EL GUARDIÁN – Microcuento para el reto “Escribir Jugando” de Lidia Castro

Crea un microrrelato o poesía (máx. 100 palabras) inspirándote en la carta.
En tu creación debe aparecer el objeto del dado: Llave. Opcional: que aparezca en la historia algo relacionado con la flor de alerce (larch) que es la flor que saca una conífera. Cliquea en la imágen para ir al blog de Lidia Castro


Cruzando el Puente de las Almas, reparó en cuántos rostros de piedra le observaban desde el suelo. Eran personas que, sin percatarse de ello, habían traspasado la frontera y acababan en el Bosque Sagrado de los Alerces. Su castigo: volverse de roca. Vio con tristeza que eran demasiados. Entendió que debía cerrar para siempre el acceso. Nadie más hollaría la floresta sagrada y tampoco se perderían más vidas por cruzar un límite invisible. Él era el nuevo Guardián y usaría la llave. Se alejó pensando que toda existencia es valiosa.

92 palabras

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

https://bloguers.net/literatura/el-guardian-microcuento/

MAL DE AMORES

Microrrelato de máximo 75 palabras, basado en la carta (estrella), con la palabra del dado: (Olimpo) y que aparezca la flor de Bach: Agrimony.

Haz clic sobre la imagen para que visites el blog de Lidia Castro y te animes a participar.

Alhena*, salió del consultorio con su frasquito de esencia de Agrimony para sanear emociones. Ocultó a la terapeuta algunos detalles: sustituyó a Urano** por un padre dominador llamado Fermín, omitió que era una estrella de la constelación de Géminis e inventó que actuó en el teatro Olimpo en México. No mintió sobre su mal de amores, pero sustituyó al mago por el tramoyista. ¿Encontraría a Thuban? enferma de pasión, tenía que consumar su amor.

74 palabras.

*Alhena es una estrella de la constelación de Géminis

**Urano es uno de los antiguos dioses en la mitología griega. Es el padre del cielo y los cuerpos celestes.

La continuación de este relato sobre Alhena y Thuban la puedes leer en esta entrada de 354 palabras titulada De Magos y Estrellas (cliquea sobre la imagen)

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SUFRIMIENTO -Microcuento

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“El mundo es un pañuelo” dijo el dios y usó aquella bola redonda y azul para sonarse y secarse el sudor. Luego la lavó con fuerza y la exprimió deteniéndose justo antes de romperla. Tendida en el universo, la bola azul goteaba agua… ¿O acaso eran lágrimas?

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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VENENO- Microcuento

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He soñado que, como las víboras, mis glándulas salivales lanzaban veneno. Abrí la boca y tan sólo con pensarlo aventé un chisguete transparente que cegó al vecino que me acosa. Hice una lista y fui por todos…

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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La traición por Ana Laura Piera — MasticadoresMéxico

Imagen tomada de Unsplash     En algún lugar lo había leído, o acaso fue el tema de una película, o tal vez un videojuego que jugó en casa de algún amigo; como haya sido, el caso es que la idea le retumbaba en el cerebro desde entonces. Era una idea loca, sucia, imposible, pero […]

La traición por Ana Laura Piera — MasticadoresMéxico

LA VERDAD OCULTA

Cuando desperté, él estaba sentado en mi cama. Sus enormes ojos negros, sin expresión y sin fondo, parecían engullirme entero. Sentí sus dedos fríos y delgados como lápices acariciándome la cabeza. De los ojos y de los extraños orificios nasales, apenas dos agujeros negros sobre la piel cetrina, comenzó a salir un fluido amarillento. Parecía estar llorando.

No me dio miedo; en alguna parte de mi ADN palpitaba una verdad inquietante. Una luz enceguecedora se asomó por la ventana y parpadeó tres veces. Ante esta señal se levantó lentamente, como si le pesara alejarse. Se situó de tal modo que la luz lo envolvió y desapareció en ella. Brinqué de la cama y me asomé a tiempo de ver una nave extraña en forma de cigarro alejándose, primero lentamente y luego a una velocidad tan demencial que desapareció en un instante.

Me incorporé. Miré mis manos, examiné mis brazos, sentí mi rostro. No me parecía en nada a él sin embargo del fondo de mi ser fue subiendo incontrolable una palabra que pronuncié sin permiso de mis labios y que dejó una herida abierta a su paso: “¡Padre! ¡Padre!

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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LA PISTOLA

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Le apuntó por la espalda y tiró del gatillo. La desgraciada pistola no hizo nada, él solo sintió un latido en su palma. Lo intentó de nuevo… tampoco. La empuñadura palpitaba ahora, con fuerza… caliente al tacto… tanto, que estuvo a punto de soltarla. Su víctima ya se volvía después de retirar un par de cervezas del refrigerador. En un rápido movimiento, digno de un carterista, guardó la pistola en su backpack. Aceptó la cerveza que el hombre le ofrecía, conciliador. Sabía que el joven le visitaba por parte del temible Rojo. La cerveza era de esas de medio cuartito, que por alguna razón saben más ricas que las de tamaño estándar. En otras circunstancias la hubiera disfrutado, pero en tres tragos se la tomó. Estaba muy confundido. Torpe, buscó una excusa y salió de la tienda de segunda mano de Ramiro.

Recordaba las palabras del Rojo, el jefe de la banda criminal a la que aspiraba a entrar. “Tienes que demostrar que eres capaz de matar”. Con sus manos regordetas y pecosas, le había extendido el arma. Martín la había sostenido firme, no era ajeno a ellas. Alcanzó a ver unas cuantas balas que se asomaban del tambor. En ese momento sintió rara la culata, latiendo y caliente, pero lo atribuyó a su propia emoción.

—Ramiro Valverde nos debe dinero, a ese te lo puedes cargar. Es tu pase de entrada a la banda Martín.

Tras el asesinato frustrado de Ramiro su mente rumiaba: “Pinche Rojo, me dio un arma que no sirve ¿Por qué haría algo así? Se quieren burlar de mí todos”.

Se dirigió a casa de su abuelo, a quien le gustaban las armas y tenía herramientas especiales. Le pidió prestadas algunas y se dispuso a desarmar la pistola.

Su sorpresa fue mayúscula cuando la desmontó: en el cañón, apretujados, encontró intestinos, una parte de ellos era gorda y roja… inflamada, y la otra blancuzca y delgada. En la parte donde se alojaba el martillo había algo parecido a un hígado, de un color marrón rojizo. En la empuñadura, estaban otros órganos que no supo qué eran. No había rastro de las balas. Lo que sí reconoció al fondo fue un corazón rojo oscuro… palpitante. Pasó uno de sus dedos sobre los tejidos y los sintió calientes y húmedos. Una baba desagradable se le quedó pegada y casi saltó de la impresión. Asqueado se limpió la humedad en el pantalón. Armó de nuevo el arma, le costó trabajo pues no podía evitar la tembladera. Fue a entregársela al Rojo.

—No pude hacerlo—dijo tratando de disimular la repugnancia que se había adherido a su alma.
—Bueno, ni modo— había decepción en la voz del Rojo. La banda siempre necesitaba miembros jóvenes, para ir sustituyendo a los que morían—. No te quiero volver a ver por aquí. Desaparécete y no me causes problemas o ya sabes…

El joven de trece años se alejó pensando en regresar a la escuela y conseguir un trabajo los fines de semana. Nunca pudo quitarse de la mente la pistola.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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RETO DE ESCRITURA (HACER UNA UCRONÍA)

Mi participación en el reto de escritura convocado por El Tintero de Oro. Una ucronía es una reconstrucción de la historia basada en datos hipotéticos.

lo explica muy bien David Rubio en el siguiente enlace: MICRORRETOS: ¿Y SI…? (concursoeltinterodeoro.blogspot.com)

Punto “jonbar” o hecho histórico que ha sido modificado: ¿Y si Eduardo VIII de Inglaterra no hubiera abdicado? ¿Y si hubiera sido posible un matrimonio morganático con Wallis Simpson? ¿Y si hubieran tenido descendencia con derecho al trono?

LILIBETH

Esa fría mañana de enero había una ligera pero pertinaz lluvia que no desanimó a Isabel y a sus perros a dar una enérgica caminata por los alrededores de Craigdowan Lodge en Balmoral. Era como una niña junto a ellos. Al regresar del paseo, se sorprendió de encontrar a su marido, que le hacía una visita relámpago.

Se veía apuesto en su uniforme militar de la Kriegsmarine alemana: Resaltaba la chaqueta cruzada azul oscuro, el águila dorada en el pecho y rango en la bocamanga, indicando que era Capitán de Navío.

—¡Querida!—dijo él afectuosamente cuando la vio y ella se disculpó porque los perros habían pasado por un lodazal y la habían salpicado de barro. Desayunaron juntos y él le habló con entusiasmo del inminente fin de la guerra. El rey estaba felíz de poder ayudar al Führer a obtener el control total de Europa Occidental.

—Estoy contento Lilibeth —dijo mirándola a los ojos— solo lamento estar lejos la mayor parte del tiempo.

Isabel fingió interés y su mente divagó a las caballerizas, donde uno de sus apreciados caballos estaba enfermo.

—Tu tío manda saludos y Wallis está embarazada.

Isabel sonrió aliviada, como si la hubieran liberado de una pesada losa.

—¿Será posible que te pueda convencer de regresar a Londres? —preguntó esperanzado, aunque en el fondo sabía la respuesta.

—Querido no insistas, soy muy feliz aquí en Balmoral. No me puedo imaginar en otro lugar o haciendo otras cosas...

FIN

243 palabras incluyendo título

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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UNA NUEVA OPORTUNIDAD

Las manitas acariciaron el regordete y peludo cuerpo. Trazas de polvo se quedaron adheridas en sus dedos, pero ni lo viejo o polvoriento le importaba. La niña aceptó el regalo y lo abrazó con fuerza.

Hacía treinta años que el afelpado bulto no sentía un abrazo así. Recordaba su vida envuelta en una niebla causada por el tiempo: Primero estuvo a la vista de mucha gente, sintió muchas manos acariciarlo; cada una de ellas dejó en él huellas de grasa y suciedad. Escuchó expresiones de ternura, berrinches y regaños. Finalmente alguien lo llevó a casa. Recordaba un vuelo largo. Supo que había cambiado de país, pues tras el vuelo la gente hablaba diferente. Terminó en un cuarto de hospital como regalo para una recién nacida. Una muerte prematura le robó a la que estaba destinada a ser su primera dueña. Se quedó solo en una habitación de bebé, adornando una cuna vacía. Algunos meses pasaron y a la cuna llegó un pequeño bultito llorón que le haría compañía. Al final serían dos hermanas las que jugarían con él y le dirían :”El Oso” o “El Osito”.

Fueron días felices: “El Oso” tomó té y galletas, jugó a “la casita” y fue anfitrión de muchas reuniones. Con el tiempo esas agradables celebraciones se fueron espaciando cada vez más y terminó olvidado en un rincón. Nuevamente la soledad lo envolvió, pero el oso era muy paciente y nunca perdió la esperanza. Pasaron treinta años.

—Se llamará Lulú —dijo la pequeña.

—Pero es un “oso” de peluche; no una “osa” de peluche —dijo su hermano, un par de años mayor, con ese aire de autoridad que suelen tener los hermanos mayores.

—No me importa. Se llamará Lulú —dijo la niña con un tono de voz que no daba lugar a dudas.

En la cochera de la casa la última guardiana de Lulú, una de las dueñas originales, dio las últimas recomendaciones a los adultos.

—No olviden pasar por la tintorería, debe tener mucho polvo.

Su nueva propietaria la abrazaba con fuerza, y Lulú sintió que a su pequeño corazón de borra regresaba un calorcillo conocido que la iba llenando toda. Supo con certeza que su vida nuevamente tendría sentido. Además, por fin se habían dado cuenta de que era una osa y no un oso. Se sintió plena y felíz. Lista para nuevas aventuras.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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EL VICIO

“Esto se ha vuelto un vicio, un maldito vicio” —pensó Manuel mientras se dirigía al trabajo. Trabajaba como guardia en una galería de arte. Siempre había trabajado en el ramo de la Seguridad, salvaguardando los bienes de otros, mientras a él le robaban todo, hasta a su mujer. “Malditos turnos nocturnos, pinche vieja calenturienta”.

Ya no pensaba en sexo, hacía tiempo que su miembro era tan solo un apéndice fofo y casi sin vida, sin más oficio que el de soltar el chorro tibio de orina diaria, y aunque sabía que ahora existían medicinas que podían ayudarle, desconfiaba. Afortunadamente había algo que lo traía loco, su nuevo “vicio”, como él lo llamaba.

Sucedió una noche mientras él daba un rondín. Al entrar en una sala sintió un frío tremendo que lo hizo respingar. Maldijo a José, el chico encargado del climatizado, pensando que había dejado muy baja la temperatura de esa sala en particular. Cambió de opinión cuando algo helado le golpeó en la cara, “¿Nieve? ¡Qué locura!”. Partículas heladas golpeaban su rostro como si estuviera en medio de una ventisca. Se dio cuenta de que el frío provenía de una pintura, alumbró con la linterna y leyó “Paisaje Alpino”, autor: Max Besnard. Sintió una mezcla de miedo y curiosidad que lo hizo acercarse. De repente tuvo la sensación que el cuadro cambiaba de tamaño, se agrandaba, aunque en realidad era él quien se encogía. Se sintió caer al vacío, reaccionó y alcanzó a duras penas a asirse del marco de la pintura.

Logró sentarse a horcajadas sobre él, con una pierna en el “Paisaje Alpino” y la otra colgando sobre el marco, hacia la galería. Si se estiraba podía tocar la nieve, incluso hubiera podido entrar de lleno al cuadro, perderse en él, caminar en medio de aquella helada blancura y entrar en aquella casita típica que Besnard había pintado a lo lejos “¿Quién viviría ahí?”, tal vez tendrían café calentito ¡vaya que lo necesitaba! El frío le calaba los huesos. Aunque estaba maravillado, ahora se preocupaba por regresar. Intentar saltar desde el marco al piso era un suicidio, cerró los ojos tratando de pensar y de repente ya no estaba en el cuadro, sino de pie, con su estatura normal, empuñando su linterna a la pintura; ni rastros de frío o nieve, parecía que nada hubiera sucedido. Completamente desconcertado, se cuestionó: “¿Qué rayos había sido eso? ¿Una alucinación?”. Mientras terminaba su turno se repetía a sí mismo que todo debió ser una mala jugada de la mente, sin embargo cuando llegó a casa, vio su reflejo en el espejo, tenía la cara bastante lastimada por el frío, especialmente la nariz, tanto que al tocarla le dolía, además empezó a sentir los primeros síntomas de una gripe.

“Lo peor de vivir solo es cuando te enfermas y no hay quien se preocupe de que estés cobijado, o de que tengas suficiente medicina” —pensaba Manuel mientras guardaba cama. La dichosa gripe resultó ser bastante fuerte y lo obligó a faltar al trabajo. “Ni una llamada de nadie, ni siquiera un perro que me ladre, ni un caldo de pollo… Nada”. Tal vez si hubiera tenido hijos ahora no estaría tan solo, pero nunca fue niñero y en su juventud la idea de tener hijos le daba escalofríos.

A los dos días ya estaba de vuelta en el trabajo y recorrió el local una y otra vez deteniéndose más de lo normal en la sala donde se exhibía el “Paisaje Alpino”. Tenía la esperanza de repetir lo vivido días atrás, sin éxito. Tuvo más suerte otra noche, justo cuando ya se daba por vencido. Esta vez escuchó sonidos extraños: choques metálicos mezclados con gritos de hombres y bestias, aguzó el oído pues la fuente del ruido al parecer quedaba lejos de donde él se encontraba. Una mezcla explosiva de temor y curiosidad lo impulsó a caminar hasta una sala temática de “Grandes Batallas” y descubrió un lienzo titulado “Conquista de Jerusalén” de un tal Max Adler. Se quedó petrificado viendo cómo la imagen pintada en el cuadro cobraba vida, era una batalla entre fieros Caballeros Cruzados e indómitos Musulmanes. Tuvo miedo, pues la escena era terrible y brutal, corría sangre por doquier, tanta, que pudo oler el típico olor dulzón y sintió en la boca el sabor a hierro de aquella sangre derramada. A pesar de que la obra irradiaba un calor sofocante, tuvo frío tan sólo de imaginarse en medio de aquel campo de muerte. Experimentó nuevamente aquella sensación de que el cuadro se agrandaba, tal y como había pasado con el anterior, más en esta ocasión, al no desear meterse, logró evitarlo. El ruido cesó y el cuadro volvió a la normalidad. Suspiró aliviado.

Los días pasaron, y tuvo oportunidad de vivir cosas parecidas con otras obras. Logró controlar a voluntad el entrar o no en ellas. Eran mundos alternos que se abrían y se le ofrecían. Él decidía si quería ser parte de ellos. En una ocasión se asomó a un viñedo francés en época de vendimia y comió el dulce fruto hasta hartarse. En otra caminó entre Molinos de Viento en tierras Manchegas siguiendo el rastro de Don Quijote y Sancho Panza. También vio un naufragio desde una playa solitaria, el pintor no los había incluido, pero él divisó muchos cadáveres flotando en el agua cual pálidos fantasmas. Su favorito sin embargo, era la pintura de un galeón pirata en medio de un mar tempestuoso. Disfrutaba mucho sentarse en el marco y mirar las olas pasar tan cerca de él que lo salpicaban de agua salada. A menudo podía observar las sombras de enormes animales marinos que nadaban cerca del gran barco. De la nave le llegaba, atenuada por el rumor del mar, una fiera melodía que los piratas cantaban al calor del vino. Llegó a aprendérsela y a tararearla, desde la seguridad del marco.

Estas vivencias resultaron ser lo más gratificante que había sentido en mucho tiempo, y dependía de ellas tanto, que las consideraba tan necesarias como el aire. Así que el día que le dijeron que lo iban a despedir creyó enloquecer.
—Usted no es el mismo de antes, —dijo Mr. Carter, el dueño: un gringo adinerado, medio loco que poco sabía de arte. Mire Manuel, el personal de la mañana ha encontrado algunas puertas abiertas, alarmas desactivadas, ropa y artículos extraños tirados en las salas. ¿Qué diablos hacía un remo a mitad de la sala de “Cubismo”? Usted ha descuidado su trabajo así que el viernes será su último día, mi asistente le entregará el cheque con la liquidación
que le corresponda.

Aquella noche, en la soledad de su departamento, abrió una caja con cosas de su exmujer. Artículos que él debió haberle enviado hacía tiempo y nunca lo hizo, primero por rencor, luego por desidia. La caja contenía fotografías, ropa, libros y cuadros, desempacó con desesperación estos últimos. Encontró una acuarela de una naturaleza muerta, un óleo de la crucifixión de Cristo y una Última Cena. No se imaginaba entrando a ninguno de ellos. Recordó con nostalgia la canción de los piratas y lloró. Se sintió mejor después del llanto y pudo pensar con claridad, él tenía que conservar su trabajo, debía demostrarle a Mr. Carter que él era indispensable. Aún le quedaban algunos días y no todo estaba perdido.

El miércoles por la noche daba el rondín acostumbrado. “Concéntrate Manuel, no te distraigas… No dejes que ningún cuadro te llame la atención, al menos no durante un tiempo… ¡Concéntrate! ¿Pero… Qué diablos fue eso?” Había visto una sombra escabulléndose. ¡Alguien estaba dentro de la galería! Sintió el corazón acelerarse ¡Era su oportunidad! Si era un robo sería perfecto, él atraparía al ladrón y conservaría el trabajo. Apagó la linterna y con sigilo fue recorriendo pasillos. El denso silencio lo rompió el aullido de una alarma. Escuchó ruidos y se dirigió a la sala donde se exhibía su amado cuadro de piratas, al alumbrar con su lámpara se dio cuenta de que el cuadro ya no estaba. Su corazón se desbocó y como un poseído salió gritando: —¡Ladrón! ¡Devuélveme mi cuadro! ¡Desgraciado! El frío de la noche lo sorprendió, se encontraba afuera de la galería, a lo lejos se escuchaban sirenas. Se sintió muy confundido, como despertando de un sueño. Entró en un callejón y alumbró el duro bulto que sentía bajo el brazo. ¡Era el cuadro de los piratas! Con una navaja suiza que siempre llevaba consigo retiró con cuidado el marco de madera y enrolló el lienzo que escondió entre su ropa. Ya no regresó al trabajo ni a su casa y nadie nunca supo de él.

El cuadro cuelga hoy en la sala de una familia cualquiera, el padre lo compró en un bazar de cosas usadas. Si alguien fuera lo suficientemente observador, vería algunas veces algo de movimiento en él. Y si esa persona pudiera hacerse pequeña tal vez podría nadar hacia el galeón y subir a la nave. Observaría entonces a aquellos hombres rudos, ebrios de vino cantando sus aventuras. Tal vez le llamaría la atención un pirata nuevo, sin mucha pinta de pirata pero con todo el entusiasmo, alzando su copa y cantando junto a todos los demás.

AUTOR: Ana Laura Piera / Tigrilla

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