LOS JUGUETES

Photo by Anthony on Pexels.com

Mateo entró en la habitación, sus ojos no podían creer el caos que vió: juguetes tirados por todas partes, desorden, la cama destendida, comida en el suelo. Los culpables de tal desbarajuste no se veían por ningún lado. Hasta que percibió movimiento debajo del lecho.

—¡Salgan y pongan orden en este berenjenal!, ¡ahora!—. Había frustración en su voz, siempre era lo mismo con este par.

Primero se asomó la cabeza de Alberto con el rostro hacia el piso, como una tortuga saliendo del caparazón, y al otro lado de la cama, los pies de Estela comenzaron a deslizarse hacia afuera, parecían dos lombrices blancas saliendo de la tierra.

Ambos se incorporaron y en cuanto pudieron, taparon su desnudez con lo primero que encontraron, aunque Mateo ya se había puesto de espaldas para no verlos.

—Recojan todo y guárdenlo en el cajón de los juguetes, y tiendan la cama—, dijo dirigiéndose a la puerta de la alcoba.

Alberto y Estela comenzaron a levantar todo: vibradores, consoladores, bolas chinas, masajeadores y otros artefactos de índole sexual.

—Alberto, falta que te quites el anillo vibrador del pene—, dijo Estela divertida. Alberto sonrió al ver que la pequeña cosa fosforescente seguía ahí y al tratar de quitárselo se prendió haciendo ruido y lanzando luces. Los dos estuvieron a punto de soltar una carcajada.

Desde la cocina el pequeño Mateo, de once años, les gritó a sus padres:

—Cuando terminen se vienen a desayunar, les hice hot cakes.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

Si te gustó compártelo, si ves errores indícamelos. Cualquier comentario es bienvenido. ¡Gracias por leer!

COMO UNA SOMBRA

Ella dormía profundamente y no sintió la puerta de la habitación abrirse. Como una sombra, me escabullí dentro y me senté con cuidado al borde de la cama. ¡Era tan hermosa!. Sentí mi sangre espesa de amor a causa de esa mujer, que era mi dueña. Aspiré con deleite el perfume a manzanas frescas que anidaba en sus cabellos y volaba en el ambiente. Mis manos, temerosas de despertarla, flotaban sobre su rostro esbozando tenues caricias mientras la boca entreabierta incitaba a besarla. Posé delicadamente mis labios en los suyos, apenas rozándolos, resistiéndome a la dulce tentación de fundirnos en un beso inmenso.

De pronto, un pensamiento irracional me invadió, pues su serenidad se parecía a la de la muerte. Miré su pecho y el movimiento de olas de sus senos me dijo que respiraba, que estaba viva… soñando. Continué observándola un buen rato pero llegó el momento en que sólo verla no bastaba. Yo quería más: quería sentir el fuego incontrolable producido por la unión de nuestros cuerpos, besarla con besos enfermos de pasión y morir en su piel una y otra vez. No me pude contener y me fuí metiendo lentamente en las sábanas tibias. Se movió un poco y esperé que se aquietara, luego continué arrastrándome por esa playa que era su lecho. Ahora la tenía frente a mí.

Respirando el cálido aire que exhalaba, acerqué nuevamente mi boca a la de ella. Al contacto con sus labios sobrevino la desgracia: despertó, y mientras abría los ojos yo me desdibujé de su cama, pues la gente que habita en los sueños de otros, tenemos una existencia breve al capricho de los párpados de quien nos sueña. Por un instante, antes de desvanecerme por completo, nuestras miradas se cruzaron, ella se frotó los ojos y luego…se olvidó de mí.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

Si te ha gustado compàrtelo. Dèjame un comentario para saber què te pareciò. ¡Gracias por leer!

EL SUEÑO

Photo by Pixabay on Pexels.com

Nos despertó el olor a cigarrillo que comenzó a invadir toda la casa. Mi padre se puso a maldecir: —¡Carajo apenas son las ocho de la mañana y la pinche vieja ya está fumando!.

Corrí al cuarto de la abuela, cuando entré en su habitación me pareció ver que escondía una botella de tequila debajo de su almohada pero me hice el tonto.

—¿Tita qué tiene?, usted nunca fuma tan temprano—. Me miró con ojos perturbados y me dijo:

¡Ay mijo, otra vez lo soñé!—. La noté temblorosa, alterada. Ya antes me había contado que seguido se le aparecía en sueños un indio muy viejo que le hablaba en una lengua que ella no comprendía.

—Alvarito, ahora sí le entendí, habló clarito en castellano y le entendí todito mijo.

—Cuénteme.

—Espera deja prendo otro cigarro— de entre sus senos flácidos sacó una cajetilla arrugada.

—No Tita, no fume, ya nos ahumó la casa y mi papá está echando pestes. La abuela se encogió de hombros y lo prendió igual. Recuerdo que lo apretaba fuertemente entre sus dedos arrugados y le dió una gran chupada.

El hombre me dijo algo bastante extraño: “Lloverá en tu parcela y tu tierra será fecunda nuevamente con la semilla ancestral”

— ¿Tita qué rayos significa eso?

—No sé mijito—, luego me miró con ojos traviesos y sacó de su escondite la botella de tequila.

— No sea así… le hará daño.

—Alvarito estoy muy nerviosa, necesito relajarme un poco, es que si lo vieras: tiene el pelo largo y negro, como la boca de un lobo, usa una manta de algodón anudada en el hombro que le cubre casi todo el cuerpo, y un taparrabo esconde sus vergüenzas; todo él parece estar cubierto de sangre y su cara está llena de tatuajes. Me llena de espanto, he llegado a pensar que es el mismo diablo.

Salí de su cuarto intrigado, ¿que significaría el sueño?, ella no tenía tierras, entonces ¿de qué tierra le habían hablado?, ¿de qué semilla?. Durante el día me olvidé del asunto pensando que la demencia se había apoderado de mi pobre abuela.

Al otro dìa nos despertó un llanto extraño, primero pensé que sería el gato de la vecina, al volver a oírlo me dí cuenta que eso no era ningún gato. Mi padre maldecía de nuevo. Me levanté y me dirigí a toda prisa al cuarto de la abuela, pues el lloriqueo provenía de ahí. Cuando entré me quedé helado: sobre la cama se encontraba una mujer joven muy hermosa, su rostro tenía un aire remotamente familiar; estaba completamente desnuda, de sus magníficos pezones manaba un río de leche, entre sus piernas ensangrentadas estaba un bebé recién nacido de piel muy oscura, todavía los unía el cordón umbilical. Lloraba a todo pulmón como si quisiera acabarse todo el aire de la casa, la mujer me miraba azorada, comprendí: era ella, y lo dicho en el sueño, se había vuelto realidad.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

Si te ha gustado compártelo, si ves algún error indícamelo. Cualquier comentario es bienvenido. ¡Gracias por pasar y leer!



LABIOS ROTOS

Pasé mi dedo índice por el contorno de sus labios, la interrupción de la línea y el cambio de textura me hablaron de una cicatríz. La sentí temblar, y luego derrumbarse entre sollozos. La abracé y capté de inmediato el perfume a jazmín que emanaba de su pelo corto. Los diques que mantenían a raya la tristeza se rompieron y noté cómo mi camisa se empapaba con sus lágrimas. Mis manos acunaron su cabeza y la atraje para besarnos. Mi boca recorrió la suya, primero discretamente, experimentando descargas eléctricas cada vez que nuestros labios se rozaban, luego acepté su franca invitación a beber en ella.

Después me contaría que ese beso borró en ella años de vergüenza, miradas de reojo y dolor.

Lleno de felicidad, busqué algo con qué celebrar nuestro encuentro. Tras muchos años de vivir en él, había memorizado pasos, distancias y obstáculos de mi piso, por lo que a pesar de la ceguera congénita, era capaz de moverme con soltura. Regresé con una botella de vino y dos copas.

Aquella noche, tras el corazón, nos entregamos también los cuerpos. Vibrantes, plenos. Yo la miré con los ojos del alma y ella me besó con la perfección que sólo el amor verdadero podía conferir a sus labios rotos.

216 palabras

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

GURU

Esperanzado, escuchaba las buenas nuevas: un remedio maravilloso que prevenía y curaba el virus maldito que tenía a todos de rodillas. Decidí averiguar más sobre ello. Así me encontré entre el grupo de quince personas que bajaron del camioncito tipo turístico frente a una elegante residencia una fría mañana de Enero. Tras pasar engorrosos filtros de seguridad pudimos entrar al Sancto Sanctorum de “El Gurú de la Salud”.

Lo respaldaban millones de vistas y menciones en youtube, twitter, instagram y demás redes sociales. Tanta gente no podía estar equivocada y, ¿como dudar de mi compadre? quien tras asistir a la fiesta clandestina de fin de año del trabajo se había contagiado, y luego toda su familia. A pesar de que habían estado muy graves, pudieron salvarse gracias al Gurú.

Me pareció muy joven, iba vestido con un suéter blanco de punto y pantalones grises. Llevaba barba impecable y estaba sentado frente a un impresionante despliegue de pantallas, computadoras, micrófonos y todo lo necesario para que su evangelio se escuchara fuerte y claro en la blogósfera y reverberara en el mundo exterior: “El Covid tenía cura y Él era la respuesta”.

Bajo el peso de nuestras miradas, se levantó y señaló a alguien de nuestro grupo quien tendría el honor de ayudarle a despojarse de la ropa, no toda, solo los pantalones y el calzoncillo. Luego El Gurú empezó a defecar mientras un asistente con una palangana dorada recogía cuidadoso lo que salía del milagroso trasero mientras la habitación se llenaba del tufo a mierda. Otro asistente le limpió con sumo cuidado y alguien más fue señalado para vestirlo de nuevo. Todo fué muy rápido, no se fuera a enfermar. Sonrió benevolente y pidió que nos repartieran quince frasquitos de muestras frescas.

“En nuestra tienda podrán comprar más. Las instrucciones vienen en cada frasco. Entren a mi página http://www.curadelcovidporelgurudelasalud.com y dejen su testimonio. Si quieren iniciar un negocio propio adquieran una membresía, recibirán el producto a un precio super especial y tendrán la gran bendición de ayudar a otros. Harán del mundo un lugar mejor. Los amo”

Salí con la sensación de haber presenciado una maravilla. Teníamos veinte minutos para hacer como nos pareciera: algunos se tomaron selfies con sus muestras, otros tomaron fotos de la mansión y hubo gente que aprovechó para meditar en los jardines, yo entre ellas. Al final nos reencontramos en la tienda, donde tendríamos una hora para comprar y curiosear entre libros del Gurú, camisetas con su imagen y postales. Yo decidí comprar la membresía y me llevé tres cajas con cien unidades cada una para revender, pero hubo quienes se llevaron más, como una mujer mayor quien llevaba diez cajas.

Salimos de la residencia y nos subimos al camioncito, sintiéndonos dichosos e invencibles con nuestros frasquitos de mierda.

AUTOR: Ana Laura Piera / Tigrilla

Si te gustó compártelo, si ves errores indícamelos. Cualquier comentario es bienvenido. ¡Gracias por leer!

¿FELICIDAD?

Cuando las circunstancias nos hacen creer que tenemos lo que desde siempre quisimos pero… ¿es asì?

Photo by Pixabay on Pexels.com

El sobre blanco era una paloma moribunda entre sus dedos; portadora de noticias agridulces, le comunicaba que su padre estaba muerto y que el rancho de Los Ciruelos ahora era suyo.

Llegó a Los Ciruelos una mañana de Enero. El olor a humedad tomó por asalto su naríz y ya no lo abandonó. Sólo encontraba alivio temporal cuando salía y se enfrentaba a la grandiosa extensión de tierra que ahora le pertenecía.

Visitó la tumba del hombre que lo había engendrado y que se encontraba dentro de la propiedad por expresa voluntad del difunto. Recordó que muchos años antes, gracias a su inocencia e ingenio infantil, se había imaginado viviendo en Los Ciruelos junto a su padre; pensamiento que le había calentado el alma y el corazón mientras se hacía hombre. Esperó un momento a ver si el calorcillo regresaba, pero lo único que sintió fué frío y nostalgia.

La felicidad a veces juega bromas pesadas.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

Si te ha gustado compártelo. Si ves algún error indícamelo. Cualquier comentario es bienvenido, ¡muchas gracias por leer!

CYBORG

Photo by ThisIsEngineering on Pexels.com

Juan Pablo movía fascinado su brazo robótico en un intento de conocerlo mejor, saber sus alcances, fuerza y sutilezas. Se concentraba en el movimiento de los dedos de metal, doblaba uno y otro y hacía que se tocaran entre sí. Por un momento sintió como si hubiera nacido con él. La realidad era que se le implantó tras un accidente laboral que lo había dejado manco. Miró agradecido al Dr. Valencia.

Ambos hombres salieron del consultorio y caminaron por un largo pasillo. El doctor se detuvo frente a una puerta e hizo ademán de que entraran, quería mostrarle algo. Se trataba de un gran almacén de partes de repuesto para humanos: piernas, cabezas, dedos, ojos… Juan Pablo estaba asombrado, sabía además que, a diferencia de sus contrapartes humanas, aquellas maravillas eran eternas, perfectas, probadas al límite y sobre todo: bellas.

Hacía tiempo que los ingenieros habían dejado de luchar porque sus creaciones se parecieran a las originales, ya no se usaba darles un acabado “natural”: nada de piel, vellos o consistencia de carne. No se disfrazaba el metal o los circuitos electrónicos, pues se consideraba de mal gusto ocultar la perfección de los mismos y nadie debía negarse el placer que provocaba la contemplación de tanta belleza.
Se sintió orgulloso de su brazo nuevo y a la vez tranquilo y confiado, podía perder cualquier otro miembro, no importaba, todo era reemplazable.

Estando en casa, comenzó a molestarle su brazo natural pues al compararlo con el robótico, aquel le parecía una pieza extremadamente debilucha. Procuraba hacer todo con su brazo nuevo y relegaba su propia extremidad. Empezó a sentirse infelíz de tener ese miembro “imperfecto” y cuando salía a la calle sentía envidia de aquellos afortunados que contaban con dos brazos artificiales. Cayó en una aguda depresión.

Una mañana se encontró nuevamente en el consultorio del Dr. Valencia: “Ya no aguanto más doctor, no soporto estar unido a una cosa tan defectuosa y fea, le ruego acceda a mi petición y me lo cambie”. Valencia se negó, los implantes eran sólo para personas cuyas extremidades no funcionaran o hubieran sufrido una amputación.

Juan Pablo salió más triste que nunca pero en el camino a su casa una idea comenzó a bailarle en los sesos. No lo pensó mucho: saco su brazo por la ventana del auto y lo dejó colgando; entonces aceleró a fondo y antes de colisionar con un edificio hizo un viraje brusco de manera que el golpe llegara del lado donde estaba su extremidad. Fue trasladado de urgencia a un hospital.

Despertó con múltiples contusiones en el cuerpo pero eso no importaba. ¡ No podìa creer su suerte!. ¡Había conseguido otro brazo, pero también un oído nuevo!. Ahora escuchaba mejor que nunca con aquella pieza excepcional de ingeniería, y ahí mismo, en su cama de hospital, empezó a molestarle la idea de que su otro oído fuera tan imperfecto.

Aquella mañana, cuando la enfermera entró en la habitación dió un grito de horror; en el baño se encontraba Juan Pablo, quien blandía una navaja filosa y con ella se mutilaba la oreja derecha. No sólo cortaba la parte externa sino que metía la navaja dentro y se aseguraba de dejar inservible su oído interno. Sus brazos y manos metálicos aparecìan rojos y chorreando sangre, que ya hacía un charco en el piso.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

Si te ha gustado, compártelo. Si ves errores indícamelos. Cualquier comentario es bienvenido. ¡Gracias por leer!

Rompecabezas.

Esa mañana no escuché el despertador que siempre sonaba a las seis en punto. “Malo está el cuento”. Traté de adivinar qué partes de mí se habían separado de mi cuerpo durante la noche, ya era una especie de reto: si atinaba me invadía una sensación de euforia, si no, hacía rabieta.

Acerté: el brazo izquierdo, la pierna derecha y ambas orejas estaban perdidas. Debía sentirme ufano pero lo de las orejas me encabronó. Sin escuchar sería más difícil encontrar mis otras extremidades. Para trasladarme, empecé a dar saltitos sobre la pierna que me quedaba hasta llegar al baño. Seguro me veía cómico, o más bien, lastimoso y por eso me había dejado Mónica: “No soporto ver que amaneces roto, como muñeco viejo”.
El día que Mónica se fué, lloraba histérica mientras señalaba uno de sus horribles zapatos deportivos violeta obscuro. Dentro se asomaba uno de mis globos oculares, lo había estado buscando por horas y la pequeña cosa se había ido a esconder ahí. Parecía una pelota de golf pegajosa y babeante. Mientras fuí a enjuagarlo escuché un portazo y nunca más la ví.

¿Alguna vez intentaron orinar sobre una pierna?, dejé el baño hecho un asco pero lo que realmente importaba era encontrar mis partes perdidas. A veces me ayudaba la experiencia; a las piernas parecía gustarles esconderse en el cuarto de limpieza, entre escobas, trapeadores y cubetas. Quizás sentían que podían camuflarse ahí con éxito. Siempre sentí eso como una bofetada a mi ego, mis piernas siempre fueron delgadas y huesudas pero tampoco era para tanto. La desgraciada pierna estaba en su escondite preferido y me la coloqué, no sin dificultad ya que sólo contaba con un brazo. Ya con mis dos piernas sentí que sería más fácil buscar el resto.

Los brazos eran un poco menos predecibles que las piernas. A veces me los encontraba metidos en el horno de la estufa y me moría de susto. Menos mal que vivía sólo y no había niños traviesos que quisieran jugar a “la comidita”. Pero esa vez no hubo suerte ahí. Otro lugar que frecuentaban era debajo de la cama…nada. De repente lo ubiqué: el brazo maldito estaba metido en la vitrina del comedor, entre mis botellas de vino. El muy iluso creyó que no le vería. Me costó trabajo sacarlo pues la mano se asió con necedad de una repisa, forcejeamos un poco pero finalmente lo logré. Ya estaba un poco más completo, sólo faltaban mis orejas.

Cuando lo que se me desprendía era algo pequeño como dedos, ojos u orejas, buscaba primero en el bote de la basura. Me daba terror pensar que pudiera pasar el camión recolector y me quedara sin mis preciados miembros para siempre. No estaban en la basura y busqué entre mis libros, en mi ropa de cama y en mi ropa interior. Volteé al revés y al derecho todos y cada uno de mis calcetines. Lo peor era la sensación de completo aislamiento que daba el no poder escuchar nada.

Al final aparecieron en el cajón de los cubiertos. Me las coloqué y el primer sonido que percibí fue el insistente timbre de mi teléfono, pero no contesté, era de la oficina. Mi asistente estaría frenética tratando de localizarme, debía apurarme o tendría problemas. Entré en la ducha preguntándome qué partes de mi estarían perdidas a la mañana siguiente.

Si te gustó compártelo, si ves errores indícamelos. Cualquier comentario es bienvenido. ¡Gracias por leer!

AUTOR: Ana Laura Piera / Tigrilla.

CONFESION

Frida, foto tomada por mí.

Sonó el timbre de casa y el agudo tonito penetró en mis emociones, perturbándolas. Estaba triste pues al otro día aplicarían la eutanasia a mi perra, compañera de media vida, por cuestiones de salud. No me apetecía hablar con nadie, tan sólo empaparme en mi pena, como esos extraños peces del Amazonas que se esconden en el barro y desaparecen.

Abrí de mala gana. Frida estaba en su rincón de siempre, tumbada, con sus ojitos abiertos y resignados a la sabia quietud de la vejez, pero al ver al visitante, se desperezó.

Quien estaba frente a mí tenía facciones perrunas, un tipo como con cara de San Bernardo: ojos grandes y profundos, cachetes colgados, aire noble. Iba vestido de negro y con un cuello blanco, muy tieso como de cura. La ropa parecía quedarle demasiado justa.

—Vengo a confesar a Frida —dijo—. Así, sin ambages y casi ya con una pierna dentro de la casa.

A pesar de mi cara de absoluta sorpresa siguió:

—Muchos humanos antes de morir se confiesan, sacan de su pecho lo que sienten. Los perros no son diferentes—. La segunda pierna ya estaba dentro.

Se acercó a Frida, quien torpemente hizo ademán de querer que la cargaran. “San Bernardo” la levantó amorosamente y fué a sentarse con mi perra en su regazo.

—Un café estaría bien —dijo—. Y yo, como autómata, fuí a prepararlo. Desde la cocina escuché un murmullo de gemidos y gruñidos ininteligibles. Confieso que pude haber llevado el café antes, pero sentí que debía demorarme un poco más. Regresé con el café ya medio frío.

—Usted puede estar tranquila.
—¿Cómo?
—Mire, su perra me contó que ha tenido una vida plena y felíz. Quiere que sepa que está agradecida por los cuidados que le dió. Que la ama.

Estuve a punto de preguntarle cómo diablos podría saber él eso, pero su cara de San Bernardo me detuvo. Seguro sabía de lo que hablaba.

—Escuche —me oí decir con un hilillo de voz—. ¿Puede decirle que la amo y la voy a extrañar?

—No hay necesidad, ella lo sabe y está en paz con todo lo que va a pasar.

“San Bernardo” dejó a Frida en el suelo y ella trabajosamente se dirigió a su rincón. El tomó su taza de café y le dió tres sorbos largos sin dificultad. Seguro que el líquido ya estaba más frío que nalgas de pingüino.

—Gracias, me voy. Y sin más preámbulo se dirigió a la puerta.

Lo ví alejarse. Mi vista volvió a Frida, ahora soñaba, lo sé porque sus ojitos estaban cerrados, roncaba y movía sus patas sin ton ni son.

Me sentí en paz.

Autor: Ana Laura Piera / Tigrilla

Nota: éste relato fué inspirado por un hecho real. Me sucedió a mí. Bueno lo del confesor de perros obvio que no. Creo que este relato es para mí una especie de catarsis. En caso de que te haya pasado algo parecido, de qué manera has logrado vencer el sentimiento de tristeza y dolor que embarga la pérdida de una mascota?.

Ésta es la entrada que escribí en 2007 cuando adopté a mi perra:https://tigrillasblog.wordpress.com/2007/02/28/frida/

ESCRIBIR JUGANDO

COLECCIONISTA

Cada cierto tiempo el gigante lloraba mundos y su fértil rostro se iba poblando de seres fantásticos. Alrededor de sus ojos crecían duendes, la comisura de sus labios era un país de hadas, sus mejillas: playas acariciadas por el mar en cuya espuma vivían sirenas. Sus cejas eran densos bosques y los orificios nasales prohibidas cuevas. Cuando empezaba a escasear el espacio, con mucho cuidado, (los gigantes suelen ser muy torpes), guardaba todo en un frasco. Tenía varios, los coleccionaba y a veces en las noches sin luna, alumbrado por la luz de una bombilla, les miraba.

98 palabras / Autor: Ana Laura Piera

Para visitar el blog de Lidia https://lidiacastronavas.wordpress.com/2021/01/01/escribir-jugando-enero-3/