LA CASA DEL POZO

Mi participación en el concurso de relatos de “El Tintero de Oro“.

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LO ÚLTIMO QUE ANA RECORDABA era haber hecho el amor con Adolfo y después ambos se habían quedado dormidos. Ella había caído en un sueño intranquilo que mutó a pesadilla: Se sintió arrastrada violentamente por el piso de la habitación y luego por las escaleras hacia la planta baja. Al terminarse las baldosas frías de la estancia, percibió, debajo de ella, el frescor del césped. Se le reveló el cielo nocturno y notó que solo con un ojo podía ver, el otro estaba cerrado y le dolía. “¡Que alguien me despierte ya!”. Tierra y piedras punzantes empezaron a desgarrarle la espalda, ya de por sí lastimada. Ahora iban sobre el sendero. Se estremeció al pensar en lo que había al final. Mientras era arrastrada, figuras etéreas se asomaban curiosas: un hombre y una mujer fumaban, y sus cuerpos se confundían con el humo de sus cigarrillos. Un perro hecho de niebla ladraba sin producir sonido. Pasó junto a una niña pálida, transparente, que mordisqueaba sin ganas una galleta borrosa. La niña volteó a mirarla. Se acordó de su Ceci, tendrían la misma edad: 4 años. Se sintió levantada en el aire y cesó un poco el sufrimiento. Su cuerpo herido estaba apoyado en el borde del pozo. Entonces lo vio: “¡Adolfo! ¡Amor, despiértame!” Sus miradas se cruzaron y él pareció titubear, pero MI voz en su cabeza insistía “¡Tírala! ¡Hazlo ya!”. Terminó empujándola. Ella se sintió caer al vacío y el agua la envolvió.

LA TARDE EN QUE LLEGARON, el cielo se vistió de luto y lloró presagiando desastres. Los tres jóvenes traspasaron mis rejas exteriores cubiertas de herrumbre y sofocadas por el abrazo apretado de la maleza. Cuando abrieron las puertas de la residencia principal, sentí dolor de entrañas, de buena gana los hubiera vomitado en ese mismo instante. Su presencia solo significaba una cosa: El viejo Adolfo Santillán estaba muerto, y sus hijos Jaime, Juan José y su media hermana -más joven que ellos- Cecilia, habían venido a mirar la herencia.

Las abominables voces llenaban el aire: “¡Pero qué descuidado está todo!”, “¡Claro, el viejo lo tenía abandonado desde hace quince años!”. Entre aquellas voces calculadoras y frías escuché un sollozo disfrazado:

—No me gusta estar aquí, este lugar me da escalofríos —dijo Cecilia.

—¿De qué hablas? —le preguntó Juan José en su característico tono burlón.

—¡Esta es la casa de mis pesadillas! —contestó sobrecogida, recordando las veces que se había despertado envuelta en un sudor frío después de haber soñado conmigo.

Avanzó la tarde y el tiempo empeoró. La lluvia golpeaba mis techos con fuerza y latigazos de luz iluminaban brevemente mi interior a través de los enormes ventanales. Se hizo evidente que no podrían regresar y decidieron pasar la noche entre mis paredes manchadas y apestosas a humedad. Jaime fue a traer del carro un par de linternas y algunas otras prendas de ropa que llevaban. Se acomodaron en una de las habitaciones, extendieron parte de su ropa en el piso y ahí se echaron. No era fácil conciliar el sueño en medio de telarañas, goteras y polvo acumulado de tres lustros.

De improviso, escucharon golpes, primero pensaron que era el edificio que crujía por los cambios de temperatura, pero luego se repitieron, cada vez más fuertes y violentos. Alumbraron con las linternas y Jaime quiso levantarse, pero sintió una embestida en el estómago que le sacó el aire y lo hizo caer: de los viejos estantes, libros y adornos comenzaron a lanzarse con violencia hacia ellos. Entre gritos de terror, se cubrieron la cara con los brazos. Mis paredes crujieron con sonidos de pesadilla y un frío glacial hizo que entrechocaran los dientes. Los tres hermanos se abrazaban entre sí con ojos desorbitados. Las linternas murieron y reinó la oscuridad. Las cosas dejaron de volar, cesaron los golpes y un silencio ominoso les erizó la piel y fue interrumpido por un grito:

—¡Me habla! ¡Me está hablando! —gritó Cecilia.

—¿Quién te habla? —preguntó Juan José con un hilo de voz.

—¡¡La casa!! ¡¡La maldita casa!!

Cecilia lloraba. Insistía en que se fueran y estuvieron a punto de salir corriendo, pero una sucesión de estruendosos relámpagos y el recrudecimiento de la tormenta les disuadieron. Al menos en la habitación ahora todo parecía más tranquilo.

“Cecilia, ven…” MI voz antigua la despertó. “Ven…” Se levantó como autómata y recorrió la casa y luego el sendero sin sentir las piedras y guijarros en sus pies desnudos. Pronto llegó a la orilla del pozo. De la negra boca surgía mi voz que retumbaba en su cabeza. “Ven…” Ella se asomó y su cuerpo se fue doblando peligrosamente… “¡¡Cecilia!! ¡¡Despierta!!” Como una exhalación los brazos y la voz de Jaime, que la había seguido, la rescataron de encontrar la muerte en el regazo del agua.

Una inspección posterior del lugar reveló los huesos de Ana Cárdenas. Una antigua empleada que había desaparecido bajo circunstancias sospechosas. Hoy la osamenta de Ana reposa en el cementerio, no así su espíritu, que al igual que muchos otros, impregnan mis muros y rincones. Ellos y yo somos uno y permaneceremos unidos hasta que yo sea quemada hasta los cimientos. Cuando eso pase, morirá conmigo el misterio de su vida y de su muerte. En cuanto a Cecilia, la pequeña que tuvo que abrigar su orfandad en una casa extraña, ella aún sueña conmigo pues hay pesadillas que duran para siempre.

900 palabras

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

Este relato participa en el concurso convocado por El Tintero de Oro. Si quieres saber más, te invito a que pases por su blog, y además te enterarás de un montón de cosas interesantes sobre Shirley Jackson autora de “La Maldición de Hill House” ¿Qué esperas? https://concursoeltinterodeoro.blogspot.com/2021/04/concurso-de-relatos-xxvi-edicion-la.html#comments

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LA JOSEFINA

Photo by Mikayla Meeker on Pexels.com

Es muy de mañana en el puerto, el sol aún no asoma su despeinada cabeza en el cielo. Comienza la actividad en el bulevar. Las motos que vienen de lejos se oyen como mosquitos desafinados. Los autos rompen en un estruendo molesto al pasar junto a mí. Yo camino rápido, el doctor me ha dicho que es el mejor ejercicio. Me lleno los pulmones del aire tibio y salobre de la costa, es el mismo olor de siempre, pero al pasar “Duncan” el perro negro criollo de Josefina, me llega un efluvio a flores marchitas mezcladas con perfume “Madame Rochas”. El olorcito me desconcierta, mas lo olvido pronto, siento pena por el pobre animal, su dueña murió recientemente, Supongo que está tan acostumbrado a los paseos mañaneros con ella, que no puede todavía “entender” que ella ya no existe. Veo el oscuro trasero alejarse a buen paso, mejor que el que llevaba cuando Josefina aún andaba en este mundo.

La escena se ha repetido diariamente: “Duncan” pasando a mi lado, dejando el mismo olor extraño. Pensamientos con aguijón comienzan a prenderse a mi mente y al pensarlos me da un estremecimiento: pienso que Josefina podría seguir aquí, en el mundo de los vivos, y que la estela olorosa que deja su perro es en realidad el aroma de su fantasma. Le he dicho a Genaro, mi esposo, que sirva de algo y use sus horas de jubilado montando guardia para ver si alguien entra o sale de casa de la difunta. La pobre no tenía familia, vivía sola y tenía por única compañía a “Duncan”; aunque quizás algún pariente se está haciendo cargo de él ahora que ella ya no está.

Mi viejo se lo toma muy en serio, y en el techo de nuestra vivienda monta un telescopio dirigido a la casa de Josefina, ubicada al otro lado de la calle. Al cabo de una semana tengo un informe detallado: El único ser vivo que entra y sale ha sido el perro, quien no sufre de hambre pues todas las mañanas amanecen sus platos de alimento a tope con croquetas y agua. El reporte de Genaro incluye la observación de que el jardín exterior se está muriendo, pero el interior esta como siempre: verde y hermoso, las flores de Josefina mejor que nunca. Nota al pie: no hay señal de los desperdicios del perro. O él mismo ha aprendido a recogerlos, servirse alimento y regar las plantas o … Josefina sigue entre nosotros.

Hoy me he armado de valor: Ahí viene “Duncan” y…. Josefina. Me apuro para que el perro no me deje atrás y comienzo a balbucear como loca: “Jose… Jose… Espera….cuéntame…¿Qué se siente estar difunta? ¿Duele morir? Noto que ahora estás más ligera, vas más rápido, ahora vas a paso de liebre y no de tortuga. ¡Cuéntame! ¡Dime qué hiciste! el Genaro y yo quisiéramos seguir por acá después de muertos ¿Es posible? ¿Hay otros como tú? Dime, anda no seas mala…”

Casi me desmayo al ver a “Duncan” acortar su zancada hasta pararse por completo, me lanza una mirada inteligente con sus ojitos cafés y entonces percibo que “algo” me envuelve, el olor a flores marchitas y a perfume antiguo me rodean. Creo que estoy inmersa en el fantasma de Josefina: Siento frío, nostalgia, siento ausencia de carne y sangre. Dura muy poco, de pronto “Duncan” ha reanundado su paseo. Josefina me ha susurrado el misterio de la vida y de la muerte, pero yo no entendí. No hablo el lenguaje de los fantasmas.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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EL DESMADRE

Pedro regresó de la iglesia con tres saquitos que parecían ser de arena. Cuando su mujer, Remedios, los vio se persignó. Eran las cenizas del hijo de ambos, “Pedrito”, muerto en un accidente a los veintiun años. Los otros dos sacos correspondían a la madre de Remedios y al padre de Pedro. La iglesia no toleró el retraso de más de cuatro meses en el pago de las criptas por lo que ahora tenían que buscarles otro lugar de descanso. Los cónyuges de ambos ancianos, fallecidos también hacía ya bastante tiempo, se encontraban, por azares del destino, en otro lugar.

Pedro se fue derechito al jardín seguido de Remedios. Decir “jardín” era una exageración, se trataba de un diminuto parche verde en la parte trasera de la pequeña casa de dos pisos que tenían en Ciudad de México.

—¿Cómo? ¿En el jardín? —preguntó su mujer escandalizada.
—No hay lugar mejor, Remedios. Además dicen que es buen abono, podemos esparcirlos sobre el pasto, crecerá bonito —replicó su marido, que era un hombre muy práctico.
—No creo que a mi mamá y a tu papá les guste estar ahí mezclados. Acuérdate el día del pleito. Y hay que pensar en Pedrito, no me lo imagino aguantando broncas. Hay que darle paz
—dijo Remedios retorciéndose las manos de preocupación.

Pedro se quedó pensando. Recordaba aquel altercado: los dos viejos se habían peleado por defender cada uno cosas de su tierra, empezaron con la comida y acabaron con el baile:

—La gente de Jalisco baila mejor que la de Veracrúz. La prueba está en el Jarabe Tapatío, que es conocido en todo el mundo —había dicho la anciana con aire de suficiencia y la ácida respuesta no se hizo esperar: —Los de Jalisco bailan con las manitas atrás, como amanerados, mientras que los de Veracrúz con las manos sueltas, ¡como verdaderos hombres! La anciana había tomado el bastón y hubiera golpeado sin piedad a su interlocutor, quien era unos años más viejo que ella; pero Pedrito, quien aún vivía, había intervenido oportunamente: —Vamos abuelos, dejen de pelear, por favor.

—Quizás tengas razón mujer —dijo Pedro—. Sería bueno separarlos. Mañana vamos por tres macetas y tierra y los sembramos con alguna planta.

Remedios sonrió, le gustó la idea.

Al otro día compraron tres macetas baratas y geranios de diferentes colores para cada una, que estaban en oferta. Por la tarde, en el jardín, además del pasto había tres macetitas, cada una con las cenizas de un difunto. Remedios las marcó para saber quién era quién. Puso a Pedrito en medio de los abuelos para evitar problemas.

—¿Nos quedó bien no? Así no se pelean —dijo Pedro medio en broma y se fueron a dormir.

Por la noche ruidos extraños los despertaron; bajaron las escaleras muy asustados y encontraron las sillas del comedor desacomodadas y tres vasitos tequileros a medio llenar.

Otra noche oyeron música, y a la siguiente oyeron plática sabrosa y carcajadas.

—Creo que se caen bien después de todo —dijo Remedios frotándose los ojos que ya mostraban unas tremendas ojeras por las desveladas.
—El problema es que no nos dejan dormir —dijo Pedro y pensando en poner orden bajó muy decidido y encontró el desbarajuste usual, entonces dijo a voz en cuello: —Nos encanta que se la pasen bien, pero procuren hacer su desmadre afuera y sin tanto ruido. Gracias.

Desde ese día los difuntos procuraron hacer sus reuniones sin molestar demasiado a los vivos. Nunca se enojaron; en el más allá se olvidan las rencillas y solo queda acompañarse mutuamente. Remedios y Pedro vieron complacidos crecer los geranios que añadieron color y vida al “jardín”.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

Desmadre: juerga desenfrenada

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FRIO DESPERTAR

Photo by Veit Hammer on Unsplash

Las veredas son angostas, a los lados hay pequeños jardines bien cuidados y extrañas edificaciones, pequeñas para ser casas. La luz proviene de faroles viejos que a duras penas alejan las tinieblas.

Siento frío y no se bien porqué estoy aquí. Me acerco a una pareja, son un hombre y una mujer, ella lo sostiene a él que parece sumido en un sueño muy profundo. En el rostro de ella se ve una gran aflicción, pienso en hablarle pero me arrepiento, ¡se ve tan triste!, así que sigo caminando.

Más adelante, el sendero dobla y desemboca en una calle muy amplia bordeada de altos cipreses que parecen gigantes oscuros y vigilantes. Me encuentro enormes cúpulas, arcos y ventanales por los cuales me asomo, sin poder ver nada. Sólo escucho el eterno eco de los sueños y se percibe el olor de los recuerdos. Hay un joven parado frente a uno de estos singulares edificios, es bello, su cara también refleja una tristeza melancólica, mira hacia abajo, como con pesar. Quisiera hablarle, pero temo incomodarlo.

A ratos me encuentro con estas personas. Una mujer hincada abraza una cruz, paso a su lado y siento que su mirada me sigue, pero no estoy segura. ¿Quién me dirá donde estoy? Todos los que veo están en posturas extrañas, algunos tienen los ojos hacia el cielo como preguntándose cosas, otros ven hacia el suelo, como queriendo encontrar la respuesta en la tierra. Manos en el pecho, brazos levantados, hombres y mujeres semiacostados, como dormidos, como en un sueño dulce y triste a la vez. Veo una niña muy pequeña sentada sobre unos escalones, su pelo le cae en cascada sobre los pequeños hombros y sonríe. Me acerco y me siento junto a ella, la toco, pero está fría y rígida: es de piedra. Asustada, me levanto y me alejo. Corro.

Nadie me ayuda, ni los ángeles de alas extendidas y ojos manchados. Ya no sé si son lágrimas o es el tiempo que destila por sus ojos. Todos tan fríos, tan solemnes, estoy a punto de llorar y gritar de desesperación cuando alguien me toma de la mano. La sensación es de una piel áspera y callosa pero tibia, aprieta mi mano en la suya y ese calor me reconforta. Por su andar cansino adivino que es un hombre viejo, su rostro esta semioculto con una capa. Parece conocer este laberinto a la perfección. Caminamos en silencio. Advierto que regresamos a la vereda donde inicié mi peregrinaje. Hay una chica que no había visto antes, tiene una flor en la mano, como ofrendándola al cielo, esta recostada sobre una pared en la cual hay algo escrito, tiene los ojos cerrados. El lugar es bastante reciente, hay flores frescas, el hombre señala las letras, es un nombre…mi nombre. Suelta mi mano y me da un golpecito en la espalda, como animándome a entrar. Comprendo

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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MALENA

Un viudo falta a su promesa.

Photo by Andrea Piacquadio on Pexels.com

Cuando a Alfonso le entregaron las cenizas de su mujer tibias aún, soltó un suspiro nacido del alma. No tanto de pesar sino porque hasta hacía poco tiempo tenía la impresión de que ese momento no iba a llegar nunca y que primero se iba a morir él que Malena.

Malena llevó su largo matrimonio de treinta y cinco años con modos dictatoriales pero efectivos. Durante todo ese tiempo Alfonso simplemente se había limitado a orbitar a su alrededor. Hasta en sus últimos momentos lo tuvo por noventa días en jaque pensando en que ese día se moría y a la mera hora…no.

Malena, la de las manos frías y voz rasposa de fumadora empedernida. Invariablemente todas las mañanas se despertaba y le decía: “Poncho, mi café”, y él, siempre obediente, corría a la cocina y le preparaba un expresso como a ella le gustaba: mezclado con un poco de azúcar y una rodaja de limón en el borde de la taza. También le había advertido que si ella se moría antes que él, no quería a ninguna mujer metida en su casa. “¡Prométemelo Poncho!”, decía con vehemencia y él asentía con cara de perrito fiel.

Pasó un tiempo antes de que Alfonso se fijara en alguien más y entrándole el entusiasmo juvenil que da el amor, se olvidó de aquella promesa. Un buen día se encontró despertando con otra en la cama que había compartido con Malena.

Los dos amantes cruzaron miradas. Alfonso estaba embobado con el brillo de unos ojos verdes que habían visto pasar tan sólo veintidós primaveras; en la maravilla que era la visión de su pelo largo y sexy desparramado en la almohada y en la cordillera perfecta que dibujaba su cuerpo en las sábanas. Empezó a sentir una erección.

La muchacha sonrió y le tocó con manos heladas, para luego, con voz rasposa decir: “Poncho, mi café”.

AUTOR: Ana Laura Piera / Tigrilla /

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EL HECHIZO

Cuento corto, original

“RECREACION” del cuadro “Ofelia” de John Everett Millais

El río que corría tranquilo cambió de ritmo repentinamente. Se observó una pequeña perturbación en el fluir del agua, un burbujeo que se fue haciendo cada vez más notorio. Después el agua se aquietó y la perturbación había tomado la forma de Marie, que aparecía transparente, líquida y en la misma posición en que la habían encontrado sin vida: semisumergida boca arriba, sus ojos mirando al cielo, sus ropas flotando como algas en el agua cristalina.

La hoguera que ardía frente a Isabeau, liberaba un humo negro y nauseabundo, como las cosas que se consumían en ella, pero faltaba el componente que haría toda la diferencia: unas gotas de su propia sangre.

“Marie, hermana eras un ser excepcional, en tí no sólo había belleza física sino una hermosura interior que hacía que todos te amaran. Bernard te amó como nadie. ¿Sabes Marie? a mí también me gustaba él. Envidiaba esos besos tan largos que se daban detrás de la casa. Pero ni él ni nadie reparó jamás en mí”.

“¡Espíritus del agua, devuelvan a Marie!”

“Regresarás a casa. Mamá enjugará sus lágrimas en tu pelo y papá no se cansará de mirarte. Tendrás a Bernard y todo lo tuyo regresará a tí.
Se quedó callada unos instantes y luego añadió en tono más bajo: “También seguiré siendo una estúpida niña creciendo a la sombra del ser más perfecto”

Con una espina pinchó uno de sus dedos. Una perla rojísima brotó de él. Sólo faltaba agregar al fuego un par de gotas rojas y Marie regresaría a la vida, pero la joven aprendiz de hechicera titubeó…

“No quiero volver a ser infelíz” — pensó.

Entonces tomó su dedo herido y lo metió a su boca, negando a la hoguera hambrienta la sangre vivificante. Las llamas se fueron apagando y la forma aparecida en el río se disipó lentamente. Isabeau miraba todo muy seria y muy triste, también se escuchó un llanto, el llanto de Marie al morir por segunda vez.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

Este cuento fue inspirado en el cuadro “Ofelia” de John Everett Millais. Si gustan ver el cuadro original: https://es.wikipedia.org/wiki/Ofelia_(Millais)

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ALIMENTANDO A LAS CARPAS

Cuento corto, original.

El discurso hueco de su padre le resultaba de lo màs irritante y sin embargo, arrancaba làgrimas a los asistentes. Màs de uno tuvo que sacar un pañuelo para limpiarse los ojos y sonarse la nariz haciendo ruidos infames. El orador cautivaba a su audiencia y los sumía a todos en un estado de mortificación difícil de superar. A todos menos a èl, que lo conocìa y sabìa de su propensiòn crònica al abandono. ¿Cuàndo había sido la ùltima vez que lo habìa visto antes de esto? tristemente no podìa recordarlo.

Decidiò dejar la ceremonia para caminar un poco y encontrò un estanque. Le llamò la atenciòn un pedazo de pan en el piso y lo recogiò; alguien habìa estado antes alimentando a los carpas japonesas que vivìan en èl. Comenzò a aventarles migas de pan. Observò fascinado como los peces cual flechazos de fuego se abalanzaban para ganar la recompensa.

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De repente oyò musica de mariachi, escogida por su padre. Él hubiera preferido música clásica alegre, quizás Vivaldi. Echò un ùltimo vistazo al estanque, ahora tranquilo despuès del frenesì. Extrañamente sintiò que debìa regresar al ataùd y ser uno con su cuerpo una vez màs;una especie de despedida en medio del frío cobijo de la tierra. Sería por poco tiempo pues tenía pensado regresar a a terminar de darle de comer a las carpas.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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OLVIDO

Cuento corto. Original. Un grupo de exploradores en una ciudad abandonada. Un final inesperado

ilustraciòn de Ana Laura Piera /Tigrilla

Entre las ruinas de la antigua ciudad, encontramos a un monje. Estaba afeitado y vestía una túnica naranja. Nos sonrió dulcemente y se ofreció a llevarnos para que conociéramos el lugar. Incluso mencionó una cascada cercana que podríamos visitar después del recorrido. El monje resultó ser un buen guía y nos contó todo sobre la historia de aquel lugar olvidado. Entrábamos en los ruinosos edificios ahora conquistados por las raíces de los árboles y el tiempo, y sin saber bien porqué, nos invadía una tristeza inexplicable. Llegó el momento de dirigirnos todos a la cascada. Acalorados y sudorosos, nos animábamos pensando en zambullirnos en el agua fresca. En un momento dado, pudimos percibir el estruendo causado por la caída de agua.
De repente, como volutas de humo, todos, incluído el monje, nos fuimos desvaneciendo en el aire. Nos tomó de sorpresa. A veces se nos olvidaba que éramos fantasmas.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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DIA DE MUERTOS EN MEXICO

¿Què sucede cuando se organiza un tour de difuntos por el paìs que menos miedo le tiene a la muerte?. Cuento corto, original.

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El alegre grupo llegó a México, estaban muy entusiasmados ya que llegaban justo a tiempo para las fiestas de muertos. Se trataba de un grupo de espíritus de diferentes partes del mundo. Alguien con gran visión comercial había estado organizando tours para ellos y ahora les tocaba visitar un país con una gran tradicion en el tema mortuorio.

Se rieron mucho con las calaveritas de azucar, que encontraron en casi todas las panaderias del país, todas estaban adornadas con papelitos brillantes y filigrana de azucar de diferentes colores. Algunas tenían nombres escritos en la frente. Uno de los viajeros un ruso de nombre Igor, estuvo buscando su nombre sin éxito entre las calaveritas. También probaron el delicioso pan de muerto. Bueno, probar es un decir, pues aunque podían comerlo, el pan salía de sus cuerpos en forma de migas secas conforme lo iban consumiendo. Los dueños de los establecimientos quedaban perplejos ante tanta miga de pan desperdigada por el piso.

La actitud de los mexicanos ante la muerte los hizo sentir como en casa, especialmente se sintieron reconfortados ante la visión de los grandes altares que se levantaban amorosamente dentro de las casas y en algunos lugares públicos. Estos altares estaban adornados con papel picado de diferentes colores y llenitos de las cosas que les gustaba a los difuntos en vida: sus platillos y bebidas preferidas como mole, tamales, pozole, mezcal, tequila y vino.   Ellos que conocían ya tantas partes del mundo coincidían en que no había otro país donde la muerte se viera de forma tan natural y no fuera tabú como en otros lugares. Para los mexicanos la muerte merecía una celebración por todo lo alto y hacian todo lo posible porque sus muertos se sintieran a gusto.

El día 1 de Noviembre muy de madrugada escucharon mucha algarabía y gritos infantiles, del cielo comenzaron a bajar en tropel miles y miles de espíritus de niños fallecidos quienes regresaban por una noche a disfrutar nuevamente con sus papàs, hermanos, tios, primos y amigos. ¡Había que ver sus caritas llenas de felicidad! Los pequeños bajaban a una velocidad pasmosa y en más de una ocasión alguno de los espíritus viajeros estuvo a punto de ser derribado por un pequeño. El día 2 de Noviembre, los que fueron llegando mas calmadamente fueron los espíritus adultos, éstos venían muy contentos también, formando pequeños grupos que platicaban animadamente y luego se diseminaban por la ciudad para entrar a sus respectivas casas y disfrutar de la hospitalidad de sus familiares vivos.

Un fantasma local, Crescencio, se ofreció a llevarlos a visitar un cementerio la noche del 2 de Noviembre. No podían creer lo que sus ojos huecos veían: gente comiendo y bebiendo junto a las tumbas de sus parientes, envueltos en el aroma de unas flores amarillas: la “flor de muertos” o en náhuatl: de zempasuchitl. Había canto y jolgorio de vivos y difuntos. Los viajeros pudieron apreciar como los muertos abrazaban a sus familiares vivos aunque éstos no lo notaran. Crescencio insistió en que probaran el mezcal y mas de uno de los espíritus viajeros acabó borrachito.

Al otro día ya iban de regreso a sus lugares de origen pero se llevaban a México en la memoria y ya hacían planes de regresar para el siguiente año. 

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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LA MUERTE ES UNA BROMA

Cuento corto, original.

(con motivo del Dìa de Muertos y Halloween)

Photo by VisionPic .net on Pexels.com

La muerte…¡ay la muerte! la muerte es una mujer cuya boca obscura como la noche se alumbra con el reflejo amarillento de unos cuantos dientes.
Tiene ojos negros, pequeños y sagaces, y un rostro arrugado como una pasa.  Lo que pocos saben es que es una señora de lo más bromista. Y si lo piensas bien, tiene sentido que así sea, o no podría sobrellevar la pesada carga que le ha sido impuesta.

 
Descubrí su sentido del humor una noche de Diciembre, mientras la mayoría festejaba las tradicionales posadas navideñas mi familia y yo, en cambio, sumidos en el dolor,  velábamos a la tía Eugenia, hermana de mi madre y muerta aparentemente por una indigestión.
Una sábana blanca cubría su pequeño cuerpo. Se percibia en el ambiente el olor de los cirios consumiéndose mezclado con el de las flores que comenzaban a marchitarse; era el olor que avisaba a la tierra para que se fuera preparando, para que se abriera y acogiera en su seno a algún difunto.

Eugenia había sido una persona agradable en vida; siempre tenía una sonrisa en el rostro; las palabras de aliento no se le acababan nunca.  Llegabas y enseguida se ofrecía para preparar algo rico de comer o de beber: un champurrado caliente, unos tamales, tal vez unas tostadas. No tanto porque tú quisieras, sino porque a ella se le antojaba, pero le sabía mejor si lo compartía contigo.
Mientras los grandes se preguntaban a quién le había dejado el rancho, los chicos llorábamos al pensar que ya no estaría ella para  prepararnos su delicioso pastel de natas.

La noche pasaba y los dolientes se retiraban en la misma proporción en que sentían la muerte de la tía. Los que habían ido sólo por compromiso hacía rato ya no estaban. De los que quedaban, algunos habían sucumbido al sueño y habían adoptado las posturas mas inverosímiles en las incómodas sillas del velatorio.  Pero todos, absolutamente todos, se habían llenado de miedo al escuchar la inconfundible y rasposa voz de Eugenia diciendo: “ATOLE”. La diminuta figura, cubierta por la sábana blanca se había incorporado y ahora pedía la típica bebida de maíz cocido con agua, como queriendo recobrar fuerzas después de su paso por la muerte. La mayoría salió corriendo despavorida mientras el “fantasma” pedía su atolito.

Yo alcancé a ver a la muerte en un rincón del velatorio, se estremecia con las carcajadas que en oleadas la visitaban y la dejaban exhausta al ver el revuelo armado por aquella resurrección inesperada.

La tía Eugenia vivió despèes de eso como veinte largos y saludables años, los niños que la vimos revivir ahora somos hombres y uno que otro se murió antes que ella lo hiciera de verdad. Yo por siempre guardaré la imagen de la muerte riéndose de su travesura, porque la muerte en realidad no es mas que una broma.

(Gracias a Luz por la anécdota que me inspiró para este relato)

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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