AMOR SIN PRETENSIONES

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—Mira Mariano, hay luna llena. Su luz no pide permiso para entrar, me gusta su fría insolencia ¿ves?

—Prefiero mil veces mirarte a ti.

Tita sonríe, pasa sus manos por la oscura cabeza que descansa en su vientre. Sus dedos huesudos y de uñas largas pintadas de rojo se enredan en el pelo negro y lacio. Mariano levanta la cara, de ella cuelga una sonrisa traviesa, parece un niño fraguando alguna fechoría. Poco ha cambiado él en los últimos quince años, sigue siendo el mismo hombre de aspecto anodino, de ojos pequeños y cuerpo de perro parado, sin atractivo aparente, eso si, bien conservado, indultado por el tiempo y sus estragos.

Hace quince años Tita Pacheco era la mejor con su físico de diosa y su dominio absoluto de las artes amatorias. Entre sus clientes solo se contaba gente de las más altas esferas del poder político y empresarial de México. ¿No se había suicidado el General Torres, enloquecido de amor por ella? Muchos hombres le habían ofrecido apoyo a cambio de exclusividad, pero Tita Pacheco nunca sucumbió antes tales propuestas. Amaba la libertad por sobre todas las cosas y también disfrutaba el tiempo que le dedicaba a Mariano, al cual no estaba dispuesta a renunciar por nada.

Mariano, el insignificante, el oscuro “empleaducho” —como solía decir la madre de Tita—, que no tenía nada que ofrecerle excepto su compañía en las horas más negras, su lealtad, su apoyo, su amor incondicional aún a sabiendas de la naturaleza de su trabajo.

Tita ha cerrado los ojos, la lengua de Mariano se ha vuelto una mariposa que revolotea entre sus piernas y se posa en su sexo, penetrándola dulcemente. Al menos el cáncer no le ha quitado eso, aún puede sentir. Su boca deja escapar los gemidos que nacen en su vientre y suben en tropel por su garganta. Sonríe. Pensándolo bien nunca ha sido libre, su cuerpo podía ser de todos y de nadie, pero su corazón solo de uno, y nunca conoció una cárcel más hermosa que ese amor sin pretensiones de su Mariano.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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AMOR PROHIBIDO

Sommarnöjen, Anders Zorn imagen de Wikipedia

Nada en ellos parecía fuera de lo común. Nada en su forma de actuar, vestir o moverse hubiera podido indicar que en el fondo de la vieja lancha, se encontraba un cuerpo humano; tibio aún por habérsele escapado la vida hacía poco tiempo. El cielo enrojecido anunciaba la agonía del sol. Albert aprovecharía la noche para deshacerse del cadáver en medio del inmenso lago.

Todos en el pequeño pueblo de San Andreu sabían que eran hermanos y que de cuando en cuando Albert visitaba a Caterina, quien vivía con su esposo Bernat; un hombre mayor que ella por veinte años.

Caterina se inclina un poco para echar un último vistazo al cuerpo de su marido, ahora parcialmente tapado con una lona. Se siente extraña ahora que sabe que él no estará con ella. Observa a Albert y por un instante no es el hombre de treinta y dos años, sino el niño de once, asustado por haber hecho algo malo, muy malo. Desde el pequeño embarcadero, ella le avienta mil promesas en una mirada para tranquilizarlo.

Albert se aleja remando despacio, mientras recrea en su mente lo sucedido: Su hermana, a quien nunca le ha podido negar nada, pidiéndole por fin matar a Bernat. El cuerpo de su cuñado contorsionándose, pataleando, luchando. Albert tapándole boca y naríz con una de sus manos de gigante y con el otro brazo apretándolo con fuerza para que no eludiera su destino. Por fin sobrevino la laxitud del cuerpo y pensó que era como si su cuñado estuviera plácidamente dormido y no muerto.

Mientras rema, un pensamiento aleja los malos recuerdos. La semana siguiente podrá regresar a San Andreu y volverá a meterse en la cama tibia de su hermana como lo han hecho desde siempre. No tendrán que esconderse o emborrachar a Bernat hasta dejarlo inconsciente. Ahora podrán vivir su amor prohibido sin prisas; mientras el hombre flota como un fantasma submarino, desgarrado el cuerpo y olvidado para siempre en la oscuridad.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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UNA NUEVA OPORTUNIDAD

Las manitas acariciaron el regordete y peludo cuerpo. Trazas de polvo se quedaron adheridas en sus dedos, pero ni lo viejo o polvoriento le importaba. La niña aceptó el regalo y lo abrazó con fuerza.

Hacía treinta años que el afelpado bulto no sentía un abrazo así. Recordaba su vida envuelta en una niebla causada por el tiempo: Primero estuvo a la vista de mucha gente, sintió muchas manos acariciarlo; cada una de ellas dejó en él huellas de grasa y suciedad. Escuchó expresiones de ternura, berrinches y regaños. Finalmente alguien lo llevó a casa. Recordaba un vuelo largo. Supo que había cambiado de país, pues tras el vuelo la gente hablaba diferente. Terminó en un cuarto de hospital como regalo para una recién nacida. Una muerte prematura le robó a la que estaba destinada a ser su primera dueña. Se quedó solo en una habitación de bebé, adornando una cuna vacía. Algunos meses pasaron y a la cuna llegó un pequeño bultito llorón que le haría compañía. Al final serían dos hermanas las que jugarían con él y le dirían :”El Oso” o “El Osito”.

Fueron días felices: “El Oso” tomó té y galletas, jugó a “la casita” y fue anfitrión de muchas reuniones. Con el tiempo esas agradables celebraciones se fueron espaciando cada vez más y terminó olvidado en un rincón. Nuevamente la soledad lo envolvió, pero el oso era muy paciente y nunca perdió la esperanza. Pasaron treinta años.

—Se llamará Lulú —dijo la pequeña.

—Pero es un “oso” de peluche; no una “osa” de peluche —dijo su hermano, un par de años mayor, con ese aire de autoridad que suelen tener los hermanos mayores.

—No me importa. Se llamará Lulú —dijo la niña con un tono de voz que no daba lugar a dudas.

En la cochera de la casa la última guardiana de Lulú, una de las dueñas originales, dio las últimas recomendaciones a los adultos.

—No olviden pasar por la tintorería, debe tener mucho polvo.

Su nueva propietaria la abrazaba con fuerza, y Lulú sintió que a su pequeño corazón de borra regresaba un calorcillo conocido que la iba llenando toda. Supo con certeza que su vida nuevamente tendría sentido. Además, por fin se habían dado cuenta de que era una osa y no un oso. Se sintió plena y felíz. Lista para nuevas aventuras.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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SER PARTE DE UN CUENTO

“Meta-cuento”

Photo by Krizjohn Rosales on Pexels.com

Llegando a casa vio con desmayo una fila inquieta de seres fantásticos que querían entrar y hablar con ella. En cuanto la vieron se armó un barullo, y la ya de por sí desordenada fila comenzó a perder aún más la compostura: hubo codazos, mordiscos, arañazos y gritos. Todos querían entrar y ser atendidos. Ella los calmó con palabras suaves y prometió que hablaría con todos. Entró y cerró la puerta. Corrió a servirse un tequila que se tomó de un jalón y luego se dirigió al despacho, donde se dejó caer pesadamente en su sillón. Pidió a su ayudante que fuera dejando entrar, uno por uno, a los que esperaban afuera.


Un enorme perro de ojos rojos fue el primero. Era enorme y más que perro parecía un lobo. Se quedó un rato en el dintel de la puerta, con el negrísimo pelo erizado y enseñando sus temibles colmillosTenía una mirada aguda que revelaba una inteligencia superior. Se acercó cauteloso a una de las sillas y entonces sufrió una dramática transformación: en un parpadeo el perrazo se había convertido en un hombre de rasgos indígenas, tez del color del cobre y la misma mirada aguda y penetrante. 


—Estoy muy molesto —dijo en voz baja pero firme, mientras tomaba asiento.  
La aprendiz de escritora pensó en lo bien que le vendría otro tequila, pero mejor comenzó a prestar atención a lo que decía el hombre.
—Estoy frustrado con mi vida y tú eres la causante, me siento enfermo de no poder cumplir mi deseo y hacer mía a esa mujer.
Ana recordaba el relato surgido de su pluma: el “nahual”(*) se transformaba todas las noches en un perro y escabulléndose entre las sombras, entraba en la habitación de la joven que él deseaba.
—Sí, recuerdo tu cuento.
—Podías haber omitido el detalle del romero y las tijeras que la madre de esa chica deja todas las noches bajo su lecho; de esa forma yo ya la hubiera hecho mía. Ahora estoy condenado por siempre a llegar tan cerca sin poder hacer nada. Te viste muy cruel.
Ella recordaba aquel detalle: el romero y las tijeras en cruz impedían al “nahual” acercarse al objeto de su deseo.
—Te prometo pensar en eso. Si lo reescribo, te dejaré el camino libre.
—Espero que no me estés dando falsas esperanzas —dijo el “nahual”, levantándose de la silla y regresando en un parpadeo a su forma perruna. Antes de irse le dirigió un gruñido amenazador.


Suspiró aliviada. ¿Quién seguiría ahora? 
Entró un hombre bien parecido, pero con mirada de loco —¿Los has visto? —Preguntó. Ella le miró con extrañeza —Si, mis dedos… No los encuentro… Estaban conmigo allá afuera y de repente se soltaron de mí. Los vi entrar a tu casa.
Ana recordó al hombre: era el protagonista de un relato extraño, en donde el pobre se desarmaba a diario como un rompecabezas, y tenía que estar buscando sus partes perdidas. Sintió pena por él, en verdad lo había condenado a un destino demasiado triste.
El hombre le enseñó las manos.  En cada una había cinco huecos rosados en el lugar donde debían estar los dedos.
—Mi asistente te ayudará a encontrarlos.
—Es terrible ¿Por qué me obligaste a vivir en un relato donde a diario amanezco roto? Me siento muy desdichado.
—Te entiendo, de verdad… —Ana sentía mucha pena por él y no sabía ni qué decir para consolarlo.
—No lo creo —continuó el hombre—, no sabes lo que es amanecer sin oídos, o sin piernas, tener que andar buscando en la basura tus dedos o correr por toda la casa tratando de alcanzar un brazo o un ojo. Para colmo, escribiste que mi novia me dejaba.
—Escucha, no prometo nada, pero veré que puedo hacer por ti —dijo su creadora.
—Iré ahora a buscar mis dedos —dijo él, enfadado, y
frente a la puerta usó uno de sus codos para abrirla, y para cerrarla usó sus pies cerrándola con violencia y haciendo un ruido tan fuerte que Ana saltó en su silla.


El asistente ya estaba haciendo pasar al siguiente de la fila, pero Ana le hizo ademán de que esperara un poco. Se sentía abrumada, era como una madre oyendo los reclamos de sus hijos ¿No habría nadie afuera que estuviera un poquito agradecido con ella? Después de todo, les había dado la vida. Los había parido uno por uno y en cada parto había dejado un trozo de ella misma. Se asomó por la ventana y dio instrucciones a su asistente, éste hizo pasar a una mujer de aspecto frágil aunque aún no era su turno. El descontento en la fila se hizo sentir y el pobre ayudante tuvo que salir a calmarlos como pudo.


Esta vez la aprendiz de escritora tomó la iniciativa: —¿Eres la Mujer Pájaro verdad? Ella asintió y al mismo tiempo se volteó para mostrarle la espalda, de donde se asomaban, por unas aberturas de su blusa, un par de alas blancas, pequeñas, pero muy hermosas.
—¡Qué lindas! —dijo Ana—,cualquiera desearía tener unas alas así y volar por los cielos; debes de haber visto cosas increíbles.
La Mujer Pájaro esbozó una media sonrisa y luego preguntó —¿Recuerdas el final del relato?
Ana recordaba no solo el final, sino todo el relato, pues era uno de sus favoritos: La mujer era un ama de casa común y corriente y un día perdía su voz humana y empezaba a piar como los pájaros. Le daban ganas de comer comida de aves y le crecían alas. Su familia no la pudo comprender y la hizo a un lado. Una noche, la mujer salió de casa y se fue a un cerro muy alto que miraba hacia el océano. Sus alas parecían estar ansiosas por volar y tras desnudarse se colocó a la orilla del precipicio. Al recordar el final, Ana se estremeció —¿Saltaste? La Mujer Pájaro la miró molesta —No escribiste si salté o no, simplemente me dejaste ahí a la orilla del abismo. Y ahí sigo, me quedé como en suspenso.
—Yo siempre imaginé que habías saltado y volado.
—Pero no lo escribiste, y si no está escrito, no pasó —dijo la mujer alada mirando a Ana con intensidad.
—Lo haré, escribiré que tuviste el vuelo más glorioso de todos.
—Una cosa más ¿Podrías escribir acerca de un hombre pájaro bien parecido? Me hace falta compañía.
—Claro, lo que tú digas.


La mujer se fue bastante satisfecha, pero Ana se sentía desgraciada. De repente sintió deseos de no ver a nadie más: Aún faltaban varios fantasmas, un mago, una puta y su asesino, unos hermanos incestuosos etc. No, en verdad que no tenía ánimo para más reclamos. “Soy una aprendiz de escritora muy mediocre”, pensó. De repente escuchó una voz omnipresente que dijo: —Lo siento, estoy trabajando en otro final para tu historia, no te desanimes. Ahí supo que ella era también, el personaje de algún cuento.


Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

Puedes leer los relatos mencionados en este cuento, te dejo los links:

https://tigrillasblog.wordpress.com/2020/10/11/nahual-enamorado/

https://tigrillasblog.wordpress.com/2021/01/07/rompecabezas/

https://tigrillasblog.wordpress.com/2020/12/06/la-mujer-pajaro/

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(*) Nahual, (en náhuatl: nahualli, ‘oculto, escondido, disfraz’dentro de las creencias mesoamericanas, es una especie de brujo o ser sobrenatural que tiene la capacidad de tomar forma animal. El término refiere tanto a la persona que tiene esa capacidad como al animal mismo que hace las veces de su alter ego o animal tutelar.

COSAS DE ENAMORADOS

Lo que comenzó como una gran aventura acabó aburriéndola. La vida dentro de la lámpara maravillosa se había convertido en algo demasiado monótono.

—Estoy cansada de ver siempre lo mismo —se quejó—, extraño sentir el sol, la brisa…

Junto a la muchacha se puso el genio, pretendiendo ser un esclavo y con una gran sonrisa en el rostro se puso a mover un enorme abanico de plumas hacia Blancanieves.

—No me refería a ese aire, tonto. ¡Quiero ver otras cosas!

Una lágrima rodó por su blanca mejilla y él capturó la diminuta gota en la punta de uno de sus dedos.
La chica sintió que se encogía y de repente se encontró dentro de la secreción. El genio sonrió mientras la veía a través de la fina película de agua, entonces la hizo aún más pequeña y ella pudo observar todo lo que oculta un lamento: agua, aceites, cristales y pequeñas partículas que tenían vida propia. Era lo más parecido a un bello jardín. Pero ni eso la consoló, comenzó a dar de gritos pidiendo que la volviera a tamaño normal.

Él obedeció. Ahora la muchacha lloraba a moco tendido y él pensó que si tomaba un poquito del líquido que salía de su nariz y la volvía a hacer pequeña, quizás ahora sí disfrutaría la experiencia. (El tipo era bastante porfiado).

— ¡No vuelvas a hacerme eso nunca más! —dijo adivinando sus intenciones— ¡Por favor! ¡Demos un paseo! ¡veamos la luna! ¡besémonos junto a un lago!

—Lo que pides es muy riesgoso mi amor. Alguien podría vernos salir de la lamparilla, podrían desenterrarla y descubrir que frotándola pueden tener sus deseos y yo volvería a ser un esclavo. Mi último amo, Aladino, era bueno y me concedió mi libertad, pero el siguiente puede ser una mala persona. ¿Quieres que yo caiga en manos de alguien con dudosas intenciones? ¿No, verdad?

La muchacha recordaba a Aladino, un buen día la alfombra mágica que lo transportaba se perdió y acabó en el bosque. Un tipo aventurero ¡Suertudo! Ella ya estaba hasta el copete de la vida dentro del cacharro, así que pensó que si no la liberaban por las buenas sería por las malas.

Una noche, aprovechando que su novio tenía el sueño pesado, le cortó la preciada coleta que le surgía solitaria de la coronilla y de la cual estaba muy orgulloso, pues era un distintivo de su gremio. Ella sabía que tratándose de eso, el genio no podía usar su magia.

Al otro día fuertes sollozos la despertaron.

—¿Qué has hecho? ¿estás loca? Sabes muy bien que no puedo hacerla crecer de nuevo ¡Ahora debo esperar cien años a que se regenere! Si algún otro genio me ve se reirá de mí.

—¿Pero quién te va a ver si nunca salimos de aquí? —dijo la muchacha en tono burlón.

A pesar del gran disgusto, el genio no cedió a la petición de su chica, así que esta decidió hacer una huelga de hambre.

—¿Estás segura de que no quieres comer querida? —preguntó cuando ya iban dos días de ayuno. Delante de ellos había una mesa bien dispuesta, sin duda él se había lucido con las viandas y Blancanieves estuvo a punto de sucumbir a la tentación de morder un pernil de cerdo que se veía de lo más apetitoso. Pero al final se mantuvo firme.

—¡Oh! Está bien, saldremos —accedió de mala gana—, solo una salida rápida.

Envueltos en un humo azul, ambos salieron de la lámpara que estaba escondida en el bosque. ¡Blancanieves estaba tan contenta! Se quitó los zapatos para sentir el suelo bajo sus pies desnudos, respiró profundo saboreando el aire y dio gracias por poder ver el sol y sentir los tibios rayos en su piel.

—Debemos regresar—dijo el genio nervioso y mirando para todos lados.
—No, otro ratito más, por favor.

Fueron llegando diferentes clases de aves que se posaron en la cabeza de Blancanieves, sus hombros y en la palma abierta de sus manos. ¡Hacía tanto que no vivía eso! Le dieron ganas de entonar una canción, como en los viejos tiempos.

—No te pongas a cantar por favor o llamarás la atención, ya vámonos—dijo el genio que conocía bien sus antiguos hábitos.

“¡Suficiente!” —pensó—amaba a su novio, pero ya no podía estar encerrada.


—No, no me iré. Vete tú.
—¿Qué? ¿ya no me quieres?—en su voz había incredulidad.
—Te amo. Mas ya no puedo estar recluida. Anda, regresa, esa vida ya no es para mí.

Él se puso muy triste y llorando se volvió nuevamente neblina azulada que desapareció bajo la tierra. Al mismo tiempo, ella escuchó el grito de un niño que pasaba: “¡Un fantasma!” La chica temió por el genio y como pudo hizo que el crío se alejara: “No es nada… Un reflejo… No, no es bueno escarbar ahí, te puede picar algo”. Una vez sola, decidió desenterrar la lámpara pues aquel ya no era un lugar seguro.

El genio sintió con pesar que alguien frotaba la lámpara y se encontró nuevamente con Blancanieves que había pedido un deseo al que no se pudo, ni quiso negar. Después él volvió a su morada. Era un buen arreglo, pero a veces, harto de vivir solo, se ponía de mal humor; entonces ella, para vengarse, calentaba la lámpara en la estufa, mientras el genio se moría de calor. Cosas de enamorados.

896 palabras.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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COMO UNA SOMBRA

Ella dormía profundamente y no sintió la puerta de la habitación abrirse. Como una sombra, me escabullí dentro y me senté con cuidado al borde de la cama. ¡Era tan hermosa! Sentí mi sangre espesa de amor a causa de esa mujer, que era mi dueña. Aspiré con deleite el perfume a manzanas frescas que anidaba en sus cabellos y volaba en el ambiente. Mis manos, temerosas de despertarla, flotaban sobre su rostro esbozando tenues caricias mientras la boca entreabierta me incitaba a besarla. Posé delicadamente mis labios en los suyos, apenas rozándolos, resistiéndome a la dulce tentación de fundirnos en un beso inmenso.

De pronto, un pensamiento irracional me invadió, pues su serenidad se parecía a la de la muerte. Miré su pecho y el movimiento de olas de sus senos me dijo que respiraba, que estaba viva… soñando. Continué observándola un buen rato pero llegó el momento en que solo verla no bastaba. Yo quería más: quería sentir el fuego incontrolable producido por la unión de nuestros cuerpos, besarla con besos enfermos de pasión y morir en su piel una y otra vez. No me pude contener y me fui metiendo lentamente en las sábanas tibias. Se movió un poco y esperé que se aquietara, luego continué arrastrándome por esa playa que era su lecho. Ahora la tenía frente a mí.

Respirando el cálido aire que exhalaba, acerqué nuevamente mi boca a la de ella. Al contacto con sus labios sobrevino la desgracia: despertó, y mientras abría los ojos yo me desdibujé de su cama, pues la gente que habita en los sueños de otros, tenemos una existencia breve al capricho de los párpados de quien nos sueña. Por un instante, antes de desvanecerme por completo, nuestras miradas se cruzaron, ella se frotó los ojos y luego…se olvidó de mí.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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LABIOS ROTOS

Pasé mi dedo índice por el contorno de sus labios, la interrupción de la línea y el cambio de textura me hablaron de una cicatríz. La sentí temblar, y luego derrumbarse entre sollozos. La abracé y capté de inmediato el perfume a jazmín que emanaba de su pelo corto. Los diques que mantenían a raya la tristeza se rompieron y noté cómo mi camisa se empapaba con sus lágrimas. Mis manos acunaron su cabeza y la atraje para besarnos. Mi boca recorrió la suya, primero discretamente, experimentando descargas eléctricas cada vez que nuestros labios se rozaban, luego acepté su franca invitación a beber en ella.

Después me contaría que ese beso borró en ella años de vergüenza, miradas de reojo y dolor.

Lleno de felicidad, busqué algo con qué celebrar nuestro encuentro. Tras muchos años de vivir en él, había memorizado pasos, distancias y obstáculos de mi piso, por lo que a pesar de la ceguera congénita, era capaz de moverme con soltura. Regresé con una botella de vino y dos copas.

Aquella noche, tras el corazón, nos entregamos también los cuerpos. Vibrantes, plenos. Yo la miré con los ojos del alma y ella me besó con la perfección que sólo el amor verdadero podía conferir a sus labios rotos.

216 palabras

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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CONFESION

Frida, foto tomada por mí.

Sonó el timbre de casa y el agudo tonito penetró en mis emociones, perturbándolas. Estaba triste pues al otro día aplicarían la eutanasia a mi perra, compañera de media vida, por cuestiones de salud. No me apetecía hablar con nadie, tan sólo empaparme en mi pena, como esos extraños peces del Amazonas que se esconden en el barro y desaparecen.

Abrí de mala gana. Frida estaba en su rincón de siempre, tumbada, con sus ojitos abiertos y resignados a la sabia quietud de la vejez, pero al ver al visitante, se desperezó.

Quien estaba frente a mí tenía facciones perrunas, un tipo como con cara de San Bernardo: ojos grandes y profundos, cachetes colgados, aire noble. Iba vestido de negro y con un cuello blanco, muy tieso, como de cura. La ropa parecía quedarle demasiado justa.

—Vengo a confesar a Frida —dijo—. Así, sin ambages y casi ya con una pierna dentro de la casa.

A pesar de mi cara de absoluta sorpresa siguió:

—Muchos humanos antes de morir se confiesan, sacan de su pecho lo que sienten. Los perros no son diferentes—. La segunda pierna ya estaba dentro.

Se acercó a Frida, quien torpemente hizo ademán de querer que la cargaran. “San Bernardo” la levantó amorosamente y fué a sentarse con mi perra en su regazo.

—Un café estaría bien —dijo—. Y yo, como autómata, fuí a prepararlo. Desde la cocina escuché un murmullo de gemidos y gruñidos ininteligibles. Confieso que pude haber llevado el café antes, pero sentí que debía demorarme un poco más. Regresé con el café ya medio frío.

—Usted puede estar tranquila.
—¿Cómo?
—Mire, su perra me contó que ha tenido una vida plena y felíz. Quiere que sepa que está agradecida por los cuidados que le dio. Que la ama.

Estuve a punto de preguntarle cómo diablos podría saber él eso, pero su cara de San Bernardo me detuvo. Seguro sabía de lo que hablaba.

—Escuche —me oí decir con un hilillo de voz—. ¿Puede decirle que la amo y la voy a extrañar?

—No hay necesidad, ella lo sabe y está en paz con todo lo que va a pasar.

“San Bernardo” dejó a Frida en el suelo y ella trabajosamente se dirigió a su rincón. El tomó su taza de café y le dió tres sorbos largos sin dificultad. Seguro que el líquido ya estaba más frío que nalgas de pingüino.

—Gracias, me voy. Y sin más preámbulo se dirigió a la puerta.

Lo ví alejarse. Mi vista volvió a Frida, ahora soñaba, lo sé porque sus ojitos estaban cerrados, roncaba y movía sus patas sin ton ni son.

Me sentí en paz.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

Nota: éste relato fué inspirado por un hecho real. Me sucedió a mí. Bueno lo del confesor de perros obvio que no. Creo que este relato es para mí una especie de catarsis. En caso de que te haya pasado algo parecido, de qué manera has logrado vencer el sentimiento de tristeza y dolor que embarga la pérdida de una mascota?.

Ésta es la entrada que escribí en 2007 cuando adopté a mi perra:https://tigrillasblog.wordpress.com/2007/02/28/frida/

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EL CIRCO

Cuento corto original sobre amores imposibles.

Photo by Becky Phan on Unsplash

De todos los infames lugares donde ha estado nuestro circo, Santa Rosa ha sido el peor. Ahí el aire es puro polvo que se mete en la boca y cuando menos te das cuenta lo estás masticando. El calor es atroz y el trabajo que exige nuestro oficio hace que sudes todo el tiempo. Ha sido en Santa Rosa que me he descubierto en el cuerpo olores desconocidos y tan nauseabundos que poco ha faltado para desmayarme. Los animales sufren también y exigen agua todo el tiempo. Ricardo la ha pasado mal acarreándola de quién sabe dónde para mantenerlos frescos. Recuerdo que cuando Ricardo llegó al circo con sueños de ser payaso, mi padre, un matador de sueños nato, le dio empleo como cuidador de animales; ya que en su opinión, no tenía la gracia necesaria para ser un buen payaso y le recomendó que en sus tiempos libres practicara con los trapecistas, cosa que el pobre hombre jamás intentó. Por cierto, le pusimos de apodo “el chino”, precisamente por tener el pelo demasiado lacio. Lo sé, son bromas que sólo a los mexicanos nos hacen reír. En una ocasión me declaró su amor y yo lo mandé a la “chingada” como decimos acá. El “chino” nunca me agradó.

A pesar de ser un pueblo de mierda (o tal vez por eso), nuestro circo ha causado furor. Hacía mucho no teníamos tal aforo. Para alegría de mi padre y pesar de todos los demás, nos quedaremos una buena temporada. “Santa Rosa es una mina de oro”, dice el viejo mientras se frota las manos pensando en las ganancias, y brinda con una cerveza tibia, aunque al acabársela disimule no sentir entre los dientes el inevitable polvo de este pueblo ingrato.

En una de nuestras funciones noté a un joven que me miraba con insistencia. Al principio pensé que mi número como domadora le había impresionado. Pero cuando lo volví a ver en la segunda y tercera función y luego al otro día en las dos primeras, ya no podía negar que aquello era bastante inusual y que definitivamente no eran los tigres y los leones lo que lo atraían. Antes de empezar la tercera función lo busqué entre el público que hacía fila y cuando nuestras miradas se encontraron, le hice señas que me siguiera. Caminé con prisa mal disimulada hasta detrás de uno de nuestros maltrechos trailers y cuando me alcanzó nos fundimos en un beso que me dejó las piernas temblorosas y la mente tan distraída que aquella noche casi olvido sacar la cabeza de las apestosas fauces de un tigre de bengala.

Era tan perfecto como un ángel y en el colmo de la perfección su nombre era Gabriel. A veces, en vez de practicar con mis felinos, me iba con él a hacer exquisitos malabares boca a boca y locas acrobacias corporales. Fue “el chino” el que se dio cuenta de lo que pasaba un día que nos sorprendió haciendo un “triple mortal” en mi trailer. A pesar de que la gente del circo es bastante unida, este hijo de puta le fue con el chisme a mi padre. Se armó un alboroto tremendo ya que no es bien visto que la gente de circo tenga amoríos con los de “afuera”. La idea es que ellos no entienden la vida del cirquero y es difícil que se adapten a las duras condiciones de vida e incomodidades que conlleva. Uno de “afuera” puede desestabilizar la vida del circo, cosa que mi padre no estaba dispuesto a arriesgar. Me exigió que no le viera más y no contento con eso, él mismo habló con Gabriel y le prohibió pararse en el circo a buscarme.

Nunca había sentido necesidad por nada o nadie excepto el circo mismo, pero cuando dejé de ver a Gabriel fue como si mi sangre no tuviera ya la fuerza para seguir corriendo por mis venas. Me tumbé en mi cama y no quise salir. No había nadie que me supliera y mi número era uno de los “fuertes”. La gente se quejaba por no ver a la “Güerita de los Leones”.

Pasaron los días y me repuse a medias, la vida en el circo te enseña a ser duro y uno aprende de todo: de los animales que viven lejos de su hábitat, de los extranjeros que viven lejos de sus familias, de los payasos que, envueltos en una gran pena aún saben salir a hacer reír. Volví a meter mi cabeza en las fauces de mis tigres y a pasar a mis leones por aros ardientes. Disimuladamente buscaba a mi ángel entre el público, aunque sin éxito, y supuse con tristeza que él me había empezado a olvidar. Afortunadamente los nutridos aplausos que recibía, me hacían sentir un poquito menos miserable.

Llegó el día en que nuestro circo por fin se despedía de Santa Rosa, yo tenía el corazón dividido, la parte que aún pensaba en Gabriel deseaba quedarse y la otra parte deseaba irse lo mas lejos posible.
Los cirqueros recogieron todo: animales, carpas, escenografía, alistaron los trailers… pronto estábamos en movimiento alejándonos del pueblo. “El chino” me miraba con sonrisa de satisfacción. De repente, alguien gritó. Señalaban el camino recién recorrido, algo pasaba. Todos volteamos desde nuestros carros para ver una figura diminuta seguida por una nubecilla de polvo; eso fue al principio, luego se fue haciendo más visible. Aminoramos el paso, los elefantes barritaron, los monos aplaudieron. ¡Gabriel venía haciendo malabares sobre un monociclo!, vestía de blanco y traía dos alas pegadas a la espalda que se movían disparejas con el viento. Sonreí toda, ¿saben lo que es eso? sentir TODO tu ser sonreír, desde la cabeza hasta el dedo gordo del pie. Mi padre me miró aprobatoriamente y al “chino” no lo vimos más…

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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EN TU MUNDO

Cuento corto, original.

La angustia de la noche anterior casi se borra del todo al contemplar mi primer amanecer en este mundo:  tres magníficos soles, como esferas incandescentes colgadas de un cielo de tintes violáceos, me han dado la bienvenida. De un mar lejano me llega murmullo de olas —bramidos formidables atenuados por la distancia—. Mi nave se averió y me ví obligado a descender en este extraño planeta, estoy solo, lejos de los míos y, sin embargo, la belleza de este amanecer me da esperanza. 

Cuando se  terminaba la provisión de oxígeno de mi traje espacial, decidí quitarme el casco protector. Aunque sabía que había una atmósfera no sabía si ésta podía sostener mi vida. Estaba preparado a morir. Incluso había imaginado el ruido sordo que harían mis pulmones al estallar dentro de mí.  Sin embargo, para mi sorpresa, me encontré con que podía yo respirar el aire de este mundo. Inhalo y exhalo un aire dulzón que me recuerda el olor de unos caramelos que nos daban como recompensa por portarnos bien cuando mis hermanos y yo éramos niños. La fuerza que me dan estos recuerdos se ve opacada ante la visión de mi nave rota e inservible. Un lúgubre pensamiento invade mi mente: ” Moriré solo en este lugar”.

Me han despertado unas cosillas que flotan en el aire, rozaron mi rostro y me hicieron estornudar. Son transparentes y luminosas, de movimientos lentos y sincronizados; si me quedo quieto y cierro mis ojos, puedo pensar que son caricias, si, caricias de este mundo a mi cuerpo maltrecho, creo que me dicen que no desmaye, que todo estará bien.

Definitivamente dejé mi nave, nada puedo hacer con ella. Me alejo y lloro, no sé que será de mí. La incertidumbre duele, el miedo aprisiona mi corazón.

Te ví mirándome mientras te ocultabas detrás de un cerro transparente. ¿Acaso no ves que te puedo ver a través de él? Primero sentí temor y luego una inmensa alegría, ¡por fin! ¡alguien! fui corriendo a tu encuentro, pero cuando pensé alcanzarte  habías desaparecido ¿regresarás? ¿o eres acaso una mala broma de mi mente?

Siento tu presencia muy cerca, a veces te veo, otras te adivino, unas más te huelo. Hueles al aire salobre que se respira a la orilla del mar.  No sé quién eres ¡vaya! con esos tres ojos asomados en tu rostro y ese par de corazones latiendo furiosos dentro de tu pecho ni siquiera sé “qué” eres; sólo sé que me buscas y yo te necesito. ¿Llegaré a conocerte? Ahora soy yo el que te sigue, busco tus huellas de siete dedos, necesito encontrarte.

Un nuevo amanecer nos sorprende sin saber a ciencia cierta dónde acabas tu y dónde empiezo yo.  Poco a poco me vuelvo uno contigo, me integro felíz a tu ser, me acomodo en tí aunque siento que me faltan extremidades y sentidos para colmar tu ávido cuerpo, lleno de multiplicidades. Hoy ya no hay ayeres para mí, sólo puedo pensar en mañanas contigo, mañanas que inician como hoy: con esos tres magníficos soles dorados como testigos de este abrazo infinito.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

Para este cuento me inspirè en la canciòn de Zoe: https://youtu.be/qv-pyT2_GEQ

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