LA MUJER PÁJARO

Photo by Ava Sol on Unsplash

Amanecí gorjeando, y no se trata de prosa poética. Amanecí gorjeando como un ave. No me di cuenta al principio: como siempre, yo comencé a repartir órdenes e instrucciones a diestra y siniestra “¡vístanse! ¡ya es hora!” “¡no dejen la ropa tirada!” “¿se lavaron los dientes?” “¿Alfredo, vas a querer huevos tibios o fritos?” pero la cara de absoluto asombro de mis hijas y esposo, así como la falta de respuesta a mis arengas me indicaron que algo andaba mal. Fue entonces cuando me escuché. De mi boca no salían palabras, sino gorjeos como los de los pájaros. Cerré los ojos pensando que en realidad aún no me había despertado y estaba inmersa en alguna especie de sueño extraño, causado quizá por la mala digestión de la lasaña de la cena anterior. Los abrí de nuevo, pero el sueño seguía. Miré a mi esposo y pronuncié su nombre, en mi mente dije “Alfredo”, mas lo que se escuchó fue una voz de pájaro que hizo que me desmayara.

Traté de buscarle sentido a lo que me ocurría, en mi mente repasaba yo todas las posibilidades: desde alguna mala reacción a las pastillas para la dieta, hasta haber pescado algún extraño virus —ahora tan en boga— en la tienda de mascotas donde había ido con mis hijas por unas tortugas japonesas. Busqué una respuesta médica, pero los doctores que me examinaron, entre asombrados y divertidos, no encontraron ninguna explicación, y para mi desgracia, tampoco ninguna cura a mi problema. Me sentí devastada.

De alguna forma, junto con mi voz, también perdí mi autoridad. En casa, mis gorjeos solo lograban risitas y burlas. Comencé a usar un pequeño pizarrón donde escribía lo que quería decir y evitaba hablar. Mis labios se cerraron excepto para comer el alpiste que día con día se me iba antojando más por sobre cualquier otro alimento. Mi familia comenzó a avergonzarse de mí. Dejé de frecuentar a mis amistades y parientes y mi condición la mantuvimos en secreto por el bien de todos. Si alguien preguntaba, se le decía que sufría una afectación en la voz y que había enmudecido temporalmente. Yo aceptaba todo con resignación, de nada servía rebelarse, pero comencé a sentir cómo mi alma se iba saturando de tristeza.

Un día, cuando Alfredo vio que había traído del supermercado unos huesos de jibia, semillas de linaza y un libro sobre canarios, además del alpiste habitual, me increpó. Me amenazó con mandarme a un manicomio, luego su tono cambió y se hizo suplicante, deseaba con todas sus fuerzas que yo volviera a la normalidad. Me pidió hiciera un esfuerzo, él pensaba que el problema estaba en mi mente, traté de concentrarme y hablar como una persona, pero de mi boca solo salió un débil y triste gorjeo. Alfredo salió aventando la puerta y yo me derrumbé en la mesa llorando lágrimas mudas.

Las noté mientras me duchaba, dos protuberancias extrañas en mi espalda, una del lado derecho y la otra del lado izquierdo. Entré en pánico, salí desnuda y chorreando agua hacia el espejo, me vi… Las vi. “Algo” me estaba creciendo. A partir de ese momento evité hacer el amor con Alfredo, no podía permitir que me viera sin ropa. También evité cualquier contacto físico con mis hijas por temor a que las descubrieran. Las protuberancias crecían día con día, no podía ignorar que se trataba de dos alas incipientes, me aislé de todos y de todo y me encerré en el cuarto de huéspedes.

Una urgencia irracional me ha obligado a salir sin avisar en medio de la noche. El corazón se me quiere salir del pecho mientras me dirijo a toda prisa al Cerro de la Cruz. Subo con rapidez, como si mis pies conocieran la urgencia de mi alma y cooperaran gustosos. Por fin estoy en la cima, ¡qué bueno que no hay nadie!. Me desnudo al tiempo que veo el sol anunciarse en el horizonte, de mi garganta surge un canto de bienvenida para él, las notas son hermosas, dulces y tristes a la vez. Me acerco a la orilla del cerro, la que da al océano. Abajo, las filosas rocas son ahogadas sin misericordia en espuma de mar. Unas gaviotas revolotean sin prisa, prefiero mirarlas a ellas, las miro largamente, casi con envidia. En mi espalda siento un movimiento involuntario de mis jóvenes alas. Primero un aleteo tímido, luego un batir furioso, por momentos me levanto unos centímetros del suelo para volver a bajar. Ignoro si ya están listas, quizás les falte crecer. Delante de mí se extiende el cielo, sin límites ni fronteras. Las nubes no piden explicaciones, el viento no distingue entre aves o aviones. Me retiro de la orilla y retrocedo, tomo impulso…

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

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25 comentarios en “LA MUJER PÁJARO

  1. Hermoso cuento corto! La protagonista no asumió; como su familia tampoco lo ha hecho, que se ha convertido en el “Ángel de la Guarda” de todos ellos. Especialmente las niñas, festejaran adorablemente su presencia. Un cálido saludo,

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  2. Muy lindo cuento, me gustó mucho, como la mujer fue adquiriendo poco a poco un don excepcional, como su familia la seguía eligiendo de igual manera, me gustaría (si es posible) que haya una segunda parte, sería una historia muy bella, y por otro lado, a quién no le gustaría volar algún día, yo cada tanto pienso y fantaseo con poder volar, si tan solo fuera ingeniero, o inventor, probablemente estudiaría los aviones como es que están hechos y de esa forma inventar algún tipo de traje volador, no sé estaría bueno y parecería ser posible, perdón a veces vuelo con la imaginación, gracias por la lectura, me ha gustado, sobre todo porque me diste una vez más la posibilidad de sumergirme en una agradable historia.

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  3. Relatas la transformación de la mujer, la reacción de la familia, el sufrimiento ante lo desconocido. Con un lenguaje que permite entrar de lleno en el texto. Y dejas el final abierto, ella toma impulso… Sinceramente me ha gustado mucho. Un abrazo.

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  4. Me ha encantado tu relato. Sinceramente ha llegado a emocionarme. La necesidad de libertad que tienen algunas personas aun viviendo el supuesto sueño de tener trabajo, familia y amigos. El querer huir de ese costumbrismo y que tus allegados te traten diferente por no comprenderlo. Y ese final ha sido absolutamente maravilloso.

    Me encanta como usas la fantasía para contar la cotidianidad del día a día y sus secretos. Enhorabuena por este gran texto, es excelente.

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