QUETZALPILLI

Este relato salió ganador del reconocimiento El Tintero de Bronce.

Quetzalpilli parecía un bultito color canela en medio de su cuna. Sus rasgos indígenas eran muy armoniosos y el negro de sus ojos tenía el brillo de la piedra de obsidiana. Resultó ser un niño fuera de lo común. A los tres meses yo lo vi moviendo de forma extraña sus manitas, como si el aire fuera tierra y quisiera moldearlo, se formó un pequeño remolino que se soltó por la casa levantando objetos: un cenicero, un bolígrafo y el libro de mi madre. Sentí mi cabello moverse por las ráfagas que levantaba, de repente el remolino perdió fuerza: el cenicero acabó golpeando a mi padre, el bolígrafo se clavó en una pared y el libro quedó deshojado por la estancia. Alicia corrió para recoger a su hijo y se encerró en su habitación antes de que alguien tuviera tiempo de quejarse por el incidente.

Alicia era mi abuela que, tras siete noches de sueños extraños con un indio muy viejo que le hablaba en una lengua desconocida, en la octava increíblemente recuperó la juventud y también dio a luz a un bebé. Tras escuchar berridos, corrí a su habitación y lo que vi no lo olvidaré jamás: sobre su cama estaba una atractiva mujer de aspecto familiar que me miraba con una mezcla de espanto y sorpresa. De sus magníficos senos manaba un río de leche, y entre sus piernas ensangrentadas se asomaba un recién nacido, unido aún a ella por el cordón umbilical. Alicia lo nombró Quetzalpilli que en náhuatl significa «Hijo del Quetzal».

A todos en casa nos costó trabajo aceptar la nueva realidad de la abuela, que ya no lo era, sino una sobrina de mi madre que había llegado a vivir con nosotros y acababa de dar a luz. «¿Y Doña Alicia?» preguntaban las vecinas. «La abuela se marchó al pueblo». Esa versión acallaba unas sospechas y levantaba otras, pues las vecinas chismosas se escandalizaron de que mi madre aceptara a una joven en la casa sabiendo el tremendo donjuán que era su marido. Y tenían razón. A mi padre se le encendió un apetito voraz por Alicia, la piropeaba, le pellizcaba el trasero, la miraba lascivamente y todo frente a mi madre. Una noche lo sorprendimos queriendo entrar a la habitación donde dormían Alicia y su hijo, pero la cerradura se puso inexplicablemente al rojo vivo y le quemó la mano. Dejó de molestarla, o eso pensamos, hasta el incidente de las culebras.

Alicia me contó que papá había querido darle un beso a la fuerza en la cocina. Fue entonces cuando el piso perdió firmeza y en su lugar había un mar de culebras color agua sucia, tallándose y enredándose unas con otras. Yo estaba en el jardín y entré al oír los gritos ahogados de mi padre a quien las culebras ya habían casi cubierto por completo. Curiosamente, alrededor de Alicia no había ninguna. De repente, desaparecieron todas excepto dos, Quetzalpilli blandía una en cada mano y sonreía.

Después de eso mis padres discutían siempre. Él quería correr a Alicia y a su hijo, ella le reclamaba su actitud. Una noche, además de los usuales gritos, oímos golpes y lamentos. Salimos al pasillo, Alicia llevaba al niño en brazos. Nos pusimos frente a la habitación principal para escuchar mejor. Quetzalpilli —que por esa época ya caminaba— hizo ademán de que lo bajaran al suelo. Con una seriedad y determinación que no correspondían a su edad, extendió un brazo y la puerta se abrió de golpe a pesar de estar con el seguro. Vimos a mi padre a punto de soltarle un puñetazo a mamá que ya estaba malherida y en el suelo. El niño levantó su mano y papá se elevó también, como tirado por una cuerda invisible hasta que quedó casi en el techo. Algo le impedía gritar, pero pataleaba fuertemente y sus ojos parecían querer salírsele de las órbitas. De repente Quetzalpilli movió la cabeza hacia un lado y la triste marioneta se esfumó, exactamente como las culebras, unos días antes.

No crean que lo extraño, todos estamos mejor sin él, pero tengo curiosidad de saber a dónde lo mandó el niño. También me gustaría conocer cuál es la misión de Quetzalpilli en este mundo. Creo que cuando pueda hablar se lo preguntaré. Mientras tanto estoy seguro de que seguirá sorprendiéndonos.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

La idea del personaje de Quetzalpilli lo inspiró un cuento mío, previo, titulado: El Sueño.

¡POR UNA CABEZA!

Ruinas de la antigua ciudad de Tulum (muralla) llamada en su tiempo Zama (amanecer), Quintana Roo, México

Na Balam Chan miró azorado el enorme objeto que se acababa de materializar frente a él en esa noche como boca de lobo. No había visto nunca algo así: tenía la forma de una jícara invertida y el color de las nubes nocturnas. Flotaba a escasos metros del suelo y de la base irradiaba una luz blanca, fría… lunar. Del susto al pobre hombre se le bajó la borrachera que se había puesto con balché.

La “jícara” no emitía ningún ruido que opacara el rumor de las olas rompiendo en la orilla de la playa y que llegaba a sus oídos después de atravesar la ciudad de Zama (hoy Tulum). Na Balam Chan había salido de Zama a media tarde antes de que se cerrara el acceso. Tuvo ganas de emborracharse lejos de las miradas indiscretas de su propia familia y de la élite que habitaba detrás de la blanca muralla de piedra caliza. Hay dolores que solo se pueden curar en soledad y él necesitaba llorar a su hijo, muerto en una escaramuza contra los de Chetumal. Su señor, el sumo sacerdote del culto a Chaac, le había conminado a que cambiara de semblante y se sintiera orgulloso y agradecido por la honrosa muerte de Ah Tok. Pero Na Balam Chan sentía más ganas de gritar su indignación, maldecir a los dioses y dar rienda suelta a su dolor. Por eso salió de la ciudad sabiendo que no podría regresar sino hasta el otro día cuando las puertas se abrieran nuevamente. Estaba preparado a pasar toda la noche en la selva, secretamente deseando que algún animal salvaje, quizás un jaguar, pusiera fin a su miseria; pero ante la extraña visión de aquella enorme “jícara” pensó que quizá las deidades, molestas con su actitud, habían venido a castigarle por ser tan débil. Se quedó esperando su destino, temblando incontrolablemente.

Dentro de la nave exploradora, dos tripulantes intercambiaron negras miradas de ojos parecidos a lágrimas enormes. Su programa de navegación había escogido esas coordenadas indicando que era una zona de ricos yacimientos minerales. Las formas de vida inteligentes aún no estarían en fase avanzada y sería muy fácil iniciar labores de extracción usándolos de mano de obra esclava. Pero el individuo que tenían enfrente tenía un cráneo alargado y proyectado hacia atrás…exactamente como el de ellos, y dudaron… Decidieron no perturbar nada y se abstuvieron de recoger un espécimen. Introdujeron una clave para descartar el planeta. No valía la pena trabarse en guerras innecesarias con posibles sociedades civilizadas. Así como llegaron, partieron para continuar su búsqueda.

Na Balam Chan vio la gran jícara esfumarse delante de sus ojos. Cayó al suelo maravillado. El alba lo encontraría esperando que la ciudad se abriera y lo acogiera de nuevo como a un hijo pródigo. Ya no lloraría, honraría la memoria de Ah Tok viviendo su propia vida cobijado tras las murallas de Zama. ¡Los dioses le habían dado una segunda oportunidad!

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

Definiciones:

Deformación craneana:

Práctica realizada por diferentes culturas del mundo. Entre los mayas, al nacer el niño o la niña, la madre recostaba a la criatura en una cuna compresora atando muy firmemente la cabeza, el abdomen y las piernas. Iniciando así con el proceso de la deformación craneana el cual era fundamental poner en práctica desde los primeros días de nacido el infante para aprovechar la plasticidad del cráneo. Hay diferentes teorías de porque se hacía, desde razones estéticas, sociales hasta religiosas. Culturas que lo practicaron:

Paracas, Nazcas e Incas en Perú.
Hunos, Alanos, y pueblos germánicos orientales
Tribus africanas
Tribus de Tahití, Samoa y Hawai
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Balché: bebida alcohólca ceremonial utilizada por los mayas, Sus ingredientes son la corteza del árbol balché, miel melipona, canela y anís.

Zama: Significa “Amanecer”, hoy esta ciudad amurallada de la costa caribeña de México, en la Península de Yucatán es conocida como Tulum (muralla).

Jícara: recipiente de arcilla o bien elaborado a partir del fruto del jícaro. En su definición más antigua aparece como “vasija pequeña de loza” empleada para tomar chocolate.

Chaac: fue un importante dios del panteón maya, vinculado con el agua y sobre todo con la lluvia.

AQUETZALLI “Agua Preciosa”

foto: INAH México

Es una belleza” dijo el hombre de ojos de serpiente mientras sus manos hambrientas acariciaban la suave figura de cerámica policroma con forma de mujer. Quinientos años antes otras manos más obscuras también la habían acariciado con devoción antes de colocarla junto a otros objetos en una ofrenda funeraria.

—Dime, ¿fue difícil?

—Tuvimos peligro de derrumbes, patrón. Ya teníamos algunos textiles y unas ollitas y nos estábamos regresando cuando sentí algo extraño, como cuando lo miran a uno por detrás, patrón. Me la encontré en una esquina. La tomé y nos salimos —dijo Nemesio, el jefe de cuadrilla. Un hombre bajito y robusto, con un bigote despeinado, al que se le leía en la cara el alivio por haber podido encontrar algo que valiese la pena.

—Excelente. Esperen afuera, ya les diré cuánto les toca a cada uno. Necesito hacer algunas llamadas.

Aquetzalli (Agua Preciosa), murió honrosamente dando a luz. De su vientre condenado vio salir a su criatura. Con la vida en retirada, alcanzó a escuchar el débil sollozo del pequeño y su cara se iluminó con una sonrisa. Así se hundió dulcemente en los brazos de la muerte.
Su afligido esposo, Mixtle (Nube Oscura), mandó a hacer una imagen que le recordara a su mujer. Cuando el artesano puso en manos de Mixtle la pequeña escultura, éste sintió que el espíritu de Aquetzalli se encontraba en ella y se lamentó de haberla encargado. Ella había renunciado al honor que se confería a todas las mujeres muertas de parto: convertirse en princesas celestes y acompañar a Tonatiuh (el dios sol), en su viaje desde el mediodía hasta el atardecer. Su espíritu decidió seguir junto a Mixtle y el bebé, viviendo en aquella efigie de cerámica.

Afuera de la oficina del “hombre-serpiente”, Nemesio y su equipo de profanadores de tumbas esperaban la recompensa tomando cerveza y recordando detalles de la jornada. Nemesio señaló a Vicente, un chamaco larguirucho con cara de caballo.
—Mira Vicente, te tienes que calmar, anoche hiciste demasiado ruido rompiendo calaveras, no me importan los muertos, pero sí que atraigas la atención de alguna patrulla.
Todos rieron, y eufóricos por el alcohol lanzaron maldiciones por la tardanza del patrón, les urgía sentir el dinero en sus manos para gastárselo en putas y licor.

La presencia de Aquetzalli, llenó de paz a Mixtle y a su pequeño hijo Coyoltzin, (pequeño Cascabel), ambos sintieron que ella los protegía y atraía la suerte para su casa. Le hicieron un pequeño altar a un lado de los dioses principales. Cuando Mixtle se sintió próximo a morir, le pidió a Coyoltzin que su mujer fuera puesta en su tumba para acompañarlo en el largo camino al Mictlán, la tierra de los muertos.

El “hombre-serpiente” hizo llamadas, tomó fotos de Aquetzalli y las mandó a los posibles compradores. Como él esperaba, la figura llamó la atención inmediatamente, era una pieza excepcional. Se generó un interés tremendo alrededor de su posible compra. Llovieron las ofertas. En medio del frenesí, había algo que lo molestaba, una sensación extraña que no le permitió disfrutar el momento, se sentía observado. De reojo, le pareció ver que de la escultura emanaba una luz rojiza, pero al voltearse no vio nada fuera de lo común. Respiró aliviado, pero al poco rato le pareció que la pieza se había movido de sitio, descartó el pensamiento, seguramente no se había fijado bien donde la había colocado en un principio.

Afuera, el alegre grupo de borrachos olfateó un olor extraño. De la oficina del patrón salió un humo blanco y denso, se alarmaron pensando en un posible incendio, pero el humo olía a copal, una resina aromática usada por las culturas precolombinas y que era quemada en ceremonias. Los hombres entraron en tropel y se encontraron con el patrón sin vida sobre el escritorio, su corazón y la figura de Aquetzalli rotos en mil pedazos. Por la noche, uno a uno, los profanadores morirían en sus camas, al tiempo que Aquetzalli y Mixtle se dispondrían a dormir muy juntos, unidos para siempre en el Mictlán.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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Soñando con mariposas por Ana Laura Piera — MasticadoresMéxico

Llevo ya algún tiempo colaborando con el proyecto Masticadores a quienes agradezco la confianza: (Edgardo Villareal, editor en México y a J.Re Crivello, fundador). Hoy se publicó este cuento mío al que le tengo mucho cariño. Está inspirado en la migración de la mariposa Monarca y primero se publicó en mi blog pildoras para soñar – blog de cuentos y otras cosas (wordpress.com)

Fotografía por Ana Laura Piera

—¡Ya vienen!  Su corazón se regocijó evocando cielos anaranjados y árboles cubiertos de pequeños fuegos vivientes. Como un olvidado eco de su niñez perdida, creyó escuchar otra vez la sabia voz del abuelo:  —Son las mariposas Monarca, Juanito: Papalotl. Así le decían los antiguos mexicanos. No hay insecto […]

Soñando con mariposas por Ana Laura Piera — MasticadoresMéxico

LO QUE NO FUE

Ucronía. ¿Y si Hernán Cortes? no hubiera hundido sus naves?

Con la espalda apoyada en la piedra sacrificial que le proyectaba el pecho hacia adelante, Hernán Cortés intentaba abrir los ojos para ver el cielo azul del mediodía, pero el intenso sol le cegaba. La posición era incómoda e insostenible. “¿Por qué no se apuraban?“.

Es un hermoso día para morir”, había pensado. En el ambiente flotaba el sonido de tambores y caracolas, música ritual que anunciaba algo de importancia. Subió sereno las escalinatas de la pirámide y la belleza de Tenochtitlán se reveló: una ciudad construída sobre un lago: con canales, calzadas, templos monumentales, casas y jardines. La cima estaba coronada por dos adoratorios y su destino yacía del lado derecho, coto del dios de la guerra. Pensó que era apropiado, raro hubiera sido que su vida terminara en el lado izquierdo, donde se adoraba a la deidad de la lluvia. No tenía duda sobre lo que iba a suceder, la piedra de sacrificios escurría sangre que llegaba hasta las escalinatas. Ya antes había escuchado los gritos desgarradores de algunos de sus incondicionales que corrieron esa misma suerte y cuyas cabezas estarían ahora empaladas en ese lugar horrible que habían visto cuando entraron a la ciudad como prisioneros.

De cara a la muerte se lamentaba de no haber llevado a cabo la idea de hundir las naves en las que llegaron desde Cuba y así impedir el éxodo de los que no estaban de acuerdo con sus planes. Con los barcos inutilizados no habrían tenido más remedio que continuar la empresa. No por nada los españoles eran famosos por su resistencia y valentía en el campo de batalla. La victoria y el reconocimiento hubieran estado esperándolos al final. El contraste de esa idea con su futuro inmediato le llenó la boca de amargura. Tras la deserción, el Cacique Gordo y sus súbditos totonacas apresaron a los que quedaban para mandarlos como un regalo a Moctezuma olvidándose de su alianza previa. ¡Traidores!

Se había encomendado ya a la Virgen de los Remedios y esperaba la muerte sin aspavientos. De repente una figura oscura se cernió en su horizonte ocultando la luz del sol que tanto le lastimaba. Pudo mirar: El mismísimo Tlatoani le sacrificaría, por eso la tardanza. Como en un sueño, escuchó el griterío de la gente de la ciudad, enardecida, congregados treinta metros abajo del lugar donde se encontraba. El cuchillo de obsidiana bajó como un relámpago y se hundió en su pecho. Increíblemente no sintió dolor, pero la luz empezó a menguar. Alcanzó a ver su corazón sangrante en la mano levantada de Moctezuma. Luego sobrevino la negrura final.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

Como nota personal, me queda claro que si no hubiera sido Cortés, hubiera sido otro conquistador. Las civilizaciones de América en esa época: (Mexicas, Incas, Mayas) y otras sociedades intermedias, tenían una desventaja en cuanto a tecnología de guerra. Sus armas no podían compararse a las que ya había en Europa así que no se hubieran escapado de su destino. Otro punto es que esto que escribí es solo una de muchas posibilidades, tal vez aun sin hundir sus barcos, Hernán Cortes hubiera podido lograr todo lo que consigna la historia, ayudado por sus soldados y en alianza con algunas sociedades locales que odiaban a los mexicas y su imperio, que les imponía pesados tributos.

Si quieres saber de qué se trata la ucronía te recomiendo visitar el siguiente enlace: MICRORRETOS: ¿Y SI…? (concursoeltinterodeoro.blogspot.com)

El anterior relato no participa en el reto pero me quedó muy buen sabor de boca el participar con: LILIBETH, que se encuentra en este enlace: RETO DE ESCRITURA (HACER UNA UCRONÍA) – pildoras para soñar (wordpress.com) así que decidí intentarlo nuevamente.

Si gustas saber más sobre Tenochtitlán y la sociedad mexica:

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EL SUEÑO

Photo by Pixabay on Pexels.com

Nos despertó el olor a cigarrillo que comenzó a invadir toda la casa. Mi padre se puso a maldecir: —¡Carajo apenas son las ocho de la mañana y la pinche vieja ya está fumando!

Corrí al cuarto de la abuela, cuando entré en su habitación me pareció ver que escondía una botella de tequila debajo de su almohada pero me hice el tonto.

—¿Tita qué tiene?, usted nunca fuma tan temprano—. Me miró con ojos perturbados y me dijo:

¡Ay mijo, otra vez lo soñé!—. La noté temblorosa, alterada. Ya antes me había contado que seguido se le aparecía en sueños un indio muy viejo que le hablaba en una lengua que ella no comprendía.

—Alvarito, ahora sí le entendí todo, habló clarito en castellano.

—Cuénteme.

—Espera deja prendo otro cigarro— de entre sus senos flácidos sacó una cajetilla arrugada.

—No Tita, no fume, ya nos ahumó la casa y mi papá está echando pestes. La abuela se encogió de hombros y lo prendió igual. Recuerdo que lo apretaba fuertemente entre sus dedos arrugados y le dio una gran chupada.

El hombre me dijo algo bastante extraño: “Lloverá en tu parcela y tu tierra será fecunda nuevamente con la semilla ancestral.”

— ¿Tita qué rayos significa eso?

—No sé mijito—, luego me miró con ojos traviesos y sacó de su escondite la botella de tequila.

— No sea así… le hará daño.

—Alvarito estoy muy nerviosa, necesito relajarme un poco, es que si lo vieras: tiene el pelo largo y negro, como la boca de un lobo, usa una manta de algodón anudada en el hombro que le cubre casi todo el cuerpo, y un taparrabo esconde sus vergüenzas; todo él parece estar cubierto de sangre y su cara está llena de tatuajes. Me llena de espanto, he llegado a pensar que es el mismo diablo.

Salí de su cuarto intrigado, ¿que significaría el sueño?, ella no tenía tierras, entonces ¿de qué tierra le habían hablado?, ¿de qué semilla?. Durante el día me olvidé del asunto pensando que la demencia se había apoderado de mi pobre abuela.

Al otro día nos despertó un llanto extraño, primero pensé que sería el gato de la vecina, al volver a oírlo me dí cuenta que eso no era ningún gato. Mi padre maldecía de nuevo. Me levanté y me dirigí a toda prisa al cuarto de la abuela, pues el lloriqueo provenía de ahí. Cuando entré me quedé helado: sobre la cama se encontraba una mujer joven muy hermosa, su rostro tenía un aire remotamente familiar; estaba completamente desnuda, de sus magníficos pezones manaba un río de leche, entre sus piernas ensangrentadas estaba un bebé recién nacido de piel canela obscura, todavía los unía el cordón umbilical. Lloraba a todo pulmón como si quisiera acabarse todo el aire de la casa, la mujer me miraba azorada, comprendí: era ella, y lo dicho en el sueño, se había vuelto realidad.

Si quieres saber cómo sigue esta historia puedes visitar la continuación: https://tigrillasblog.wordpress.com/2021/06/09/quetzalpilli/

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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TIEMPERO…

Ante el riesgo de una inminente erupción, el tiempero no puede escuchar la voz del Volcán.


El volcán amaneció enojado, temblando y vomitando ceniza. Todo el pueblo se fue donde el “tiempero”: Don Facundo.

Le reclamaban que “Don Goyo”, como se referían a la montaña, no les hubiera avisado, le preguntaban que iba a pasar. Estaban asustados: los del gobierno habían venido en sus jeeps y en sus estúpidos uniformes y les dijeron que tenían que evacuar, pero la gran mayoría no estaba dispuesta a dejar sus casas, milpas y animales si no era por aviso del mismísimo volcán.

—Esta vez no me ha dicho nada —decía Facundo, confundido—.


La divinidad del volcán, aquella que le avisaba si habría lluvia o si tenía que estorbar el granizo, nada le había susurrado en sueños. El pavoroso temblor y la lluvia de ceniza lo habían sorprendido tanto como a los demás.

—De verdad, créanme, no sé que pasa-—gritaba angustiado.

Entre la multitud, Doña Socorro se apretaba las manos, y consternada, se mordía las uñas. Era la esposa del tiempero y guardaba un terrible secreto: llevaba tres noches dándole de cenar a su esposo unos tamales hechos con carne de cerdo, res y pollo. A la masa de maíz y manteca se le echaba aparte caldito de frijoles y queso de cabra. Doña Socorro lloraba, estaba segura que su marido no había oído la voz del volcán debido a la indigestión causada por los tamalitos, pero no se atrevía a expresar sus sospechas.

La multitud se volvía cada vez más violenta, Don Facundo maldecía en su interior, hablándole al volcán: “Carajo Goyo, ¿porqué no me has avisado de esto? ¿no ves que me van a linchar? ¿ya no soy tu vocero? ¿me has desechado? ¿quieres acaso que todos muramos?”

El volcán volvió a rugir y a estremecerse; la gente salió corriendo para sus casas. Doña Socorro no aguantó más y fue donde estaba su marido y le confesó todo. Facundo comprendió y decidió no probar bocado hasta que pudiera volver a escuchar la voz que le había hablado en sueños desde que era un niño.

A la segunda noche de ayuno y oración, sucedió:

—Carajo Facundo, ya no cenes tanto.

Nada mas escuchar aquella voz, cascada por los siglos, Facundo sintió que le volvía el alma al cuerpo, no pudo evitar sonreír de felicidad y contestó:

—Te lo prometo.

—Me desespera que no me escuches.

—Lo se, perdóname, no volverá a pasar. ¿Sabes?, la gente esta muy inquieta, ¿debemos preocuparnos?

—No, hombre, los espero como siempre en mi cumpleaños el 12 de Marzo. Llévenme mole de guajolote, tequila y música.

—Asi se hará, ¿entonces, no hay peligro? —insistió Facundo.

—Que no, sólo andaba enojado, no me escuchabas. Diles que no pasará nada, ¡ah! y no se olviden de llevarme mi mole, y para ti, prohibidos los tamalitos…

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

Curiosidades:

Los “tiemperos”, “graniceros” o tlauquiazquis son personas con el don de manipular el tiempo atmosférico. Mantienen el equilibrio para que sea propicia la vida en el campo y piden la lluvia durante el mes de mayo. Los tiemperos son el vínculo entre el mundo de los vivos y el de los seres sobrenaturales. Su origen se remonta a tiempos prehispánicos.

“Don Goyo” es el nombre cariñoso que los habitantes en las cercanías le dan a su vecino, el volcán Popocatépetl, en lengua nahuatl ‘el cerro que humea’, un volcán activo ubicado a 73 kms. de la Ciudad de Mèxico. La montaña es tratada como una persona que a la vez es una deidad, se le celebran sus cumpleaños y se le hacen ofrendas de alimentos en señal de respeto.

El término “mole” (del nàhuatl molli o mulli) se refiere a varios tipos de salsas mexicanas muy condimentadas hechas principalmente a base de chiles y especias, y que son espesadas con masa de maíz, tortilla o pan, también se refiere a los mismos guisos a base de carne o vegetales que se suelen preparar con estas salsas espesas. El mole es de origen prehispánico y era ofrecido en ceremonias como ofrenda a los dioses

El tamal (del nahuatl tamalli) es un alimento de origen mesoamericano preparado generalmente a base de masa de maíz  rellena de carnes, vegetales, chiles, frutas, salsas y otros ingredientes. Son envueltas en hojas vegetales como de mazorca de maíz o de plátano, entre otras, y cocida en agua o al vapor.​ Pueden tener sabor dulce o salado.

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Xoloitzcuintle

Un perro entabla un diàlogo con una serpiente de piedra en la moderna Ciudad de Mèxico. ¿De què hablaràn? Cuento corto, original.

La vida en la Ciudad de Mèxico es muy ajetreada, todos los dìas por el centro de la ciudad hay un interminable ir y venir de personas, vehìculos y perros callejeros.

Un dìa por la esquina de las calles de Pino Suàrez y Repùblica del Salvador, pasaba uno de estos perros, en tan mala condiciòn que no se advertìa a simple vista que se trataba nada menos que de un Xoloitzcuintle, una raza endèmica de Mèxico, muy apreciada y con una estrecha relaciòn con la antigua cultura mexica.

El perro fue a echarse justamente en la esquina del edificio que alguna vez fue el palacio de los Condes de Santiago de Calimaya y despuès se convirtiò en el Museo de la Ciudad. Donde hay una talla prehispànica con la imagen de una cabeza de serpiente. Èsta pareciera querer salir del interior del edificio, se asoman sus fauces y sus fosas nasales, pero sus ojos y el resto de su cuerpo estàn ocultos.

talla de cabeza de serpiente. Museo de la CDMX

La serpiente de piedra oliò al “xolo”, (como se les dice cariñosamente en Mexico a esta raza en particular), y se estremeciò pero no dijo nada. El animal empezò a rascarse la oreja, llena de desagradables granos. Asì pasò un rato.
-¿No te molesta no poder ver? -preguntò al fin el “xolo”.
-No, -dijo la serpiente-, me dejaron libre lo màs importante, mi narìz. A travès de ella puedo oler y asì percibo todo. Muchos de mis hermanos ni siquiera tienen eso. -Dijo refirièndose a otras cabezas de ofidios talladas y que se encontraban ocultas, desperdigadas bajo los cimientos de las primeras construcciones edificadas por los españoles tras conquistar Tenochtitlàn, capital de los Mexicas.
-¿Hueles la ciudad? -preguntò el “xolo”.
-Sì. Y no me gusta. Extraño los olores antiguos: el olor a copal mezclado con el olor a sangre, por ejemplo, o el olor a flores y a limpio combinado con el olor de la muerte. El perro fijó la mirada en la lejanía, parecía saborear tambièn aquellos recuerdos. -Acabo de pasar por el lugar donde alguna vez estuviste. -Se referìa a un muro que delimitaba la ciudad sagrada y que habìa estado decorado con muchas cabezas talladas en piedra y con forma de àspid, como con la que estaba hablando.
La serpiente suspirò. Fue un suspiro largo y nostàlgico. Llevaba casi quinientos años “incrustada” de forma humillante en aquel edificio colonial.
-Si quieres -dijo el “xolo”-, te puedo liberar. Lo sabes bien.
-No, dèjame un rato màs aquì. Tengo la esperanza que un dìa caiga esta ciudad. Quiero deleitarme en el olor de su derrota, capturar el olor de su destrucciòn.
-No apostarìa a eso, -respondiò el “xolo”-, pero bueno, es tu elecciòn. Me voy. Regresarè despuès a ver si ya quieres irte al inframundo, ya sabes que yo serè tu guìa. Ese dìa descansaràs.
La serpiente suspirò nuevamente y luego callò.
La gente que pasaba no advirtiò que aquel perro lastimero se alejaba y conforme lo hacìa se transformaba en un precioso ejemplar: su piel ceniza llena de granos y descuidada, mudaba a piel obscura, sana y sin pelaje; excepto por un mechón desafiante que surgía de su cabeza. Antes de convertirse en humo y desaparecer por completo, el perro sufriò otra transformaciòn: su cuerpo de perro cambiò a cuerpo de hombre pero conservando su cabeza de animal. Era Xòlotl, el dios prehispànico del ocaso y de los espìritus, el cual ayudaba a los muertos en su viaje al Mictlàn, el inframundo.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

Xoloitzcuintle, raza de perros endèmica de Mèxico

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SOÑANDO CON MARIPOSAS

cuento corto, original, inspirado por la migraciòn de la mariposa monarca

fotografía de Ana Laura Piera

—¡Ya vienen!

Su corazón se regocijó evocando cielos anaranjados y árboles cubiertos de pequeños fuegos vivientes. Como un olvidado eco de su niñez perdida, creyó escuchar otra vez la sabia voz del abuelo:

—Son las mariposas Monarca, Juanito: “Papalotl”. Así le decían los antiguos mexicanos. No hay insecto más valiente que ellas, ¡No señor, no lo hay!

Y aquella tarde, como tantas otras, abuelo y nieto habían espiado el horizonte para verlas llegar, cada uno con la ilusión de ser el primero en anunciar su retorno. Juan Manuel recordaba quedarse dormido, para después despertar ante el grito jubiloso del anciano:

—¡Niño, levántate, ya están aquí!

Entonces, sus ojos jóvenes y sedientos, se abrían inmensos para beber sin medida el espectáculo fascinante de millones de pequeñas mariposas llegando a los bosques de Oyamel en tierras Michoacanas.

—Vienen del norte hijo, de muy lejos. Vienen huyendo del frío. Son increíbles, recorren muchos, demasiados kilómetros para llegar aquí. Si hubiera ido a la escuela te podría decir cuántos, pero no lo sé.

La voz del abuelo sonaba diferente cuando hablaba de las Monarcas, Juan Manuel pensaba que parecía otra persona, rejuvenecido por la emoción y el asombro. Al igual que un terrón de azúcar diluyéndose lentamente en la boca hasta que solo queda un dulce regusto, así se desdibujó el recuerdo del viejo. Ahora, Juan Manuel ya no era el niñito de 8 años sino el joven de 17, soñando con emigrar como las mariposas. “Quiero ser como ellas” pensaba. “Elevarme y recorrer todo el camino hasta el norte, ganar mucho dinero con mi trabajo”.

Le habían hablado de los peligros que enfrentaban los migrantes que viajaban a los Estados Unidos, pero cuando pensaba en las Monarcas todo le parecía posible: “Ellas son tan osadas, tan fuertes y resilientes. Algo me habrán enseñado todos estos años de observarlas”.

Y Juan Manuel se fue de su tierra natal sintiendo aletear dentro de él, un par de hermosas y simétricas alas. Tenía la voluntad puesta en un solo objetivo: llegar y triunfar. Había iniciado el viaje al mismo tiempo que las mariposas regresaban al Norte después de cumplir con parte de su ciclo de vida en el refugio boscoso. El cielo azul de abril se tiñó entonces de inquietos anaranjados, y siguiéndolas iba él. ¡Que importaban los pies sangrantes, la sed perenne, el hambre, los peligros y los maltratos! Él era una Monarca, como las que llegaban a su tierra y al igual que ellas, llegaría a su destino.

El “Norte”, la tierra prometida y sus habitantes, le recibieron cual pequeña y repulsiva larva, pero luego él se había vuelto una crisálida llena de promesas, para después emerger imago, adulto, alcanzando un modesto éxito como forastero en tierra ajena. Así, se había forjado una vida, se había reinventado a sí mismo, pero nunca había olvidado México, su tierra, cuya voz constantemente escuchaba por las noches, llamándolo: “Juanito, Juan, Juan Manuel…”

Igual que las mariposas, un buen día emprendió el viaje de regreso. Juan Manuel espera hoy nuevamente a las Monarcas. Las arrugas surcan su rostro, su pelo se ha teñido de blanco. Ya no sueña con irse o regresar, sino con ser como esos guerreros mexicas de los que su abuelo le hablaba. Aquellos que, muertos en batalla, se elevaban hasta el sol, y después de ayudarlo a andar por cuatro años, se iban al paraíso. Ahí, eran transformados en pájaros o mariposas, y pasaban el tiempo libando miel de las flores. Él sabe qué clase de mariposa desea ser: Quiere ser una Monarca, lo desea con toda su alma.

Autor: Ana Laura Piera Amat / Tigrilla

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Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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NAHUAL ENAMORADO

¿Que pasa cuando un personaje màgico se enferma de amor por un ser humano? Cuento original inspirado en los “nahuales” de la cultura mexicana

Dentro de las culturas mesoamericanas un nahual es un brujo o ser sobrenatural que tiene el poder de transformarse en un animal. El término se refiere tanto a la persona como al animal en que se transforma. Este cuento habla sobre un nahual:

photo by Philip Pilz / Unsplash

Me llamo Adolfo: soy feo, bajito e insignificante. Tengo ojos pequeños, casi inexistentes. Mi piel es del color del cacao y mis cabellos negros y tiesos se elevan al cielo como púas. Un ser ordinario por fuera, pero por mis adentros fluye como savia una sabiduría ancestral mágica y profunda.

Tú no reparas en mí cuando te miro largamente a la salida de la iglesia y una horda de admiradores te sale al paso. No te das cuenta de que las beatas y solteronas del pueblo te miran con envidia mal disimulada. También me ignoras cuando te veo atendiendo tu puesto del mercado; envuelta en el dulce aroma de los melones y las naranjas. Tu belleza opaca la de las frutas más hermosas, como el durazno o la pitahaya. Tampoco te percatas de mi existencia cuando admiro tu grácil figura mientras le das de comer a las palomas en la Plaza Grande.

No sabes que existo… ni quieres saber.

Porque también soy un perro negro de ojos rojos que se mete en tu casa cuando estás dormida. Entro muy despacito, sin hacer ruido, guiado por el olor de las frutas que vendes y que impregna tu piel. ¡Cómo me gusta verte como te estoy viendo ahora! Tendida en tu blanco lecho, respirando agitada, sudando y temblando de angustia cuando intuyes en tus sueños mi presencia. Ahí no puedes ignorarme más. Y yo me enfermo de ganas de ti. Me da miedo estarte viendo como perro, el deseo que me ha traído hasta aquí de repente se desdibuja y me entra un hambre atroz, quisiera darte de mordiscos en los muslos, masticar tu suave carne y que formes parte de mí. Pero luego recobro la lucidez y recuerdo que soy Adolfo, me olvido de mordiscos y pienso en besos y caricias.

Afortunadamente para ti no puedo tocarte. Las tijeras en cruz, el romero y las agujas que siempre pone tu madre debajo de tu cama te protegen. Soy un nahual, un nahual enamorado y algún día serás mía para siempre.

Autor: Ana Laura Piera /Tigrilla

Este cuento fue tomado como base para hacer un cortometraje por D MENTE PRODUCTIONS “Un amor de Nahual” de Eli Rosales Santiago que fue registrado para participar en Cannes 2012. La página de DMente productions https://www.dmenteproductions.com/newpage

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