariñoso que los habitantes en las cercanías le dan a su vecino, el volcán Popocatépetl, en lengua nahuatl ‘el cerro que humea’, un volcán activo ubicado a 73 kms. de la Ciudad de Mèxico. La montaña es tratada como una persona que a la vez es una deidad, se le celebran sus cumpleaños y se le hacen ofrendas de alimentos en señal de respeto.

El término “mole” (del nàhuatl molli o mulli) se refiere a varios tipos de salsas mexicanas muy condimentadas hechas principalmente a base de chiles y especias, y que son espesadas con masa de maíz, tortilla o pan, también se refiere a los mismos guisos a base de carne o vegetales que se suelen preparar con estas salsas espesas. El mole es de origen prehispánico y era ofrecido en ceremonias como ofrenda a los dioses

El tamal (del nahuatl tamalli) es un alimento de origen mesoamericano preparado generalmente a base de masa de maíz  rellena de carnes, vegetales, chiles, frutas, salsas y otros ingredientes. Son envueltas en hojas vegetales como de mazorca de maíz o de plátano, entre otras, y cocida en agua o al vapor.​ Pueden tener sabor dulce o salado.

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Xoloitzcuintle

Un perro entabla un diàlogo con una serpiente de piedra en la moderna Ciudad de Mèxico. ¿De què hablaràn? Cuento corto, original.

La vida en la Ciudad de Mèxico es muy ajetreada, todos los dìas por el centro de la ciudad hay un interminable ir y venir de personas, vehìculos y perros callejeros.

Un dìa por la esquina de las calles de Pino Suàrez y Repùblica del Salvador, pasaba uno de estos perros, en tan mala condiciòn que no se advertìa a simple vista que se trataba nada menos que de un Xoloitzcuintle, una raza endèmica de Mèxico, muy apreciada y con una estrecha relaciòn con la antigua cultura mexica.

El perro fue a echarse justamente en la esquina del edificio que alguna vez fue el palacio de los Condes de Santiago de Calimaya y despuès se convirtiò en el Museo de la Ciudad. Donde hay una talla prehispànica con la imagen de una cabeza de serpiente. Èsta pareciera querer salir del interior del edificio, se asoman sus fauces y sus fosas nasales, pero sus ojos y el resto de su cuerpo estàn ocultos.

talla de cabeza de serpiente. Museo de la CDMX

La serpiente de piedra oliò al “xolo”, (como se les dice cariñosamente en Mexico a esta raza en particular), y se estremeciò pero no dijo nada. El animal empezò a rascarse la oreja, llena de desagradables granos. Asì pasò un rato.
-¿No te molesta no poder ver? -preguntò al fin el “xolo”.
-No, -dijo la serpiente-, me dejaron libre lo màs importante, mi narìz. A travès de ella puedo oler y asì percibo todo. Muchos de mis hermanos ni siquiera tienen eso. -Dijo refirièndose a otras cabezas de ofidios talladas y que se encontraban ocultas, desperdigadas bajo los cimientos de las primeras construcciones edificadas por los españoles tras conquistar Tenochtitlàn, capital de los Mexicas.
-¿Hueles la ciudad? -preguntò el “xolo”.
-Sì. Y no me gusta. Extraño los olores antiguos: el olor a copal mezclado con el olor a sangre, por ejemplo, o el olor a flores y a limpio combinado con el olor de la muerte. El perro fijó la mirada en la lejanía, parecía saborear tambièn aquellos recuerdos. -Acabo de pasar por el lugar donde alguna vez estuviste. -Se referìa a un muro que delimitaba la ciudad sagrada y que habìa estado decorado con muchas cabezas talladas en piedra y con forma de àspid, como con la que estaba hablando.
La serpiente suspirò. Fue un suspiro largo y nostàlgico. Llevaba casi quinientos años “incrustada” de forma humillante en aquel edificio colonial.
-Si quieres -dijo el “xolo”-, te puedo liberar. Lo sabes bien.
-No, dèjame un rato màs aquì. Tengo la esperanza que un dìa caiga esta ciudad. Quiero deleitarme en el olor de su derrota, capturar el olor de su destrucciòn.
-No apostarìa a eso, -respondiò el “xolo”-, pero bueno, es tu elecciòn. Me voy. Regresarè despuès a ver si ya quieres irte al inframundo, ya sabes que yo serè tu guìa. Ese dìa descansaràs.
La serpiente suspirò nuevamente y luego callò.
La gente que pasaba no advirtiò que aquel perro lastimero se alejaba y conforme lo hacìa se transformaba en un precioso ejemplar: su piel ceniza llena de granos y descuidada, mudaba a piel obscura, sana y sin pelaje; excepto por un mechón desafiante que surgía de su cabeza. Antes de convertirse en humo y desaparecer por completo, el perro sufriò otra transformaciòn: su cuerpo de perro cambiò a cuerpo de hombre pero conservando su cabeza de animal. Era Xòlotl, el dios prehispànico del ocaso y de los espìritus, el cual ayudaba a los muertos en su viaje al Mictlàn, el inframundo.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

Xoloitzcuintle, raza de perros endèmica de Mèxico

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SOÑANDO CON MARIPOSAS

cuento corto, original, inspirado por la migraciòn de la mariposa monarca

fotografía de Ana Laura Piera

—¡Ya vienen!

Su corazón se regocijó evocando cielos anaranjados y árboles cubiertos de pequeños fuegos vivientes. Como un olvidado eco de su niñez perdida, creyó escuchar otra vez la sabia voz del abuelo:

—Son las mariposas Monarca, Juanito: “Papalotl”. Así le decían los antiguos mexicanos. No hay insecto más valiente que ellas, ¡No señor, no lo hay!

Y aquella tarde, como tantas otras, abuelo y nieto habían espiado el horizonte para verlas llegar, cada uno con la ilusión de ser el primero en anunciar su retorno. Juan Manuel recordaba quedarse dormido, para después despertar ante el grito jubiloso del anciano:

—¡Niño, levántate, ya están aquí!

Entonces, sus ojos jóvenes y sedientos, se abrían inmensos para beber sin medida el espectáculo fascinante de millones de pequeñas mariposas llegando a los bosques de Oyamel en tierras Michoacanas.

—Vienen del norte hijo, de muy lejos. Vienen huyendo del frío. Son increíbles, recorren muchos, demasiados kilómetros para llegar aquí. Si hubiera ido a la escuela te podría decir cuántos, pero no lo sé.

La voz del abuelo sonaba diferente cuando hablaba de las Monarcas, Juan Manuel pensaba que parecía otra persona, rejuvenecido por la emoción y el asombro. Al igual que un terrón de azúcar diluyéndose lentamente en la boca hasta que solo queda un dulce regusto, así se desdibujó el recuerdo del viejo. Ahora, Juan Manuel ya no era el niñito de 8 años sino el joven de 17, soñando con emigrar como las mariposas. “Quiero ser como ellas” pensaba. “Elevarme y recorrer todo el camino hasta el norte, ganar mucho dinero con mi trabajo”.

Le habían hablado de los peligros que enfrentaban los migrantes que viajaban a los Estados Unidos, pero cuando pensaba en las Monarcas todo le parecía posible: “Ellas son tan osadas, tan fuertes y resilientes. Algo me habrán enseñado todos estos años de observarlas”.

Y Juan Manuel se fue de su tierra natal sintiendo aletear dentro de él, un par de hermosas y simétricas alas. Tenía la voluntad puesta en un solo objetivo: llegar y triunfar. Había iniciado el viaje al mismo tiempo que las mariposas regresaban al Norte después de cumplir con parte de su ciclo de vida en el refugio boscoso. El cielo azul de abril se tiñó entonces de inquietos anaranjados, y siguiéndolas iba él. ¡Que importaban los pies sangrantes, la sed perenne, el hambre, los peligros y los maltratos! Él era una Monarca, como las que llegaban a su tierra y al igual que ellas, llegaría a su destino.

El “Norte”, la tierra prometida y sus habitantes, le recibieron cual pequeña y repulsiva larva, pero luego él se había vuelto una crisálida llena de promesas, para después emerger imago, adulto, alcanzando un modesto éxito como forastero en tierra ajena. Así, se había forjado una vida, se había reinventado a sí mismo, pero nunca había olvidado México, su tierra, cuya voz constantemente escuchaba por las noches, llamándolo: “Juanito, Juan, Juan Manuel…”

Igual que las mariposas, un buen día emprendió el viaje de regreso. Juan Manuel espera hoy nuevamente a las Monarcas. Las arrugas surcan su rostro, su pelo se ha teñido de blanco. Ya no sueña con irse o regresar, sino con ser como esos guerreros mexicas de los que su abuelo le hablaba. Aquellos que, muertos en batalla, se elevaban hasta el sol, y después de ayudarlo a andar por cuatro años, se iban al paraíso. Ahí, eran transformados en pájaros o mariposas, y pasaban el tiempo libando miel de las flores. Él sabe qué clase de mariposa desea ser: Quiere ser una Monarca, lo desea con toda su alma.

Autor: Ana Laura Piera Amat / Tigrilla

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Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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NAHUAL ENAMORADO

¿Que pasa cuando un personaje màgico se enferma de amor por un ser humano? Cuento original inspirado en los “nahuales” de la cultura mexicana

Dentro de las culturas mesoamericanas un nahual es un brujo o ser sobrenatural que tiene el poder de transformarse en un animal. El término se refiere tanto a la persona como al animal en que se transforma. Este cuento habla sobre un nahual:

photo by Philip Pilz / Unsplash

Me llamo Adolfo: soy feo, bajito e insignificante. Tengo ojos pequeños, casi inexistentes. Mi piel es del color del cacao y mis cabellos negros y tiesos se elevan al cielo como púas. Un ser ordinario por fuera, pero por mis adentros fluye como savia una sabiduría ancestral mágica y profunda.

Tú no reparas en mí cuando te miro largamente a la salida de la iglesia y una horda de admiradores te sale al paso. No te das cuenta de que las beatas y solteronas del pueblo te miran con envidia mal disimulada. También me ignoras cuando te veo atendiendo tu puesto del mercado; envuelta en el dulce aroma de los melones y las naranjas. Tu belleza opaca la de las frutas más hermosas, como el durazno o la pitahaya. Tampoco te percatas de mi existencia cuando admiro tu grácil figura mientras le das de comer a las palomas en la Plaza Grande.

No sabes que existo… ni quieres saber.

Porque también soy un perro negro de ojos rojos que se mete en tu casa cuando estás dormida. Entro muy despacito, sin hacer ruido, guiado por el olor de las frutas que vendes y que impregna tu piel. ¡Cómo me gusta verte como te estoy viendo ahora! Tendida en tu blanco lecho, respirando agitada, sudando y temblando de angustia cuando intuyes en tus sueños mi presencia. Ahí no puedes ignorarme más. Y yo me enfermo de ganas de ti. Me da miedo estarte viendo como perro, el deseo que me ha traído hasta aquí de repente se desdibuja y me entra un hambre atroz, quisiera darte de mordiscos en los muslos, masticar tu suave carne y que formes parte de mí. Pero luego recobro la lucidez y recuerdo que soy Adolfo, me olvido de mordiscos y pienso en besos y caricias.

Afortunadamente para ti no puedo tocarte. Las tijeras en cruz, el romero y las agujas que siempre pone tu madre debajo de tu cama te protegen. Soy un nahual, un nahual enamorado y algún día serás mía para siempre.

Autor: Ana Laura Piera /Tigrilla

Este cuento fue tomado como base para hacer un cortometraje por D MENTE PRODUCTIONS “Un amor de Nahual” de Eli Rosales Santiago que fue registrado para participar en Cannes 2012. La página de DMente productions https://www.dmenteproductions.com/newpage

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LOS CHANEQUES

Cuento corto, original.

sitio arqueològico de Toluquilla, Qro. foto de Ana Laura Piera

Por nueve dìas y nueve noches ardiò el fuego. Tuvieron que ser muy cuidadosos de que no se apagara y tambièn de que el guardia del sitio no los viera. Por eso tuvieron que caminar tanto, para alejarse de los lugares frecuentados por turistas y lugareños, adentràndose en zonas aùn inexploradas por los arqueòlogos.

Escondida entre la vegetaciòn, encontraron los restos de una pared de piedra, lo suficientemente alta para ocultarlos. Se sentaron junto a ella sobre un lecho suave de hojas muertas y ahì se quedaron alimentando el pequeño fuego.

Hernàn y Marcos eran aùn muy niños cuando de boca de los mayores escucharon la leyenda de los chaneques o duendes del bosque. En otras partes del paìs se les conocìa como “aluxes”. Tenìan poder para cuidar y proteger a quien ellos quisieran, pero tambièn eran capaces de causar un gran daño. El tono con el que hablaban los viejos de estos personajes, denotaba miedo y respeto. Alguien contò que a veces estos seres permanecìan dormidos y ocupaban de un ritual especial para despertarlos. Se pensaba que pagaban con favores inmensos a quien hiciera esto por ellos.
Desde el dìa que habìan escuchado aquella historia Hernàn y Marcos jugaban siempre a que despertaban a los chaneques y asì se hicieron hombres.

El fuego ardìa sobre un pedazo de barro moldeado por manos antiguas cientos de años atràs. Se turnaron para dormir y casi no sintieron hambre. Lo atribuyeron a la magia que estaban realizando. Por fin el lapso de tiempo se cumpliò y pudieron apagar aquel fuego que habìa vivido exactamente nueve dìas con sus noches. La ùltima noche a Hernàn le entrò miedo y decidiò regresar a su casa. Marcos se burlò y dijo que èl se quedaba a ver el resultado de sus esfuerzos. Conforme la noche avanzaba cayò en un sueño profundìsimo. Cuando despertò, sintiò un làtigazo de hielo en la espalda. Frente a èl estaba un ser con cuerpo de niño y cara de anciano que lo miraba fijamente. Era un duende sin duda, ¡la magia habìa funcionado!. El duende sonreìa de una forma traviesa. Marcos se sintiò extraño y tardò un poco en darse cuenta que ya no era màs un ser humano, sino un ¡perro!. Tratò de gritar y de su garganta sòlo saliò un aullido lastimero. Corriò despavorido mientras el duende reìa a carcajadas.

Lo que habìa sucedido en las ùltimas horas antes de su transformaciòn en perro, ningùn ojo humano lo ha visto jamàs. Pocas horas despuès de apagarse el fuego sagrado y de la partida de Hernàn, los ìdolos antiguos enterrados en el suelo de la zona se habìan calentado inexplicablemente hasta ponerse al rojo vivo, tanto, que aùn bajo tierra se veìa el resplandor rojizo que emergìa del piso. Todos y cada uno de ellos cobrarìa vida minutos despuès. Algunos serìan buenos con la gente, cuidarìan sus milpas de cualquier daño pero otros serìan traviesos, malvados, perdiendo a la gente y desaparecièndolos, especialmente a los niños pequeños. Tambièn les gustaba esconder las pertenencias de las personas y en algunos casos extremos cambiar la forma humana por alguna otra,ya fuera animal, vegetal o mineral. Despuès de su despertar, los seres màgicos se congregarìan cada noche en los lugares importantes como las piràmides principales o patios ceremoniales. Ahì entonarìan cantos a los dioses antiguos y armarìan un barullo que espantaba hasta al màs valiente.

El perro Marcos fue adoptado por un hombre que lo alimentò y lo cuidò. Siempre le intrigarìa la mirada tan inteligente que tenìa el animal. Parecìa como si quisiera decir algo. Pasaba los dìas a la entrada de la zona arqueològica. La gente se sorprendìa al ver a aquel perro que subìa y bajaba por las ruinas con una habilidad y conocimiento increìble pues guiaba a los que se retrasaban y se aseguraba de que no se quedara nadie fuera de la hora permitida. Parecìa especialmente contento cuando al caer la noche, su amo lo encerraba en casa, a salvo y seguro de las travesuras de los chaneques.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla (Inspirada en las ruinas de Toluquilla, en el estado de Querètaro, Mexico.
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KUKULKAN

Cuento corto, original.

Photo by Alex Azabache on Pexels.com

-Mi señor Kukulkán, ha visto lo que sucede en la tierra?
Kukulkán el noble dios de los mayas, deja de observar la enorme y bella esfera azul que cuelga en la noche sin fin del universo.
-Lo he visto mi querido Ah Kin Xoc, tu sabes que siempre estoy al pendiente de los míos, aunque pocos me recuerden.
-Señor, la gente moderna tiene en alta estima a los Mayas y a la noble Ciudad de Chichén Itza, han declarado el templo de mi señor como una de las Siete Maravillas del Mundo Moderno.


Kukulkán, la Serpiente Emplumada, suelta una carcajada sonora y mira fijamente a su servidor:
-Ah Kin Xoc, eso es ridículo. Mi pirámide no necesita que la nombren maravilla, siempre lo ha sido. Lo mismo que quienes fundaron, construyeron y habitaron las grandes ciudades del Mundo Maya. Ese nombramiento no nos hace mas maravilla de lo que ya éramos. Pareciera que a mi gente se le ha olvidado esto.


El fiel sirviente asiente y no puede dejar de observar una nube de tristeza que empaña la mirada del dios.
-Ak Kin Xoc, amigo, ¡extraño nuestro antiguo mundo!
-Fueron buenos tiempos sin duda, mi señor
-Ya me hace falta visitar mi tierra personalmente, ¿cuánto falta para el próximo equinoccio?
-Muy poco mi señor, ya podrá usted descender por su templo y fecundar la tierra, como siempre.


Kukulkán suspira y luego masculla entre dientes “maravilla del mundo…siempre lo hemos sido, siempre lo seremos, mmmmh, y tantas otras maravillas creadas por gente excepcional en otras partes de la Tierra, que siéndolo no son reconocidas ni recordadas, ¿con qué autoridad se ponen a decidir estas cosas? estos hombres modernos y sus ocurrencias…”

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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